Hace cuatro años, en lo que también fue la Eucaristía de clausura del Capítulo, propuse a tres personajes: el Espíritu Santo, María de Nazaret y Abraham. En esta ocasión, quiero volver a proponerlos.
Espíritu Santo
Iniciamos el 129º Capítulo pidiendo la gracia del Espíritu Santo para saber dialogar y discernir. El obispo de Pamplona y Tudela, Florencio Roselló, nos visitó en aquella misma jornada y nos preguntó qué buscábamos y, al estilo de la pregunta de Jesús a Pedro, también quiso saber si amamos a Jesús.
Si le permitimos actuar, el Espíritu Santo es el actor principal de toda reunión. Creo que le hemos permitido actuar y nos ha acompañado durante estos nueve días de Capítulo. Después de los primeros seis días de trabajo, el séptimo descansamos: era Pentecostés.
El Espíritu nos acompañaba y nos situaba para apoyarnos en su gracia, en sus talentos, en cuanto Él nos da para que realicemos una buena peregrinación. Y hoy, tres días después de Pentecostés, ya hemos aprobado el Proyecto de vida y misión 2026-2029. Lo queremos realizar bajo la gracia del Espíritu Santo.
San Agustín habla de las tres grandes dimensiones de Dios: la sabiduría; la misericordia; y la libertad que nos da felicidad. Una clave esencial del nuevo Proyecto de vida y misión es consolidar comunidades fraternas y misioneras. El Espíritu Santo nos da esa fuerza y nos enseña cómo revitalizar, cómo renovarnos. Queremos renovar nuestra vida religiosa, porque este es un deseo del Espíritu Santo.
Queremos renovar la manera de vivir la fraternidad: saber dialogar, trabajar en equipo, convivir, compartir; vivir alegres en ese compartir, apasionados en ese servir. La vida religiosa expresa el amor de Dios a los empobrecidos. Inspirados en el Espíritu Santo, hacia allá va nuestra misión, a él le pedimos que nos ayude a mantenernos fieles y comprometidos para llevar adelante este Proyecto.
Quiero enfatizar: de las muchas conversiones que existen, el documento sobre Sinodalidad insiste en la conversión de las relaciones interpersonales. Exige quitar creencias falsas y, sobre todo, prejuicios. Reconozcamos al hermano o al laico que trabaja conmigo: tiene mucha vida que dar. Entre todos nos fortalecemos con esa vida que cada uno recibe del Espíritu Santo y puede dar. Sumemos vitalidad como una de las claves de nuestro nuevo Proyecto de vida y misión.
María
María de Nazaret es mujer de esperanza, virtud teologal que, con ella, aparece en lo alto. Queremos construir apoyándonos unos a otros; queremos construir comunidades más sólidas, aportar servicios más consistentes para la sociedad. Y lo vamos a hacer desde la esperanza de María.
María es madre de la vocación. Consolidemos comunidades fraternas y misioneras que prioricen la vocación. Cuando el ángel invitó a María a ser la Madre de Dios, ella inmediatamente dijo “sí”: Hágase en mí según tu palabra. Es un sí firme, consistente. Es la mujer que recibe la fuerza del Espíritu Santo y da vida. Y es la mujer que sirve con amor.
Aprendamos de María que nuestra consagración tiene sentido si da vida y sirve con amor. Digamos: “Me comprometo a que mi existencia, mi vocación, sean para dar vida, para servir a las personas que están conmigo, especialmente a los empobrecidos”. Primero tengo que fortalecer mi vocación de servicio y luego ayudar a otros a fortalecerse o a estar en búsqueda y discernir para qué los llama Dios.
La Madre de la vocación nos enseña que existimos para dar vida y servir desde la caridad. Se dice en Dilexi Te que la Iglesia no pone límites al amor y no conoce enemigos que combatir, sino hombres y mujeres a los que amar. Esta es la Iglesia que hace mucho bien. El objetivo está bien claro: no perder energías en aquello que no sea el servicio del amor.
Abraham
Abraham, el padre de la fe, tiene una confianza a prueba de un montón de dificultades. Confió plenamente en Dios, salió de su tierra y Dios le pidió cosas que parecían imposibles. Abraham se mantuvo fiel porque sabía que Dios le acompañaba: “Dios proveerá”. Y Dios proveyó.
Para este Proyecto de vida y misión, Dios va a proveer. Caminamos junto a nuestros hermanos y aunque haya dificultades o situaciones en las que es necesario dialogar mucho para llevarlas adelante, Dios va a proveer. El Espíritu Santo siempre estará allí. Nuestra Madre, la Señora de la esperanza y de la vocación, siempre va a estar allí.
Una tarea con sentido
Un buen hombre paseaba por la playa y vio, a lo lejos, a alguien que constantemente se agachaba y lanzaba algo al mar. Cuando estuvo cerca, se dio cuenta de que lanzaba estrellas de mar. La marea había dejado varadas a miles de ellas en la arena.
Y pensó: “¿Tendrá sentido lanzarlas al mar, si van a ser bien tan pocas las que consiga salvar?”. Y así se lo preguntó al hombre que las lanzaba. Este tomó otra y dijo: “Mire, pues para esta, tiene sentido”. Y la devolvió al agua. Ojalá el cuento continuase diciendo: “¿Me ayudas a lanzar? Así daremos vida al doble de ellas”.
Tenemos un Proyecto de vida y misión, una tarea en la Iglesia. Sin duda es poco frente a este inmenso mundo de gente e instituciones que se comprometen a hacer el bien. Pues aportemos nuestra parte. Que los obstáculos, las falsas creencias o la desconfianza no nos desanimen, convencidos de que el Espíritu Santo nos apoya y de que las pequeñas obras de cada día tienen sentido.
La oración del enfermo tiene sentido, el compromiso en las aulas tiene sentido, acompañar en la formación tiene sentido, escuchar al desanimado o atender al empobrecido, celebrar la Eucaristía… Tiene sentido. Toda acción tiene sentido.
Pidámosle al Espíritu Santo que nos ayude a mantenernos en esta vitalidad, en comunión con los laicos, que nos van a dar mucha fuerza y apoyo, que harán que nuestra pequeña labor, aunque pequeña, sea mucho mayor. Y se sumarán más hermanos y entre todos lanzaremos más estrellas de vuelta al mar.
Que así sea.







