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La mirada que nace del Padre: ver a Jesús y recibir el Espíritu Santo

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre el Evangelio dominical mostrando cómo el Espíritu Santo nos introduce en la mirada del Padre sobre el Hijo. Una meditación sobre la fe, la contemplación de Cristo y la nueva creación que nace de una mirada transformada.
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En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a descubrir que la fe no consiste únicamente en conocer a Jesús, sino en aprender a mirar con los ojos del Padre. A partir de las palabras de Cristo sobre el conocimiento entre el Padre y el Hijo, esta reflexión muestra cómo el Espíritu Santo transforma nuestra manera de contemplar a Dios, a los demás y al mundo, inaugurando ya desde ahora la experiencia de una nueva creación.

Contemplar a Cristo con la mirada del Padre

El Evangelio de este domingo nos introduce en un misterio que desborda toda medida humana: el conocimiento entre el Padre y el Hijo, y la participación que se nos concede en ese conocimiento. Jesús dice que nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo. A primera vista, esto podría parecer una afirmación que nos excluye, como si quedáramos fuera de ese círculo íntimo. Sin embargo, el Evangelio no cierra, sino que abre. No nos deja afuera, sino que nos invita a entrar en lo más profundo de la vida de Dios.

Aquí aparece una primera sorpresa: el conocimiento del que habla Jesús no es un simple saber intelectual. El verbo que utiliza el evangelio, «conocer plenamente» (ἐπιγινώσκω), no se refiere a acumular información sobre alguien, sino a una relación viva, íntima, total. Solo el Padre conoce así al Hijo, y solo el Hijo conoce así al Padre, porque su relación no es exterior, sino la misma vida de Dios, la comunión eterna del amor.

Y, sin embargo, en ese mismo instante, el Evangelio nos dice algo decisivo: el Hijo ha venido a revelarnos al Padre. Es decir, lo que era propio de la intimidad divina se ha hecho accesible, se ha hecho visible. La encarnación es precisamente esto: que aquello que solo podía ser contemplado en Dios ahora ha entrado en nuestra historia, ha caminado por nuestras calles y ha hablado nuestro lenguaje.

Por eso, cuando miramos a Jesús, no estamos simplemente mirando a un personaje del pasado o a un maestro religioso. Estamos siendo introducidos en la mirada misma de Dios. Es como si el Padre, en su amor, nos concediera ver al Hijo con sus propios ojos. No lo conocemos plenamente como el Padre lo conoce, pero sí somos introducidos, por gracia, en esa contemplación.

Los Padres de la Iglesia lo expresaban con imágenes muy fuertes. Decían que contemplar a Cristo es como sentarse en las rodillas del Padre, aprendiendo a mirar al Hijo desde su ternura. Es una manera de decir que la fe no es solo adhesión a unas verdades, sino participación en una relación viva. Y en esa relación somos educados en una nueva forma de ver.

San Basilio, con una imagen poética, hablaba de recibir «ojos de paloma»: una mirada sencilla, pura, transformada por el Espíritu Santo. Es decir, no solo cambia lo que vemos, sino cómo vemos. El Espíritu Santo no añade información, sino que transforma el órgano mismo de la visión interior.

El Espíritu Santo transforma nuestra manera de mirar

Aquí está el corazón del Evangelio: el Espíritu Santo es quien nos introduce en la mirada del Padre sobre el Hijo. Y, al hacerlo, transforma nuestra manera de estar en el mundo. Ya no miramos desde el juicio, desde la sospecha o desde la indiferencia, sino desde una mirada que participa del amor divino.

Y esta transformación no se queda en lo interior. Los antiguos cristianos comprendían que la creación entera es fruto del amor del Padre y del Hijo, es decir, del Espíritu Santo. Todo lo que existe es como el fruto visible de esa comunión eterna. Por eso, cuando nuestra mirada es sanada por el Espíritu, empezamos a ver el mundo de otra manera: no como un conjunto de cosas neutrales u hostiles, sino como una realidad habitada, atravesada por la presencia de Dios.

En este sentido, mirar con los ojos del Espíritu es participar de una nueva creación. Es como si el mundo volviera a nacer ante nuestros ojos. La realidad no cambia en sí misma, pero sí cambia la forma en que la habitamos. Y esa transformación comienza en la mirada.

Por eso también nuestras miradas dejan huella. Una mirada puede herir, puede cerrar, puede oscurecer la vida de alguien. Pero también puede abrir, puede sanar, puede devolver dignidad. Hay rostros que se endurecen por las miradas que han recibido, y hay rostros que se iluminan por haber sido reconocidos en el amor.

Una mirada nueva para una nueva creación

Cuando contemplamos a Cristo, el Espíritu Santo nos enseña a mirar como Él mira. Y entonces ocurre algo decisivo: cada persona comienza a ser vista no como un problema, ni como una amenaza, ni como un objeto, sino como un misterio amado por Dios. La mirada deja de ser posesión y se vuelve bendición.

Así se entiende la audacia del Evangelio de hoy. Conocer a Jesús no es solo saber cosas sobre Él. Es dejar que su propia vida, su relación con el Padre y su amor entren en nosotros. Es permitir que el Espíritu Santo nos dé «ojos nuevos», una mirada transformada, una mirada que nace del corazón mismo de Dios.

Y cuando eso sucede, no solo vemos a Jesús de otra manera. Empezamos a verlo todo de otra manera. Porque quien ha sido introducido en la mirada del Padre sobre el Hijo comienza a vivir ya, en medio de este mundo, los primeros destellos de la nueva creación.

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