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Fray Rodrigo de San Miguel, el agustino recoleto que unió Oriente y Roma en el siglo XVII

La asombrosa historia de fray Rodrigo de San Miguel, agustino recoleto que cruzó Oriente para llevar a Roma la adhesión de príncipes caldeos a la Iglesia católica.
Fray Rodrigo de san Miguel.

En febrero de 1626, un fraile agustino recoleto llegó a Roma tras una de las travesías más extraordinarias del siglo XVII. Fray Rodrigo de San Miguel traía consigo una carta firmada por príncipes cristianos de Caldea que cambiaría el rumbo de una misión e impresionaría profundamente al papa Urbano VIII.

Un amanecer en Roma y una audiencia decisiva

Roma amanecía envuelta en una bruma dorada aquel 28 de febrero de 1626. El invierno aún retenía el aliento, pero por entre los tejados del Trastévere y las cúpulas que se erguían como islas de mármol, el sol comenzaba a insinuarse, tibio y perezoso. En el Palacio Apostólico, los guardias suizos se movían con precisión ritual, y los servidores pulían los suelos de mármol mientras el aroma del incienso nocturno se disipaba lentamente.

En la antesala de la audiencia pontificia esperaba el duque de Pastrana, con la paciencia de quien está acostumbrado a los ritmos solemnes de la Corte Romana. Su capa, de un tono rojo apagado, parecía beber la luz que entraba por las altas ventanas. Detrás de él avanzaba un fraile de rostro curtido y barba larga, cuyos ojos oscuros, vivos y atentos, parecían abarcar toda la estancia con una mezcla de humildad y determinación. A su lado, un hombre de rasgos orientales, piel cobriza y mirada serena, caminaba con pasos medidos, como si cada uno de ellos fuera una reverencia.

El prefecto de cámara anunció su entrada. Las enormes puertas se abrieron con un sonido grave, y el grupo avanzó hacia la presencia del papa Urbano VIII.

La carta sellada: veinticinco príncipes de Caldea vuelven a Roma

El Papa, sentado en su solio, alzó la mirada. Aquella mañana ya había recibido obispos, embajadores y prelados, pero la figura del fraile llamó inmediatamente su atención. No era su atuendo ni la barba que parecía mezclar polvo de camino y disciplina monástica; fue la intensidad clavada en sus ojos, una llama que delataba algo que solo los viajeros de rutas imposibles llevan consigo.

El hombre oriental se arrodilló de inmediato, inclinando la cabeza hasta casi tocar el suelo. El silencio se hizo más espeso, como si el aire hubiera decidido escuchar.

El duque dio un paso al frente:

Santo Padre, os presento a fray Rodrigo de San Miguel, de la Congregación de los Agustinos Recoletos. Trae consigo un mensaje de gran importancia para la Iglesia.

El fraile inclinó la cabeza y, al hablar, su voz llenó la sala con una cadencia inesperadamente elegante:

—Santísimo Padre, he venido desde los confines del Oriente para entregaros una carta…, una carta que bien podría haberme costado la vida.

Cuando el Papa rompió el sello y desplegó el pergamino, el crujido resonó en la sala como un susurro de siglos. Eran veinticinco firmas: veinticinco príncipes cristianos de Basora, en Caldea —hoy Irak—, que declaraban su renuncia al rito y doctrinas nestorianas y proclamaban su adhesión a la Iglesia católica y su obediencia al sucesor de Pedro.

Un viaje imposible: de Manila a la Ciudad Eterna

—Salí de Manila el 24 de diciembre de 1622 —comenzó fray Rodrigo—. No tomé la ruta habitual para regresar a España; la prudencia aconsejaba evitarla. Me dirigí hacia las Islas Molucas, bordeé las costas de Borneo, seguí por Sumatra y llegué luego a Ceilán. Después alcancé la India…

A medida que hablaba, la estancia parecía desvanecerse. Roma quedaba atrás, reemplazada por mercados de especias donde la canela se mezclaba con el cardamomo; por selvas húmedas donde los insectos cantaban como si tuvieran prisa; por costas ardientes donde los barcos gemían bajo el peso de las mareas.

Rescates, persecuciones y diálogo con los cristianos nestorianos

—En la India encontré a varios filipinos vendidos como esclavos por piratas moros joloanos —continuó—. Sus rostros estaban marcados por la desesperanza…, pero pude pagar su rescate, y regresaron a su patria.

Desde Goa cruzó el estrecho de Ormuz. Allí el viento olía a sal y a arena hirviente. Llegó a Persia y, más tarde, a Caldea. Allí encontró a los cristianos nestorianos. Habló con ellos largo tiempo. Y, movidos por la verdad del Evangelio, veinticinco príncipes decidieron unirse a la Iglesia católica y le pidieron que llevara la carta a Roma.

El asombro de Urbano VIII y una misión confiada

El Papa levantó la vista. En sus ojos había un asombro casi infantil.

Esto es obra de Dios —dijo con voz quebrada.

Conmovido por el relato, Urbano VIII propuso a fray Rodrigo el episcopado y el patriarcado de aquellos reinos. El fraile se inclinó profundamente:

—Su Santidad habrá de perdonarme, pero no puedo aceptar ese honor. Si es vuestro deseo, regresaré a aquellas tierras para encabezar la misión, siempre que mis superiores lo permitan.

Crónicas, memoria y proyectos para Oriente

Las semanas siguientes fueron un tejido de encuentros, palabras y confidencias. El Papa pidió que fray Rodrigo volviera una segunda vez. Lo escuchó hablar de Filipinas, de pueblos fundados entre manglares y montañas, de iglesias levantadas entre machetes y lluvias.

Tan cautivado quedó Urbano VIII que encomendó a su camarero privado, monseñor Sanccio, que acudiera cada día a la casa de los recoletos en la Via Sistina. Por la noche, el Pontífice escuchaba los relatos con el mismo deleite con que un niño escucha un cuento exótico.

Fray Rodrigo escribió una crónica minuciosa de su viaje, que el Papa guardó en la Biblioteca Barberini, y ordenó organizar una misión hacia Persia y Caldea con él al frente.

El último viaje y la muerte en Elorrio

Concluida su misión en Roma, fray Rodrigo emprendió el regreso a España acompañado por su secretario filipino Miguel Calimpas, uno de los primeros indígenas bautizados por él en Zambales. Enfermo en Génova, continuó el viaje impulsado por un deseo que lo consumía: poner en marcha la misión soñada por el Papa.

Al llegar a España visitó a su tío, el obispo Juan Moriz de Salazar, en Huesca. Después partió hacia Elorrio, donde vivía su familia. Allí murió el 26 de diciembre de 1626, con apenas 42 años.

Legado misionero de un agustino recoleto universal

Quedaban sus obras, sus viajes, sus rescates, sus diálogos y sus escritos nacidos entre tormentas y noches en vela. Fray Rodrigo de San Miguel fue, en sentido pleno, un agustino recoleto de horizontes universales.

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