En la tarde del Viernes Santo, 3 de abril, el Coliseo de Roma volvió a convertirse en el corazón orante de la Iglesia universal. En su primer Vía Crucis como Sucesor de Pedro, el Papa León XIV ha querido introducir un gesto cargado de significado: él mismo ha llevado la cruz durante todo el recorrido.
No ha sido un gesto puntual ni simbólico. El Santo Padre ha cargado la cruz a lo largo de las 14 estaciones, caminando, subiendo escaleras, recorriendo en primera persona el itinerario de la Pasión. Un gesto que en Recoletos.org vemos como una expresión de comunión: el Papa no camina solo, sino que carga la cruz “en nombre de todos”, haciéndose voz y cuerpo del sufrimiento de la humanidad.
En un tiempo marcado por guerras, incertidumbre y dolor —como ha recordado en múltiples ocasiones fray Francesco Patton, autor de las meditaciones— este signo adquiere una fuerza particular: el pastor que asume sobre sí el peso de su pueblo.
Un Vía Crucis con acento franciscano
Las meditaciones de este año han sido confiadas a fray Francesco Patton, ofm, custodio de Tierra Santa entre 2016 y 2025. Escritas desde el Monte Nebo, en Jordania, están profundamente marcadas por el clamor de Oriente Medio.
El Papa León XIV ha querido además hacer suyas palabras de san Francisco de Asís, incorporándolas en las meditaciones y poniéndolas en boca de la Iglesia. Este recurso no es menor: remite a una Iglesia pobre, penitente y solidaria, que contempla la cruz no desde fuera, sino desde dentro.
Así, el Vía Crucis ha resonado con una espiritualidad franciscana que invita a la identificación con Cristo sufriente y con los crucificados de hoy.
Una tradición viva en el corazón de Roma
El Vía Crucis del Coliseo es una de las celebraciones más significativas del Viernes Santo. Su historia reciente se remonta a 1964, cuando san Pablo VI retomó esta tradición en el Anfiteatro Flavio. Desde entonces, cada año el Papa preside este rito que recorre el camino hasta el entorno del Palatino, cerca del templo de Venus y del convento de San Buenaventura.
Sin embargo, sus raíces son más profundas. En 1749, Benedicto XIV declaró el Coliseo como lugar santo, “impregnado de la sangre de los mártires”, e instituyó allí el Vía Crucis. Este gesto convirtió el antiguo símbolo del poder imperial en un espacio de memoria cristiana.
Las 14 estaciones: un camino de comunión
El recorrido de este primer Vía Crucis de León XIV ha seguido las 14 estaciones tradicionales, cada una acompañada de una breve meditación:
- Jesús es condenado a muerte: la injusticia que persiste en la historia.
- Jesús carga con la cruz: el peso asumido por amor.
- Jesús cae por primera vez: la fragilidad humana compartida.
- Jesús encuentra a su Madre: la fidelidad en el dolor.
- El Cireneo ayuda a llevar la cruz: la solidaridad que salva.
- La Verónica enjuga el rostro de Jesús: la compasión concreta.
- Jesús cae por segunda vez: el cansancio del camino.
- Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén: la mirada que trasciende el sufrimiento.
- Jesús cae por tercera vez: el límite extremo de la debilidad.
- Jesús es despojado de sus vestiduras: la humillación total.
- Jesús es clavado en la cruz: la entrega radical.
- Jesús muere en la cruz: el amor llevado hasta el extremo.
- Jesús es bajado de la cruz: el silencio del duelo.
- Jesús es colocado en el sepulcro: la espera en la oscuridad.
En cada estación, el hecho de que el Papa llevara la cruz ha intensificado la dimensión eclesial del Vía Crucis: no es solo memoria de Cristo, sino actualización de su misterio en la vida de la Iglesia, como aseguro para Recoletos.org, fray Antonio Carrón, Consejero General, que vivió la celebración en primera persona.
Un mensaje para la Iglesia de hoy
Este primer Vía Crucis del Papa León XIV deja una clave pastoral clara: la Iglesia está llamada a cargar la cruz, no a contemplarla desde la distancia.
El gesto del Papa interpela directamente. En una época en la que la tentación puede ser la autorreferencialidad o la búsqueda de seguridades, el Sucesor de Pedro recuerda que el camino cristiano es, esencialmente, seguimiento.
Desde una sensibilidad que puede leerse también en clave agustiniana, este Vía Crucis subraya que la comunión no es una idea abstracta, sino una experiencia concreta: caminar juntos, sufrir juntos, sostener juntos la cruz.
Porque, en definitiva, no es el Papa quien lleva la cruz solo. Es Cristo quien la sigue llevando en su Iglesia. Y la Iglesia, en Él, aprende a no soltarla.

