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Feliz año nuevo: la bendición de Dios y la fragilidad que salva

Comentario al evangelio de inicio de año: la bendición de Dios, María Madre de Dios y la fragilidad humana asumida en la Encarnación.
Fuente wikipedia

Al inicio de un nuevo año, la liturgia no se limita a formular buenos deseos, sino que nos ofrece algo más profundo: la bendición de Dios. En este comentario al evangelio, fray Luciano Audisio nos invita a contemplar la fragilidad asumida por Dios en la Encarnación, la maternidad de María y la identidad filial que sostiene nuestra vida más allá de éxitos o fracasos.

La bendición de Dios al comenzar el año

¡Feliz año nuevo! Estas palabras las hemos escuchado repetir mil veces desde la medianoche de ayer. Pero ¿qué significa realmente “feliz año nuevo”? ¿Qué deseamos cuando decimos estas palabras? A menudo es un deseo genérico: que todo vaya bien, que haya salud, que los problemas se resuelvan. Pero la liturgia de hoy nos ofrece un deseo mucho más profundo, mucho más verdadero: nos ofrece la bendición de Dios mismo.

La primera lectura nos ha hecho escuchar las palabras más antiguas de bendición que conocemos, las del libro de los Números: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Esta bendición atraviesa tres mil años de historia y sigue viva, sigue siendo verdadera, sigue siendo eficaz.

Pero ¿qué significa ser bendecidos por Dios? No es una fórmula mágica que resuelve automáticamente los problemas. Ser bendecidos significa saber que no estamos solos. Significa saber que hay Alguien que nos protege, que hace brillar su rostro sobre nosotros, que nos mira con amor. Y este “Alguien” no es una idea abstracta o una fuerza impersonal. Es el Dios que hoy celebramos como nacido de mujer, nacido de María.

María, Madre de Dios y la fragilidad de la Encarnación

El Evangelio nos lleva de nuevo a la gruta de Belén. Los pastores llegan y encuentran “a María y a José, y al niño”. Esta escena es el corazón de nuestra fe: Dios se hizo niño, se hizo uno de nosotros. Y lo hizo a través de María, a quien la Iglesia hoy proclama solemnemente “Madre de Dios”.

Esta verdad es revolucionaria. Cuando decimos que María es Madre de Dios no estamos haciendo un cumplido a María. Estamos diciendo algo sobre Dios: Dios quiso depender de una criatura humana. Quiso necesitar de una madre. Quiso que una mujer le diera la vida, lo nutriera, lo cuidara, lo educara.

El Creador del universo necesitó la leche de María para sobrevivir. Aquel que sostiene el cosmos necesitó los brazos de María para ser llevado. Aquel que es la Palabra eterna aprendió a hablar escuchando la voz de María. Este es el misterio de la Encarnación: Dios no se avergonzó de ser frágil, pequeño, dependiente.

¿Y qué nos dice esto al inicio de un año nuevo? Nos dice que la fragilidad no es lo contrario de la grandeza. Nos dice que necesitar de los demás no es una debilidad sino que es humano. Vivimos en una cultura que nos dice que seamos siempre fuertes, siempre eficientes, siempre autosuficientes. Pero la Encarnación nos revela otro camino: el camino de la vulnerabilidad acogida, de la dependencia reconocida, de la fragilidad compartida.

¿Cuántos en este año que comienza, se sentirán frágiles? ¿Cuántos necesitarán ayuda, apoyo, ser escuchados? No nos avergoncemos de esta fragilidad. Es humana. Dios mismo la asumió. Dios mismo se hizo pequeño y necesitado en los brazos de María.

Hijos de Dios: guardar, meditar y acoger a Jesús que salva

San Pablo en la segunda lectura nos ha revelado el sentido profundo de todo esto: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial”. He aquí el proyecto de Dios: hacernos sus hijos.

No somos simplemente criaturas de Dios. Somos hijos. Y la diferencia es enorme. Una criatura es algo que Dios ha hecho. Un hijo es alguien a quien Dios ama con amor de Padre. Una criatura puede ser sustituida. Un hijo es único, irrepetible, insustituible.

Pablo continúa: “Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!”. Esta es la novedad cristiana. Podemos llamar a Dios “Abbá”, “Papá”. No por presunción, no porque nos lo hayamos merecido, sino porque el Espíritu Santo grita esto en lo profundo de nuestro corazón.

Queridos hermanos, al inicio de este año nuevo, esta es su identidad más verdadera: son hijos de Dios. No son su cuenta bancaria, no son su trabajo, no son sus éxitos o sus fracasos. Son hijos amados por el Padre. Esta es la identidad que nadie les puede quitar, pase lo que pase en este 2026.

Y miren a María. El Evangelio nos dice que “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. María no entendía todo de inmediato. También ella debía hacer un camino. Debía juntar las palabras del ángel, el nacimiento en la pobreza, los pastores que contaban de visiones celestiales. ¿Cómo se unía todo esto?

María guardaba y meditaba. No buscaba respuestas inmediatas. No pretendía entender todo de inmediato. Guardaba en su corazón los acontecimientos de su vida y los releía a la luz de la fe, buscando comprender qué quería decirle Dios.

Este es un enseñanza preciosa para nosotros que comenzamos un año nuevo. Vivimos en un tiempo de respuestas inmediatas, de todo ya. Pero la vida espiritual requiere tiempo, paciencia, silencio interior. Requiere guardar en el corazón los acontecimientos —buenos y malos— y buscar comprender su sentido profundo.

Quizás en el año pasado vivieron situaciones que aún no comprenden. Quizás hay heridas que no se han cerrado, preguntas que no tienen respuesta, dolores que pesan. María nos enseña a no descartar nada, sino a guardar todo en el corazón, con la confianza de que un día el sentido se revelará, de que Dios está tejiendo un diseño incluso a través de lo que a nosotros nos parece solo dolor o fracaso.

El Evangelio termina con la imposición del nombre: “Le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel”. El nombre no es solo una etiqueta. En el mundo bíblico el nombre revela la identidad y la misión. Y “Jesús” significa “Dios salva”. Ese niño que María tiene en brazos vino para salvar, no para condenar. Vino para buscar, no para rechazar.

Al inicio de este año, quizás alguno de ustedes se siente lejos de Dios. Quizás alguien piensa que se ha equivocado demasiado, que se ha alejado demasiado. Pero miren a ese niño en el pesebre: vino precisamente por ti. Se llama “Dios salva” porque vino a buscar a quien se ha perdido, a levantar a quien ha caído, a perdonar a quien se ha equivocado.

La bendición con la que iniciamos esta reflexión – “El Señor ilumine su rostro sobre ti” – se ha cumplido. El rostro de Dios ha brillado para nosotros en el rostro de ese niño. Y a través de la Encarnación, también nuestro rostro se ha vuelto precioso, sagrado, imagen de Dios.

Cuando en este año encuentren a alguien – en familia, en el trabajo, en la calle – recuerden que están encontrando a alguien que lleva la imagen de Dios. Alguien por quien Cristo se hizo hombre. Alguien que merece respeto, dignidad, amor.

Confiemos este año que comienza a María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella que guardó en su corazón el misterio, que siguió al Hijo en cada etapa de su vida, nos acompañe en este tiempo nuevo. Como dio a luz a Cristo en la carne, así continúe generándolo en nuestros corazones a través de la fe.

Que este sea verdaderamente un buen año: no porque todo vaya a salir bien, sino porque sabremos reconocer en cada día la presencia de Dios que nos protege, nos bendice, dirige hacia nosotros su rostro de amor.

Feliz año a todos, en el nombre de Jesús, el Dios-con-nosotros.

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