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Sant’Agostino spiega il Padre Nostro: cinque insegnamenti per imparare a pregare

Cosa insegna sant'Agostino sulla preghiera? La Lettera a Proba raccoglie alcune delle pagine più profonde del vescovo di Ippona sul Padre Nostro, la perseveranza, la fiducia in Dio e il vero senso della preghiera cristiana.
Sant’Agostino, David Conejo

¿Qué enseña san Agustín sobre la oración? Descubre cómo el obispo de Hipona explica el Padrenuestro, la perseverancia y la confianza en Dios en la Carta a Proba.

Fray Enrique Eguiarte, OAR, uno de los mayores especialistas contemporÔneos en san Agustín, nos introduce en la Carta a Proba, considerada por muchos estudiosos como el gran tratado agustiniano sobre la oración. A través de este texto, el obispo de Hipona explica cómo aprender a orar, qué debemos pedir a Dios, por qué el Padrenuestro es el modelo de toda oración cristiana y cómo vivir una relación confiada con el Señor incluso cuando parece guardar silencio. Dieciséis siglos después, sus enseñanzas siguen iluminando el camino de quienes desean profundizar en la vida espiritual.

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Introducción

Lee la Carta a Proba

Entre los numerosos escritos de san Agustín, esta ocupa un lugar privilegiado como una de las reflexiones mÔs profundas sobre la oración.

Dentro de la vasta producción literaria de san Agustín, el obispo de Hipona no dedicó ninguna obra específica a tratar sistemÔticamente la oración. Esto no significa, sin embargo, que este tema ocupara un lugar secundario en su pensamiento o que careciera de importancia para él. Al contrario, como sucede con otros grandes asuntos de la vida espiritual y cristiana, sus enseñanzas sobre la oración aparecen dispersas a lo largo de numerosas obras, donde vuelven una y otra vez con notable profundidad.

Con todo, existe un escrito que bien podrĆ­a considerarse el autĆ©ntico ā€œtratado agustiniano sobre la oraciónā€: la Carta 130. En ella, san AgustĆ­n aborda de manera casi exclusiva esta cuestión, reflexionando sobre quĆ© es la oración, cómo debe hacerse, cuĆ”ndo orar y cuĆ”l es su verdadero sentido en la vida del creyente.

La carta estĆ” dirigida a Proba, una noble matrona romana, viuda y perteneciente a una de las familias mĆ”s influyentes del Imperio. San AgustĆ­n la invita a descubrir en su propia condición de viudez —marcada por la ausencia, la fragilidad y la experiencia de la desolación— una ocasión privilegiada para abrir el corazón a Dios. La verdadera oración, explica el obispo de Hipona, nace precisamente del reconocimiento de nuestra necesidad de Dios y del profundo deseo de amarle y dejarnos amar por Ɖl.

A pesar de haber sido escrita hace mÔs de mil seiscientos años, esta carta conserva una sorprendente actualidad. Vivimos en una sociedad en la que, junto al ruido y la dispersión, crece también el anhelo de Dios, la búsqueda de sentido, el deseo de interioridad y la necesidad de espacios de silencio y contemplación. Con un lenguaje sencillo y profundamente humano, san Agustín ofrece en estas pÔginas orientaciones de extraordinaria riqueza para aprender a orar, volver al propio corazón y entablar un diÔlogo vivo y transformador con Dios.

¿Qué enseña san Agustín sobre la oración?

1. Orar desde la fragilidad para poner la esperanza en Dios

Desde el inicio de la carta, san Agustín hace ver a Proba que la oración es la respuesta del creyente ante las incertidumbres de la vida. Gracias a ella, la persona puede cimentar su existencia en Aquel que verdaderamente puede darle firmeza frente a los vaivenes de este mundo: Dios. El obispo de Hipona advierte también del peligro de poner la esperanza en los bienes pasajeros de la tierra. La oración, por el contrario, nos invita a esperarlo todo de Dios, abriendo el corazón con confianza al encuentro cercano con el Señor.

AdemÔs, la oración nos ayuda a utilizar con sabiduría los bienes de este mundo. El ser humano no ha sido creado para instalarse definitivamente en esta tierra, como si fuera su residencia permanente, sino para vivir como peregrino en camino hacia la ciudad de Dios. La oración eleva la mirada del creyente y le recuerda que su destino no termina en esta vida, sino que culmina en la comunión eterna con Dios. Por ello, hemos de aprender a orar desde nuestra propia fragilidad, elevando el corazón hacia los bienes eternos y poniendo en ellos toda nuestra esperanza.

2. ¿Qué debemos pedir cuando rezamos?

En esta carta, san Agustín recuerda una de las obras que mÔs influyó en su juventud: el Hortensio de Cicerón. En ella había descubierto una verdad fundamental: todos los seres humanos buscan la felicidad. También el cristiano, cuando ora, pide a Dios una vida feliz, una existencia en la que no falten la salud, la amistad y los bienes necesarios para vivir.

Sin embargo, san AgustĆ­n comprende que estos bienes, aun siendo legĆ­timos y necesarios, pertenecen Ćŗnicamente a nuestra condición de peregrinos en este mundo y no constituyen el fin Ćŗltimo de la existencia humana. Por ello insiste en que la principal petición de la oración debe ser el don de la perseverancia: permanecer fieles a Dios cada dĆ­a para alcanzar la vida verdadera, la felicidad plena y eterna que consiste en vivir para siempre con Ɖl en el Reino de los cielos.

No estÔ mal pedir los bienes materiales, pues también forman parte de las necesidades de la vida presente. Lo importante es que nuestra oración no se detenga en ellos, sino que se eleve hacia el Bien supremo, que es Dios mismo. Pedir el don de la perseverancia para alcanzar la vida eterna es, para san Agustín, la petición mÔs importante que puede brotar del corazón del creyente.

3. Cómo orar siempre: el deseo de Dios nunca se apaga

San AgustĆ­n, al igual que los demĆ”s Padres de la Iglesia, afronta una de las grandes cuestiones planteadas por san Pablo cuando exhorta a los cristianos de Tesalónica: ā€œOrad sin cesarā€ (1 Tes 5,17). ĀæCómo es posible cumplir este mandato?

La respuesta de san Agustín es profundamente sencilla y, al mismo tiempo, de una enorme riqueza espiritual: se ora sin interrupción cuando el corazón permanece habitado por un deseo constante de Dios. Quien anhela continuamente el Reino de los cielos y descansa interiormente en la esperanza de Dios, no deja nunca de orar, aunque esté ocupado en sus tareas cotidianas.

Por eso invita al creyente a mantener vivo durante toda la vida un santo deseo de Dios, un deseo que le recuerde constantemente su condición de peregrino y le impida dejarse seducir por los bienes pasajeros de este mundo hasta olvidar los bienes eternos.

Para alimentar ese deseo, san Agustín recuerda la prÔctica de los monjes de Egipto, que repetían con frecuencia breves oraciones llenas de fervor y afecto. Son las llamadas jaculatorias: plegarias sencillas, pero intensas, que mantienen vivo el recuerdo de Dios en medio del trabajo y de las ocupaciones diarias. Estas breves invocaciones renuevan el deseo del Reino y evitan que el corazón se enfríe o se distraiga entre las preocupaciones de la vida material.

4. El Padrenuestro: la oración que Jesús enseñó según san Agustín

No podía faltar, en un escrito dedicado a la oración, un comentario al Padrenuestro. San Agustín dedicó numerosas pÔginas a explicar la oración enseñada por Cristo y, en esta carta, ofrece una síntesis de sus principales enseñanzas.

El obispo de Hipona invita a rezar el Padrenuestro con atención, recogimiento y afecto, de manera que cada una de sus peticiones transforme la vida de quien la pronuncia. No se trata de una fórmula para repetir mecÔnicamente, sino de una escuela donde el corazón aprende a dirigirse a Dios con confianza filial.

En este punto, san Agustín se sitúa también dentro de la gran tradición de la Iglesia del norte de África. Un siglo antes, san Cipriano había escrito un célebre tratado sobre la oración del Señor que ejerció una notable influencia sobre el pensamiento agustiniano.

El Padrenuestro enseƱa al creyente a orar con las tres virtudes teologales —la fe, la esperanza y la caridad— y constituye el resumen mĆ”s perfecto de todo aquello que debemos pedir a Dios. Es, por tanto, la oración por excelencia y el modelo de toda plegaria cristiana.

5. Cuando Dios parece no responder a nuestras oraciones

San Agustín es plenamente consciente de que, en ocasiones, Dios no concede aquello que le pedimos. Sin embargo, esto no significa que permanezca indiferente a nuestra oración o que deje de escucharla. El obispo de Hipona estÔ convencido de que Dios nunca niega lo que verdaderamente necesitamos para alcanzar la salvación eterna.

Con frecuencia, lo que nosotros consideramos imprescindible para nuestra vida presente no coincide con aquello que Dios, en su sabiduría y amor de Padre, sabe que realmente nos conviene. Por eso, cuando una petición parece quedar sin respuesta, san Agustín invita a no perder la confianza. Nuestra oración ha sido escuchada, aunque la respuesta de Dios no coincida con nuestros deseos o expectativas.

A veces pedimos con una fe todavĆ­a inmadura; otras veces, aquello que solicitamos podrĆ­a alejarnos del bien mayor que Dios quiere regalarnos. En cualquier caso, el creyente estĆ” llamado a abandonarse con serenidad en las manos del Padre, convencido de que Ɖl nunca deja de cuidar de sus hijos.

De este modo, san Agustín presenta dos actitudes inseparables en la vida de oración: la confianza absoluta en la bondad de Dios y la perseverancia paciente del creyente. Quien permanece fiel en la oración termina descubriendo que Dios siempre responde, aunque muchas veces lo haga de un modo distinto del que nosotros habíamos imaginado.


¿Qué dice san Agustín sobre el Padrenuestro?

San Agustín considera el Padrenuestro el modelo perfecto de toda oración cristiana, porque resume todo aquello que el creyente debe pedir a Dios con fe, esperanza y caridad

¿Qué es la Carta a Proba?

La Carta a Proba (Carta 130) es el escrito de san Agustín que mejor sintetiza su enseñanza sobre la oración. En ella explica cómo orar, qué pedir a Dios y cómo perseverar en la vida espiritual.

¿Cómo explica san Agustín la oración continua?

SegĆŗn san AgustĆ­n, orar sin cesar significa mantener vivo el deseo de Dios. Quien vive orientado hacia Ɖl, incluso en medio del trabajo y de las tareas cotidianas, permanece siempre en oración.

¿Por qué Dios no concede siempre lo que pedimos?

San Agustín enseña que Dios escucha siempre la oración, pero responde como un Padre que conoce mejor que nosotros aquello que verdaderamente necesitamos para alcanzar la vida eterna.
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