Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Mons. Mario Molina analiza la encíclica Magnifica humanitas de León XIV

Mons. Mario Alberto Molina, OAR, ofrece una lectura crítica de la encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV, reflexionando sobre la doctrina social de la Iglesia, la inteligencia artificial y la centralidad del anuncio de Jesucristo.
Papa-Leon-firmando-enciclica-702x526

Mons. Mario Alberto Molina, OAR, arzobispo emérito de Los Altos (Quetzaltenango), ofrece una lectura crítica de la encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV. En este análisis reflexiona sobre su aportación al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, especialmente en relación con la inteligencia artificial, y plantea la necesidad de que el anuncio de Jesucristo y de la vida eterna permanezca siempre en el centro de la misión evangelizadora de la Iglesia.

León XIV y la continuidad de la doctrina social de la Iglesia

La encíclica cumple con un deseo expresado por el papa León XIV desde su elección en mayo de 2025. Cuando explicó la elección de su nombre, manifestó que quería vincular su ministerio papal al de León XIII, su predecesor más de ciento veinte años antes. Este pontífice, con su encíclica Rerum novarum (De los asuntos nuevos), había iniciado la reflexión sobre las transformaciones sociales en curso; con la colaboración de pontífices posteriores, esas reflexiones darían cuerpo a lo que hoy se conoce como doctrina social de la Iglesia.

León XIV deseaba dar respuesta, desde su ministerio, a las nuevas situaciones creadas por el desarrollo de la tecnología informática. Meses después comenzaron a circular comentarios según los cuales el papa preparaba efectivamente una encíclica de carácter social para abordar los retos antropológicos y éticos que supone el desarrollo de la inteligencia artificial. La encíclica se firmó el 15 de mayo de 2026, en el centésimo trigésimo quinto aniversario de la publicación de la Rerum novarum. Fue acogida con comentarios muy favorables, aunque también recibió críticas. Después de haberla leído, escribo estas líneas para expresar mi opinión a quienes me la han solicitado y a quienes les interese conocerla.

La encíclica consta de una introducción, cinco capítulos y una conclusión. En la introducción, el papa León XIV explica claramente su deseo de vincularse a la iniciativa de León XIII y contribuir también él a reflexionar sobre ‘los asuntos nuevos‘ de nuestro tiempo, del mismo modo que aquel papa abrió la reflexión sobre «los asuntos nuevos» de su época.

Es decir, León XIV considera la reflexión sobre cuestiones sociales —como el impacto de la inteligencia artificial sobre la humanidad y la sociedad— una tarea de primer orden y la razón central de su pontificado. Sin embargo, es mi convicción que muchos creyentes esperan del papa, de los obispos y de los sacerdotes el anuncio de los temas centrales del Evangelio: Jesucristo, su muerte y su resurrección, que abren horizontes de trascendencia capaces de dar sentido y consistencia a la vida humana. Son estos los temas que muchos creyentes reclaman escuchar de sus pastores.

La reflexión sobre los problemas éticos en el ámbito social y cultural forma parte del Evangelio, pero está subordinada al tema principal de la misión de la Iglesia. Por lo demás, esos temas centrales no faltan en los discursos del papa León XIV.

En la introducción, el Papa recurre a dos imágenes que le sirven de inspiración para su reflexión. La torre de Babel, narrada en Génesis 11,1-9, simboliza la pretensión humana de erigirse en autosuficiencia y orgullo. La otra imagen es la reconstrucción de las murallas de Jerusalén tras el exilio, relatada en Nehemías 2–6, que representa el esfuerzo por construir una ciudad en la que todos colaboran, no desde el orgullo individual, sino desde la conciencia de las propias limitaciones y de la necesidad de cooperación y coordinación bajo la conducción de Nehemías.

En la elección de estas imágenes por parte de un Papa de identidad agustiniana, uno intuye las famosas dos ciudades propuestas por san Agustín en La ciudad de Dios. De hecho, el Papa cita a san Agustín en el número 130, al final del capítulo III. La ciudad terrena se construye por el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios; la ciudad de Dios, por el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo.

En san Agustín, la construcción de la ciudad de Dios está animada por una visión de la trascendencia, por la conciencia de la caducidad de este mundo y por la aspiración a la eternidad. Esa perspectiva falta por completo en la explicación que el papa León XIV hace del esfuerzo de Nehemías por reconstruir Jerusalén y también en el planteamiento social que propone sobre la sociedad que debe edificarse.

De hecho, cuando en la conclusión explica cuál debe ser el propósito del esfuerzo social humano, dice, citando un pronunciamiento suyo anterior:

La esperanza que anunciamos […] viene del cielo, pero para generar aquí abajo una historia nueva; precisamente por esto quien cree se compromete para que, en lugar de las desigualdades, haya más justicia y para que, en vez de la industria de la guerra, se afirme la artesanía de la paz (n. 240).

Espontáneamente vienen a mi mente aquellas palabras de san Pablo:

«Si nuestra esperanza en Cristo se limita solo a esta vida, somos las personas más dignas de compasión» (1 Co 15,19).

La palabra ‘cielo’ aparece nueve veces en el texto, pero nunca como destino definitivo de la vida humana, excepto cuando los constructores de Babel pretendían alcanzarlo.

Curiosamente, en el número 232 de la conclusión, al querer dar un fundamento cristológico al empeño por resolver los problemas temporales, el texto cita a Pierre de Bérulle y alude a la vida de Cristo como modelo para la acción humana, pero omite toda referencia a la resurrección:

Tenemos, como nos enseña nuestra fe y dilucidamos en nuestros misterios, a Dios que nace en la cuna, un Dios que vive y viaja por Judea, un Dios que muere en la cruz y un Dios muerto y sepultado.

¿La resurrección no es pertinente? ¿No tiene valor? ¿No es real?

Hay un párrafo en el que el Papa habla de la trascendencia. En el número 127 afirma claramente que es doctrina cristiana que «el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo, no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. La fe conoce un “más allá” que nace del don de Dios. Esta transformación es obra del Espíritu Santo».

Sin embargo, esa trascendencia no se presenta como destino definitivo ni como vocación última del ser humano, sino únicamente como una ayuda para caminar dentro de los límites de este mundo. Volvemos, por tanto, a permanecer en el horizonte de la temporalidad.

Una antropología centrada en la inteligencia artificial

El autor de la encíclica es consciente de que su planteamiento es secundario respecto al fin primordial de la Iglesia y de la evangelización. En el número 33 alude a la introducción de la encíclica Mater et magistra (nn. 2-3) de san Juan XXIII y la resume afirmando que «aunque la Iglesia tiene como misión principal la santificación y el anuncio de los bienes eternos, no por ello descuida las necesidades concretas de la vida cotidiana de las personas».

En la coyuntura histórica actual, me parece esencial que la Iglesia afirme y desarrolle precisamente esa misión principal, pues es lo que los fieles buscan en ella. Las preocupaciones por las necesidades temporales son importantes, pero no responden plenamente a las exigencias más profundas de quienes buscan sentido para sus vidas en la fe en Jesucristo. Por ello, el texto de la encíclica permanece, en buena medida, dentro del horizonte de la inmanencia.

Los cinco capítulos se desarrollan con gran claridad programática. El primero recorre la historia de la doctrina social de la Iglesia para situar el magisterio de León XIV dentro del desarrollo de las encíclicas sociales del siglo XX. El hilo conductor ha sido siempre la defensa de la dignidad humana frente a las amenazas que la han puesto en peligro: la industrialización, las guerras, los regímenes totalitarios y, hoy, la inteligencia artificial.

El segundo capítulo es, en cierto modo, un resumen del capítulo cuarto del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. El papa León XIV repasa y propone nuevamente los principios que articulan y fundamentan esta doctrina.

En primer lugar, la persona humana y su dignidad innegociable constituyen el fundamento de todo el discurso social de la Iglesia. En el número 53 ofrece una interpretación aceptable de lo que el papa Francisco denominó la ‘dignidad infinita’ de la persona humana. El carácter infinito de esa dignidad no es una cualidad inherente al hombre, que sigue siendo una criatura finita; le viene porque Dios lo ha amado con un amor infinito y porque esa dignidad nunca puede ser derogada o suprimida.

Sin embargo, nunca se menciona como elemento constitutivo de esa dignidad la vocación a la vida eterna, a la que todo ser humano está llamado según la antropología cristiana. Más aún, la expresión ‘vida eterna’ aparece una sola vez en toda la encíclica, en el número 3, al recordar la respuesta de León XIII a quienes objetaban la publicación de la Rerum novarum, argumentando que la Iglesia debía preocuparse únicamente por comunicar el mensaje de la vida eterna.

Según el papa León XIV, su predecesor respondió que la Iglesia también debía ocuparse de la vida cotidiana de los hombres. El problema es que los hombres y mujeres de nuestro tiempo esperan cada vez con mayor intensidad que la Iglesia les hable precisamente de la vida eterna y les proponga el camino para alcanzarla. El ser humano necesita horizontes de eternidad para vivir con sentido su existencia temporal.

El Papa desarrolla después el significado de los demás principios de la doctrina social de la Iglesia: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.

Cuando aborda el desarrollo humano integral, en los números 82 al 85, uno espera encontrar al menos una referencia a que ese desarrollo alcanza su plenitud en Dios, en la vida eterna. Pero no sucede así. El desarrollo integral permanece anclado en la temporalidad. Esa, a mi juicio, no es una antropología plenamente cristiana ni propiamente agustiniana.

Los grandes aciertos de Magnifica humanitas

El tercer capítulo contiene la aportación principal de la encíclica. Se trata de una defensa de la dignidad de la persona humana frente a las amenazas que plantea el desarrollo de la inteligencia artificial.

Aunque el planteamiento continúa moviéndose dentro del horizonte de la inmanencia, el pensamiento resulta lúcido en su discernimiento, intuitivo para identificar los peligros que la inteligencia artificial representa para la humanidad, profundo en la comprensión de la lógica que rige estas tecnologías y verdaderamente novedoso como desarrollo de la doctrina social de la Iglesia. Es, probablemente, un capítulo difícilmente superable dentro de su género y de los límites que él mismo se impone.

El papa León XIV comienza este capítulo formulando una pregunta inspirada en las imágenes de Babel y Jerusalén:

¿Qué estamos construyendo al desarrollar la inteligencia artificial? ¿Una torre de Babel, fruto del orgullo humano, destinada al fracaso y a la dispersión de la humanidad, o las murallas de Jerusalén, fruto de la colaboración de todos para construir una ciudad habitable?

Y añade:

Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad (n. 94).

A partir de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, el Papa realiza un discernimiento moral del desarrollo y del uso de la inteligencia artificial para garantizar el primado de la persona humana,

con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites (n. 97).

El número 99 resulta particularmente brillante. Advierte del error de comparar la inteligencia humana con la inteligencia artificial. Esta última puede imitar determinadas funciones intelectuales, pero continúa limitada al tratamiento de datos. Su conocimiento no nace de la experiencia, carece de sentimientos y no posee conciencia moral.

El Papa alerta igualmente del peligro de dejar en manos de algoritmos decisiones que requieren libertad y conciencia, así como del riesgo real de que el ser humano termine sometido al instrumento que él mismo ha creado.

No podemos considerar la IA como moralmente neutra. […] Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona (n. 104).

No obstante, el Papa manifiesta tanto en este capítulo como en los siguientes una confianza quizá excesiva en el Estado, en las instituciones políticas nacionales y en los organismos internacionales como instancias capaces de regular éticamente el desarrollo de la inteligencia artificial.

Sin embargo, el Estado está formado por hombres pecadores —realidad de la que la encíclica nunca habla—, capaces muchas veces de orientar el uso de la inteligencia artificial hacia fines ilícitos antes que de ponerla verdaderamente al servicio del bien común.

La evangelización y las realidades eternas, el gran desafío

Los capítulos cuarto y quinto resultan más discutibles. En ellos se analizan las consecuencias prácticas del uso de la inteligencia artificial en distintos ámbitos de la vida social.

El cuarto capítulo aborda la verdad, la comunicación y la capacidad de la inteligencia artificial para manipular la información. Reflexiona también sobre su influencia en la educación y sobre el modo en que puede comprometer la misión propia de la escuela. Analiza igualmente las amenazas que plantea para el mundo del trabajo y sus consecuencias sobre el empleo, llegando a hablar de la «paradoja de un progreso material y una regresión antropológica» (n. 154). Junto al trabajo, estudia la economía nacional y global, cada vez más condicionada por decisiones algorítmicas. El capítulo concluye con una reflexión sobre la custodia de la libertad.

El quinto capítulo prolonga esta misma dinámica, trasladando el análisis a otros ámbitos como la gestión del poder político y las decisiones relacionadas con la guerra. Está escrito con verdadera pasión por la humanidad y desarrolla ampliamente las consecuencias que la inteligencia artificial puede tener, especialmente en el ámbito bélico. Incluso llega a augurar el fin de las guerras y de los conflictos, aunque sin proponer una evangelización que sostenga esa esperanza.

Con frecuencia, tanto en el cuarto como en el quinto capítulo, el Papa desciende a proponer decisiones concretas y líneas de actuación que, en mi opinión, no corresponden al ministerio de un pontífice ni, en general, al de un clérigo. Se trata de decisiones prudenciales que podrían resolverse legítimamente de formas diversas.

El Papa parece dar por supuesto que quienes actúan en esos ámbitos sociales son cristianos con una conciencia formada por el Evangelio. Sin embargo, apenas parece considerar que la mayoría de esos actores ni siquiera son creyentes y, menos aún, que su lógica moral esté configurada por la fe cristiana.

En ningún momento propone con claridad lo que constituye la misión propia de la Iglesia: la conversión al Evangelio de quienes ejercen responsabilidades políticas, económicas, tecnológicas o culturales. La palabra ‘conversión’ aparece únicamente cinco veces en toda la encíclica y siempre en expresiones genéricas como ‘caminos de conversión’, sin una referencia explícita a Jesucristo.

Solo en la conclusión, a partir del número 229, aparece una alusión tímida a la tarea evangelizadora, aunque más bien parece un añadido final que una verdadera propuesta pastoral.

Sin duda, la encíclica incorpora una aportación significativa al desarrollo de la doctrina social de la Iglesia. Particularmente, el tercer capítulo manifiesta un pensamiento analítico, perceptivo, articulado y propositivo de gran calidad.

Sin embargo, esperaba que la primera encíclica del papa León XIV, en la situación actual de la Iglesia, hubiera desarrollado con mayor amplitud el anuncio de las realidades eternas: el amor de Dios, su compasión por la humanidad, el envío de su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado para el perdón de los pecados, la apertura del camino hacia la vida eterna y la vocación del hombre a vivir con Dios ahora y para siempre por la acción del Espíritu Santo.

El papa León XIV es todavía relativamente joven. No pierdo la esperanza de que esa encíclica, que muchos esperamos, llegue en un futuro próximo. Ojalá que, así como León XIII fue pionero al incorporar los ‘asuntos nuevos’ al magisterio pontificio, León XIV pueda convertirse también en pionero al recuperar con fuerza para la Iglesia universal su misión y su discurso más propio: anunciar las realidades eternas y ofrecer a la humanidad —inquieta por los desvaríos de la libertad y la amenaza de la muerte— el sentido de la vida que brota de la obra redentora de Jesucristo, quien abrió el camino hacia el Padre para que la esperanza de la vida eterna ilumine y dé consistencia a nuestra existencia temporal

Compartir:

Entradas Relacionadas