San Agustín y la paz
Este artículo explica qué enseña san Agustín sobre la paz en el libro XIX de La ciudad de Dios.
- ¿Qué es la paz según san Agustín?
- ¿Qué significa tranquillitas ordinis?
- ¿Qué es el ordo amoris?
- La paz en La ciudad de Dios.
- San Agustín y la justicia.
- La paz cristiana.
- Pensamiento de san Agustín sobre la convivencia.
- La Ciudad de Dios y la paz eterna.
Autor: Fray Enrique Eguiarte, OAR.
Fray Enrique Eguiarte, OAR, uno de los mayores especialistas contemporáneos en san Agustín, nos acerca a la reflexión del obispo de Hipona sobre la paz a partir del libro XIX de La ciudad de Dios. En estas páginas descubrimos que la paz no es simplemente la ausencia de guerras, sino un don que nace del orden del amor, de la justicia y de la reconciliación con Dios. Una enseñanza que conserva toda su actualidad en un mundo marcado por los conflictos y la división.
¿Qué dice san Agustín sobre la paz? ¿Cómo explica el obispo de Hipona que la verdadera paz nace del orden del amor? En esta reflexión, fray Enrique Eguiarte resume cinco grandes enseñanzas de La ciudad de Dios sobre la paz, la justicia y la convivencia humana.
Introducción
San Agustín escribió su monumental obra La ciudad de Dios a petición de su amigo, el conde Marcelino, quien deseaba ofrecer una respuesta a los paganos que culpaban a los cristianos del saqueo de Roma por los godos de Alarico en el año 410. Según ellos, la desgracia había sobrevenido porque el Imperio había abandonado el culto a los dioses tradicionales al abrazar el cristianismo.
Frente a esta acusación, san Agustín sostiene que Roma no cayó como castigo de los dioses paganos, sino porque había abandonado las virtudes y los ideales que la habían hecho grande. De este modo, desmonta la interpretación pagana de la historia y ofrece una lectura profundamente cristiana del acontecer humano.
La obra se divide en dos grandes partes. En la primera (libros I-X), el obispo de Hipona realiza una penetrante crítica de la religión y de la cultura paganas. En la segunda (libros XI-XXII), expone el origen, el desarrollo y el destino final de las dos ciudades: la Ciudad de Dios y la ciudad terrena.
El libro XIX, del que procede el texto que comentamos, se sitúa ya en la parte final de la obra y constituye una de las reflexiones más profundas de san Agustín sobre la paz. No es casual que dedique tantas páginas a este tema, pues la meta de la vida cristiana consiste en alcanzar la paz perfecta de la Jerusalén celestial. La paz terrena es un bien auténtico y necesario, pero está llamada a preparar y orientar al creyente hacia esa paz definitiva que solo Dios puede conceder. En un mundo marcado por las guerras, la violencia y las divisiones, la reflexión agustiniana conserva hoy una extraordinaria actualidad.
Cinco enseñanzas de san Agustín sobre la paz
1. Toda persona desea la paz
San Agustín comienza con una observación profundamente antropológica: todos los seres humanos desean la paz. Incluso quienes emprenden una guerra no buscan la guerra por sí misma, sino alcanzar una paz conforme a sus propios intereses. La guerra aparece siempre como un medio, mientras que la paz constituye el fin al que todos aspiran. El deseo de paz está inscrito en la naturaleza humana y nadie puede arrancarlo completamente de su corazón. Incluso quien obra injustamente conserva, aunque deformado por el pecado, el anhelo de vivir en paz. La paz es un bien que todo ser humano anhela.
2. La verdadera paz nace del orden querido por Dios
Uno de los textos más célebres de san Agustín define la paz como tranquillitas ordinis, es decir, «la tranquilidad en el orden». La paz no consiste simplemente en la ausencia de conflictos, sino en que cada realidad ocupe el lugar que Dios le ha asignado. Cuando existe armonía entre Dios, el ser humano y la creación, surge la auténtica paz. La idea del orden es una idea que marca todo el pensamiento agustiniano y de hecho el mismo ser humano debe ordenar su vida según el orden del amor (ordo amoris). De hecho el pecado sería un desorden en el camino del amor y la guerra es un desorden que altera la tranquilidad y la armonía de las realidades humanas.
Por ello distingue diversos niveles de paz: la paz del cuerpo, la paz del alma, la paz entre el alma y el cuerpo, la paz entre los hombres, la paz de la familia, la paz de la ciudad y, finalmente, la paz perfecta de la Ciudad de Dios. La verdadera paz es, por tanto, fruto del orden establecido por Dios y consiste en la armonía de todas las realidades orientadas hacia su fin propio.
3. La paz comienza en el corazón y se extiende a todas las relaciones
San Agustín muestra que la paz posee un dinamismo creciente. En primer lugar debe existir en el interior de la persona, como armonía entre la inteligencia, la voluntad y los afectos. Desde ahí se proyecta sobre la familia, la sociedad y toda la comunidad humana.
La paz doméstica nace de una convivencia ordenada; la paz social, de la concordia entre gobernantes y ciudadanos; y la paz universal, de una humanidad reconciliada con Dios. En consecuencia, no puede construirse una sociedad verdaderamente pacífica sin hombres y mujeres que hayan aprendido antes a vivir reconciliados consigo mismos, con Dios y con los demás. Es preciso pues edificar la paz en el propio corazón, vivir en el orden del amor y dejar que el orden nos oriente hacia la armonía y tranquilidad para poder vivir realmente, como señala san Agustín, una paz que sea verdaderamente una tranquilidad en el orden.
4. La paz cristiana se fundamenta en el amor a Dios y al prójimo
Para san Agustín, el origen de toda paz auténtica se encuentra en el doble mandamiento del amor. Amar a Dios conduce necesariamente a amar al prójimo y a buscar sinceramente su bien.
Por ello resume el orden de la paz en dos actitudes fundamentales: «no hacer mal a nadie» y «ayudar a todo el que sea posible». La paz no consiste únicamente en evitar la violencia, sino también en practicar activamente la caridad, la justicia y el servicio. Para el Hiponense, la paz nace del amor y se concreta en una vida entregada al bien de los demás. De alguna manera la idea del ordo amoris se une con la idea de la tranquilidad en el orden. Sólo quien vive correctamente el orden del amor, colocando a Dios en el centro, amándose ordenadamente a sí mismo y al prójimo, puede verdaderamente edificar la paz, pues vive en su interior con armonía y orden.
5. La paz terrena prepara la paz eterna
San Agustín distingue cuidadosamente entre la paz de la ciudad terrena y la paz de la Ciudad de Dios. La paz de este mundo constituye un bien verdadero y necesario que los cristianos están llamados a promover, proteger y consolidar. De hecho el cristiano es llamado por san Agustín a colaborar con los ciudadanos de la Ciudad de este mundo en los proyectos de paz, ya que cuando se busca y se edifica la paz, se van colocando los cimientos del reino de los cielos. Sin embargo, no representa la meta última de la existencia humana esta paz terrena.
La paz plena solo llegará cuando el hombre participe de la vida eterna, gozando de Dios y de la comunión perfecta con todos los santos. Mientras tanto, el creyente vive como peregrino, utilizando los bienes temporales para avanzar hacia esa paz definitiva. La paz terrena adquiere así todo su sentido cuando se convierte en camino y anticipo de la paz celestial.
Para san Agustín, la paz no es simplemente un ideal político ni la mera ausencia de guerras. Es un don de Dios que brota del orden, de la justicia y del amor. Nace en el corazón reconciliado con Dios, se manifiesta en la concordia familiar y social, y encuentra su plenitud en la Ciudad de Dios. Trabajar por la paz significa, por tanto, ordenar la propia vida según el amor, promover la justicia y construir la comunión, anticipando ya en este mundo la paz perfecta que alcanzará su plenitud en la Jerusalén celestial.






