El carisma agustino recoleto tiene tres aspectos: la búsqueda incesante de Dios; la comunión de vida fraterna; y el servicio a la Iglesia con vocación misionera. No es un ideal abstracto: en los últimos cuatro siglos muchos han sido felices y se han sentido realizados viviendo así.
Corazón contemplativo
La búsqueda incesante de Dios puede resumirse en una expresión: tener un corazón contemplativo: para Dios, con Dios, en Dios y de Dios. La aplicación concreta se da en la oración, la penitencia o la caridad.
Los testimonios sobre el recogimiento interior de fray Ezequiel abundaron. Amaba el retiro y la oración personal más allá de la reglada o comunitaria. Incluso llegó a recibir el apodo de “el silencioso” entre sus hermanos recoletos.
Los fieles a los que sirvió observaron su piedad y devoción, la forma de celebrar los sacramentos, sus largas horas de oración, su necesidad constante de sentir la presencia de la Eucaristía… Pero nadie sintió que fuese una evasión o un encerramiento en sí mismo; al contrario, para todos aquello era una muestra de su entrega completa a Dios.
Una oración auténtica solo puede desembocar en el amor concreto. Es uno de los criterios de veracidad del mundo interior contemplativo: el hermano, el otro, se convierte en sacramento.
Para san Ezequiel el cariño y atención por los empobrecidos se podrían calificar de exagerados. Vivía alerta con las puertas de la casa religiosa siempre abiertas para que en ella encontrasen alimento y protección los desheredados de la vida.
Respecto a la penitencia, la vida de san Ezequiel fue una verdadera escuela de fe y contemplación a través del sufrimiento. Ante la enfermedad o el dolor se mantuvo siempre pacífico, dulce, cariñoso; la enfermedad nunca apagó su celo de servir a los demás; más bien, le ayudó a sentirse más plenamente unido a Cristo y más comprensivo.
Corazón comunitario
San Ezequiel tuvo tal compromiso con la vida comunitaria que sintió con fuerza su compromiso de restaurarla allí donde estuviese. Soñaba con comunidades vivas y unidas, añoraba la compañía de los suyos; ya obispo, uno de sus mayores sufrimientos fue dejar de vivir en comunidad y muy lejos de la más cercana para siquiera visitarla.
Aspiraba a que ningún religioso viviera solo, desligado de su comunidad local o provincial. Estaba ilusionado con establecer en todos los ministerios donde sirviesen los Agustinos Recoletos comunidades de, al menos, tres religiosos. Entendía la comunidad religiosa como parte de la evangelización, de la misión, del testimonio a los fieles.
Corazón misionero
Ezequiel vivió por y para las misiones, siempre al servicio al Pueblo de Dios predicando, escribiendo, yendo hasta los fieles. Necesitaba que toda persona supiese de Jesús, se sintiese amado o amada por él, escogiese la felicidad del Evangelio.
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Contemplativo, fraterno y misionero, Ezequiel vivió las tres notas del agustino recoleto con armonía y exigencia. Totalmente entregado a Dios y a los hermanos, nunca quiso para sí una vida a medias, al ralentí, suscrito a la sopa boba o a la indiferencia.
El testimonio de Ezequiel es acicate y esperanza para quienes siguen las huellas de Jesús desde la espiritualidad y el carisma agustino recoleto. Él invita cada día a renovar la búsqueda apasionada de Dios, la alegría de la vida común y el ardor por la misión.















