En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a descubrir la parábola del sembrador desde una perspectiva profundamente bíblica. Antes que una enseñanza sobre los distintos terrenos, esta reflexión revela el modo en que Dios actúa en la historia: sale al encuentro del ser humano, lo reúne como pueblo y siembra en él la vida nueva de Cristo. Una lectura que une el Éxodo, la Pascua y la misión de Jesús en una misma historia de salvación.
Jesús sale para reunir a su pueblo
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en un momento decisivo de su ministerio: comienza a hablar en parábolas. Pero antes de entrar en la parábola del sembrador, el evangelista nos ofrece una clave fundamental para toda su comprensión. No estamos ante un simple método pedagógico, sino ante una revelación sobre el modo mismo en que Dios actúa y se comunica.
El texto dice que Jesús «salió de la casa y se sentó junto al mar» (ἐξελθὼν τῆς οἰκίας ἐκάθητο παρὰ τὴν θάλασσαν). Nada en este comienzo es casual. Jesús «sale» (ἐξελθών), y ese verbo remite inmediatamente al éxodo. Es la misma dinámica de Dios en la historia: un Dios que no permanece cerrado en sí mismo, sino que sale, que se acerca, que irrumpe en la historia para liberar.
Este «salir» de Jesús es la verdadera salida de Egipto. Egipto ya no es solo un lugar geográfico: es todo aquello que encadena al ser humano, toda forma de esclavitud interior, de muerte, de opresión. Jesús es el nuevo éxodo, la Pascua viva de Dios en medio del mundo.
Y se sienta junto al mar. El «mar» (θάλασσα), aunque geográficamente sea el lago de Galilea, es llamado así por el evangelista porque evoca el Mar Rojo, el lugar del paso de Israel de la esclavitud a la libertad. Pero el mar, en la Escritura, es también símbolo del caos, de lo indomable, de las fuerzas de la muerte. Jesús se sienta allí, en el límite, en el lugar del paso. Él mismo se convierte en el punto de tránsito entre la muerte y la vida.
Sentado, como maestro, enseña. Su palabra no es teoría: es camino de paso. Escuchar a Jesús es atravesar el mar.
El evangelista añade que «fueron reunidas ante él muchas multitudes» (καὶ συνήχθησαν πρὸς αὐτὸν ὄχλοι πολλοί). El verbo está en pasivo: fueron reunidas. No es solo un movimiento humano espontáneo. Es Dios quien reúne. Es el mismo dinamismo de la Pascua: Dios congrega a su pueblo para hacerlo pasar.
Aquí aparece Jesús como nueva sinagoga, el lugar donde Dios reúne. Y, al mismo tiempo, como «sínodo», es decir, aquel en torno al cual el pueblo camina junto. Toda la humanidad es convocada a reunirse en torno a Él para iniciar un nuevo éxodo.
En ese contexto, Jesús comienza a hablar en parábolas. Y dice: «Les habló muchas cosas en parábolas, diciendo» (ἐλάλησεν αὐτοῖς πολλὰ ἐν παραβολαῖς λέγων).
La parábola no es solo una comparación. En hebreo, mashal (משל), es una forma de revelar escondiendo y de esconder revelando. Jesús mira la vida cotidiana y en ella descubre el misterio de Dios. Pero, al mismo tiempo, la parábola se convierte en un mar que hay que atravesar. No es un discurso que simplifica, sino una palabra que introduce en lo profundo.
Y la primera parábola comienza también con un «salir»: «He aquí, salió el sembrador a sembrar» (ἰδοὺ ἐξῆλθεν ὁ σπείρων τοῦ σπείρειν). Otra vez el éxodo. Dios sale para sembrar. El movimiento de Dios no es solo liberar: es también sembrar vida en el corazón del mundo.
La semilla que transforma el corazón
Y aquí aparece una clave decisiva: la semilla es la Palabra, pero, en último término, es Cristo mismo. Él es la semilla que cae en la tierra de nuestra historia, que muere y da fruto. Si no cae en tierra y muere, queda sola; pero si muere, produce vida nueva.
La parábola del sembrador nos muestra entonces el combate por esa semilla.
Primero aparecen los pájaros del cielo. No son un simple detalle decorativo. Representan aquello que arrebata la semilla antes de que eche raíces. El Evangelio no es ingenuo: existe una fuerza contraria a Dios, una resistencia real al misterio de la Palabra. Es el enemigo que intenta impedir que Cristo entre en el corazón del hombre.
Después viene la semilla que cae en terreno pedregoso, donde no hay profundidad. Es la imagen del entusiasmo inicial que no resiste la prueba. Hay una experiencia auténtica de Dios, pero sin raíces. Cuando llega la dificultad, todo se desvanece. Jesús nos invita aquí a volver a la memoria del primer encuentro, a no vivir solo de emociones religiosas, sino a madurar en la fidelidad.
Luego aparecen las espinas. Son las preocupaciones, los afanes y las dependencias interiores que ahogan la Palabra. No necesariamente son cosas malas en sí mismas, pero sí realidades que ocupan demasiado el corazón y terminan sofocando la vida de Dios. Aquí el llamado es al discernimiento: ¿qué cosas están ocupando el lugar de Dios en nuestra vida?
Finalmente, la buena tierra. Y aquí aparece la gran noticia del Evangelio: la fecundidad es desbordante. No es una lógica de equilibrio, sino de abundancia. Cuando la Palabra encuentra un corazón abierto, la vida se multiplica más allá de lo imaginable.
La Palabra sigue sembrando vida hoy
La clave de toda la escena es esta: Jesús ha salido para sembrar, para reunir y para abrir un paso. Él mismo es quien atraviesa el mar y nos enseña a atravesarlo.
Por eso, escuchar esta parábola no es solo entender una enseñanza. Es dejarse introducir en el éxodo de Jesús. Es permitir que su Palabra nos saque de nuestras esclavitudes, nos reúna como pueblo y nos haga entrar en una vida nueva.
Hoy el Señor sigue saliendo. Sigue sembrando. Sigue reuniendo. Y nos sigue diciendo, en medio de nuestro propio «mar»: no tengas miedo, pasa a la otra orilla.



