En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar el encuentro de Jesús con la mujer cananea como una de las páginas más sorprendentes del Evangelio de san Mateo. A través del silencio de Cristo, la humildad de una madre y la fuerza de una fe perseverante, descubrimos que la misericordia de Dios no conoce fronteras y que la gracia siempre desborda cualquier límite humano.
¿Qué significa el encuentro de Jesús con la mujer cananea? ¿Por qué Cristo guarda silencio y termina alabando su fe? Fray Luciano Audisio explica cómo este Evangelio revela que la misericordia de Dios supera toda frontera y que la fe persevera incluso cuando el cielo parece guardar silencio.
La fe persevera incluso cuando Dios parece guardar silencio
Jesús se retira a Tiro y Sidón, tierra pagana, y el evangelista lo subraya con un verbo, (anechṓrēsen – ἀνεχώρησεν), que no describe simplemente un viaje: es una retirada con intención. Apenas ha discutido sobre lo puro y lo impuro, y ahora camina, literalmente, hacia lo impuro por excelencia. No predica sobre el cruce de fronteras: lo hace con los pies.
Y allí, del otro lado, grita una mujer. Mateo la llama cananea (Χαναναία), palabra que en su tiempo ya sonaba a arcaísmo, al enemigo ancestral de Israel. Con un solo término la coloca en las antípodas de cualquier derecho a la promesa. Y, sin embargo, es ella quien pronuncia el título más alto que un ser humano ha dado a Jesús hasta ese momento del Evangelio: “Señor, Hijo de David” (Κύριε, υἱὸς Δαυίδ). La de fuera confiesa lo que los de dentro apenas balbucean.
Jesús calla. “No le respondió palabra” (Οὐκ ἀπεκρίθη αὐτῇ λόγον). Este silencio incomoda y no debemos suavizarlo. Los discípulos no piden que la atienda; piden que la despida: “Viene gritando detrás de nosotros”. El silencio de Dios se parece, muchas veces, a esto: no a un abandono, sino a un espacio donde una verdad todavía no ha terminado de decantarse. Si Jesús hubiera cedido al primer grito, jamás habríamos conocido la hondura de esta mujer.
Ella no se marcha. Se postra (προσεκύνει), el mismo gesto de adoración de los magos ante el pesebre, y suplica: “Señor, socórreme” (Κύριε, βοήθει μοι). Y entonces llega la frase que ninguna homilía debería limar: “No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos”. No la disolvamos en explicaciones piadosas. Jesús habla desde dentro de un orden —primero Israel— que él mismo encarna y no abandona por capricho.
La misericordia de Dios siempre desborda nuestras fronteras
Lo asombroso es lo que ella hace con esa frase. No discute la premisa. No dice: “Yo no soy un perrito”. Se queda en el lugar que se le asigna y, desde ese suelo mismo de exclusión, descubre la grieta teológica que nadie había visto: “Es verdad, Señor; pero también los perritos comen de las migajas (τῶν ψιχίων) que caen de la mesa de sus amos”.
No pide que se derogue el orden de la elección. Pide que ese orden, precisamente por ser bueno, no pueda contener su propia abundancia. Si Dios alimenta a sus hijos, su bondad rebosará hacia quienes están bajo la mesa. No reclama justicia distributiva: apela a la sobreabundancia de la misericordia. Ha comprendido, mejor que muchos discípulos, que la gracia de Dios no es una ración que se agota al repartirse, sino un pan que se multiplica al darse, el mismo que apenas un capítulo antes sobró en doce canastas.
“Mujer, grande es tu fe”. En todo Mateo, solo dos personas reciben este elogio: esta cananea y un centurión romano. Los dos, paganos; los dos, fuera del círculo de la promesa. El evangelista no lo escribe por casualidad: quiere que su comunidad entienda que la fe no es propiedad de sangre ni de territorio. Y noten que Jesús no elogia su insistencia ni su ingenio: elogia su fe. Porque insistir en la oración cuando Dios parece callar no es terquedad ni falta de confianza: es, muchas veces, su forma más honda.
Una fe que derriba muros y abre el Reino a todos
Esta mujer nos interroga desde dos costados. Nos pregunta cómo respondemos cuando Dios calla: si nos retiramos heridos o si nos quedamos postrados, aceptando incluso ser pequeños con tal de seguir cerca de la mesa. Y nos pregunta también por nuestras propias fronteras: a quién consideramos “de los nuestros” y a quién dejamos gritando detrás de la caravana.
Porque el Reino de Dios, este Evangelio lo demuestra sin vueltas, no tolera fronteras definitivas. Y cada vez que alguien, sin méritos, sin pertenencia, solo con fe, se atreve a acercarse a la mesa, Dios mismo, como Jesús aquel día, se deja mover el corazón.
Que también nosotros, cuando el cielo parezca cerrado, sepamos no marcharnos, sino postrarnos; no discutir con amargura, sino insistir con humildad. Y que algún día escuchemos, dirigida a nosotros, la misma palabra que sanó a la hija de aquella mujer: “Grande es tu fe”.





