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Dios nos guarda: la Santísima Trinidad y el amor que salva

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre la solemnidad de la Santísima Trinidad a partir del Evangelio de Juan. Una meditación sobre el amor de Dios, la salvación y la fe como respuesta a un Dios que nos guarda para siempre.
Solemnidad de Cristo Rey 2023.

El comentario al Evangelio de la solemnidad de la Santísima Trinidad, escrito por fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a descubrir que el misterio central de la fe cristiana no es una teoría abstracta ni un problema teológico, sino una historia de amor. A partir del diálogo entre Jesús y Nicodemo, esta reflexión profundiza en la misericordia de Dios, la dignidad de la persona humana y el significado profundo de la salvación como experiencia de un Dios que nos ama, nos conserva y nos guarda para siempre.

La Trinidad: el misterio de un Dios que ama

Celebramos hoy el misterio más grande de nuestra fe y, quizás, el más difícil de abrazar: la Santísima Trinidad. Muchos lo perciben como un enigma destinado a teólogos o filósofos, y hasta nuestros hermanos del judaísmo y del islam encuentran en él un escollo insalvable, pues parece contradecir el monoteísmo. Sin embargo, el evangelio de este domingo nos revela algo sorprendente: el misterio de la Trinidad no es un problema especulativo. Es, ante todo, una historia de amor.

“Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” (Jn 3,16)

Estas palabras nacen de un diálogo nocturno. Jesús habla con Nicodemo de noche, porque lo que se dice toca las realidades más hondas y personales de la existencia. Y en ese diálogo íntimo, Jesús revela quién es Dios: no un juez que acecha, sino un Padre que ama. Un amor que no se dirige a un mundo ideal o perfecto, sino al mundo tal como es, con su pecado, su violencia, su egoísmo. Es precisamente ese mundo, el nuestro, el que Dios amó.

Pero ¿quién es este Dios que ama así? La liturgia de hoy nos invita a mirar la primera lectura, ese texto del Éxodo donde Dios pasa delante de Moisés y pronuncia su nombre. Moisés había pedido comprender al Dios que lo había enviado a liberar a Israel, y Dios le responde revelándose. El tetragrama sagrado, las cuatro letras hebreas יהוה que los judíos no pronuncian, encierra una raíz que evoca la fidelidad, el ser, el estar siempre. No es un nombre que se agota en una sola palabra: se despliega en la historia, se conjuga y se amplía con el tiempo.

Y lo que sigue al nombre es revelador. Dios se presenta como misericordioso, piadoso, lleno de gracia y de fidelidad. Cuatro palabras que son como círculos concéntricos, cada uno más hondo que el anterior. La primera, gracia, habla de un Dios que se asoma, que se expone, como un rey que concede gracia a quien está condenado a muerte. La segunda, compasión, viene del hebreo reḥem, que alude a las entrañas maternas: es una misericordia tan profunda que hace temblar las entrañas de Dios por amor a su hijo. Las otras dos, gratuidad y fidelidad, nos dicen que Dios actúa sin esperar nada a cambio y que no se cansa de estar presente en su compromiso.

Cuando llegamos al evangelio con todo esto en la memoria, algo nos conmueve. Cristo es la síntesis viva de todas esas palabras. En su carne convergen todos los términos que el Antiguo Testamento había ido desplegando para revelarnos quién es Dios. La Trinidad no es una idea abstracta: es la historia de un Dios que en Jesús se hace cuerpo, que sufre, que ama con entrañas concretas.

Salvar es guardar para siempre lo que Dios ama

Y entonces aparece una palabra que muchos escuchamos con cierto temor: salvar. El evangelio dice que Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para salvarlo. Pero ¿qué significa salvar?

Nos puede ayudar una imagen cotidiana: cuando trabajamos en una computadora y no guardamos el archivo, lo perdemos. En inglés se dice to save: guardar, conservar, resistir la pérdida. Eso es exactamente lo que Dios hace con nosotros.

Como si nos dijera: si tú quieres, yo conservo esto para siempre. Guardo este encuentro, esta vida, esta experiencia tuya. Lo salvo porque es hermoso, porque desde el principio de la creación Dios ve todo lo que hace y lo declara bueno.

La creación no es un evento que quedó atrás: continúa ahora mismo. La historia es la creación que sigue adelante. Y en ella, Dios se asombra continuamente de la belleza de sus criaturas, de cómo respondemos o no respondemos, y aun así es capaz de recogernos y decirnos: si lo deseas, yo guardo este encuentro para siempre.

Eso es la fe: decirle a Dios que sí, que también para nosotros ha sido hermoso encontrarnos con Él, y que queremos que ese encuentro perdure, que brille y se convierta en bendición para otros.

Y el que no cree, dice el evangelio, “ya está condenado”. No es una amenaza, sino una descripción de la realidad. Nuestra vida fluye y se pierde continuamente; existe una precariedad extraordinaria en todo lo que vivimos. El Qohélet lo sabía bien: todo corre y todo acaba perdiéndose, todo es vanidad de vanidades.

Pero precisamente en esta vida que parece escaparse entre los dedos, existe la posibilidad de decirle a Dios: sálvanos, consérvanos. Este es el acto de fe. Y con ese sí, ya ha sido salvado, porque la fe es decirle a Dios que queremos que este encuentro vivido en la tierra, durante los años frágiles y bellos de nuestra vida, sea algo que perdure para siempre.

“El que cree en él no será juzgado.” (Jn 3,18)

La Trinidad: el Dios misericordioso que no deja perder nada bueno

Este es el misterio extraordinario que celebramos hoy: la Trinidad no es una doctrina fría. Es el nombre de un Dios misericordioso, compasivo, gratuito y fiel, que en Jesús nos ha amado hasta el final, y que en el Espíritu sigue obrando en el corazón del mundo para guardarlo, para salvarlo, para que nada de lo que es bueno y bello se pierda para siempre.

Que esta celebración sea, para cada uno de nosotros, un momento en el que le digamos a ese Dios que sí, que lo queremos, que este encuentro con Él es algo bello que vale la pena guardar.

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