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El Papa León preside por primera vez la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro

El Papa presidió en la Basílica de San Pedro la solemne celebración de la Pasión del Señor en Viernes Santo, marcada por el silencio, la adoración de la Cruz y una profunda homilía sobre el sentido redentor del sufrimiento.
Imagen Cedida Vaticani Media

La liturgia del Viernes Santo, marcada por el silencio y la sobriedad, conduce a la contemplación del misterio de la Cruz como camino de salvación

Ciudad del Vaticano. En un clima de profundo recogimiento, el Papa ha presidido este Viernes Santo la celebración de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro, una de las liturgias más sobrecogedoras del año cristiano. La ceremonia ha comenzado en silencio, con el Santo Padre entrando en procesión, sin solideo ni anillo, y postrándose ante el altar de la Confesión, gesto que expresa la total humillación de Cristo en su entrega redentora.

La basílica, en penumbra, ha acompañado simbólicamente este momento: la Luz del mundo parece apagarse mientras la Iglesia contempla el misterio de la muerte del Señor. El altar, despojado, evocaba a Cristo desnudado en la cruz.

Una liturgia que conduce al corazón del misterio

Tras la oración inicial en la sede, ha comenzado la liturgia de la Palabra con la proclamación del profeta Isaías y un texto apostólico, antes del solemne canto de la Pasión según san Juan, interpretado a varias voces: narrador, Cristo, personajes y coro, que ha dado voz al dramático clamor del pueblo.

La homilía ha sido pronunciada por el predicador de la Casa Pontificia, fray Roberto Pasolini, OFMCap, quien ha ofrecido una profunda meditación sobre el misterio de la Cruz como culminación del camino de Cristo.

A continuación, ha tenido lugar la oración universal, en la que la Iglesia ha elevado súplicas por toda la humanidad. Cada intención ha sido precedida por la invitación del diácono y seguida de un silencio orante, roto únicamente por la oración del Papa.

La adoración de la Cruz, centro de la celebración

Uno de los momentos más intensos ha sido la adoración de la Santa Cruz. Desde el fondo de la basílica ha sido llevada la imagen de Cristo crucificado, mientras se proclamaba: «Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavado el Salvador del mundo».

El Papa, despojándose de los signos litúrgicos, se ha acercado en actitud de profunda veneración. Después, cardenales y obispos han pasado a adorar la Cruz, mientras el coro entonaba los Improperios: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?».

La celebración ha continuado con la comunión, distribuida con el Santísimo reservado, en una liturgia austera, sin plegaria eucarística ni canto del Cordero de Dios.

Finalmente, tras la oración conclusiva, el Papa se ha retirado en silencio, sin impartir la bendición, como corresponde a este día en que la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor.

Tres claves de la homilía: el camino de la Cruz

En su predicación, fray Roberto Pasolini ha ofrecido una lectura espiritual profunda de la Pasión, articulada en torno a la figura del Siervo del Señor. Tres ideas han marcado su reflexión:

1. La Cruz como culminación de un camino de obediencia
El predicador ha subrayado que la Pasión no es un hecho aislado, sino la expresión más alta de toda la vida de Cristo. Jesús ha aprendido a escuchar al Padre y a dejarse guiar hasta el extremo del amor, cumpliendo en su vida los cantos del Siervo anunciados por Isaías.

2. La fuerza de la mansedumbre frente al mal
Fray Pasolini ha destacado que el Siervo de Dios no responde con violencia, sino que afronta el mal con mansedumbre. En un mundo tentado por la agresividad, Cristo revela una fuerza distinta: la capacidad de acoger el mal sin devolverlo, rompiendo así la cadena de la violencia.

3. La actualidad del testimonio cristiano
Finalmente, ha señalado que hoy sigue existiendo una “multitud silenciosa” de hombres y mujeres que viven según esta lógica evangélica. Personas que, sin hacer ruido, sostienen la esperanza del mundo al elegir el bien incluso en medio de la oscuridad.

Contemplar la Cruz para transformar la vida

La celebración del Viernes Santo no es solo memoria de un acontecimiento pasado, sino llamada a una conversión profunda. La adoración de la Cruz invita a los fieles a reconocer el amor de Dios que se entrega sin reservas y a dejarse transformar por él.

En un mundo marcado por la violencia, la injusticia y la división, la Cruz de Cristo se alza como signo de esperanza: no como derrota, sino como el lugar donde el amor vence definitivamente al mal.

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