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Del altar de monaguillo al altar del sacerdocio

La ordenación sacerdotal y la primera misa de fray Marcelo Bragatto, OAR, celebradas en Franca (Brasil), fueron mucho más que dos acontecimientos litúrgicos. Constituyeron la expresión visible de una historia de fe que comenzó en la infancia, creció junto al altar y continúa hoy como respuesta al llamado de Cristo al servicio de la Iglesia.
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Una vocación que creció junto al altar

Algunas vocaciones nacen de un instante decisivo. Otras, en cambio, se parecen más a una semilla que crece lentamente en el corazón hasta convertirse en una respuesta madura al llamado de Dios.

La historia de fray Marcelo Bragatto pertenece a este segundo grupo.

El pasado 6 de junio recibió la ordenación sacerdotal en la Parroquia y Seminario Nuestra Señora Aparecida —conocida cariñosamente como la Capelinha—, en Franca (São Paulo), el mismo lugar donde recibió los sacramentos de la iniciación cristiana y donde comenzó, siendo apenas un niño, a descubrir la belleza de la vida de la Iglesia.

Desde los cinco años sirvió como monaguillo. Allí aprendió a amar la liturgia, a familiarizarse con el silencio del templo, con la oración de la comunidad y con el misterio de la Eucaristía. Lo que entonces era una intuición infantil fue tomando forma con el paso de los años hasta convertirse en una vocación religiosa y sacerdotal dentro de la Orden de los Agustinos Recoletos.

La ordenación presidida por monseñor Angelo Pignoli, obispo emérito de Quixadá, hizo visible ese largo camino de discernimiento, formación y entrega que culmina ahora en un nuevo comienzo.

El misterio que nunca terminamos de comprender

Al día siguiente de su ordenación, fray Marcelo celebró su primera Eucaristía como sacerdote rodeado de familiares, amigos, frailes y miembros de la comunidad que lo había visto crecer.

Durante la homilía, pronunciada por fray Helton, también natural de Franca, surgió una de las imágenes más significativas de toda la celebración.

Tomando como referencia la vocación del apóstol Mateo y el misterio de la mesa compartida con Jesús, recordó que la vida cristiana consiste en aprender continuamente a seguir al Señor.

En ese contexto, evocó los primeros años de Marcelo como monaguillo y afirmó que, incluso después de muchos años de formación y de vida religiosa, ante el misterio de la Eucaristía todos seguimos siendo como aquellos niños que sirven junto al altar por primera vez.

La reflexión recordaba una verdad profundamente cristiana: la vocación no consiste en dominar el misterio de Dios, sino en dejarse introducir cada vez más en él.

Como Mateo, que se levantó para seguir a Cristo sin comprender todavía todo lo que aquel encuentro significaría para su vida, también el discípulo de hoy continúa caminando en la fe, descubriendo progresivamente la profundidad de la llamada recibida.

La Eucaristía, centro de la vida sacerdotal, permanece siempre como un don que supera toda comprensión humana.

Configurados con Cristo para servir

La ordenación sacerdotal no representa una meta alcanzada, sino el inicio de una nueva etapa marcada por el servicio.

Durante la celebración, monseñor Angelo recordó que el sacerdote está llamado a hacer presente a Cristo en medio de su pueblo, prolongando en la historia el gesto de Jesús que lavó los pies a sus discípulos y entregó su vida por amor.

Configurado sacramentalmente con Cristo, el sacerdote recibe la misión de anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y acompañar al Pueblo de Dios en su camino de fe.

No se trata de ocupar un lugar de privilegio, sino de asumir una responsabilidad que solo puede vivirse desde la humildad y la entrega.

Quizá por eso resultó especialmente significativa la anécdota compartida durante la homilía. Cuando era niño, Marcelo se sentó alguna vez en la sede presidencial de la iglesia y tuvo que ser corregido por un fraile mayor. Años después, esa misma comunidad lo veía ocupar legítimamente ese lugar para presidir la Eucaristía.

No como quien ha llegado al final del camino, sino como quien continúa aprendiendo a seguir a Cristo.

Porque toda vocación auténtica nace así: cerca del altar, alimentada por la gracia y sostenida por la certeza de que es Dios quien conduce la historia.

Y porque, ante la grandeza del misterio, todos seguimos siendo discípulos que aprenden.

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