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En el campo de juego con Dios: cuatro papas y el deporte

«El atleta que nunca se equivoca, que no pierde jamás, no existe. Los campeones no son máquinas infalibles, sino hombres y mujeres que, incluso cuando caen, encuentran el valor para levantarse».
Leon XIV - giro Italia - deporte - ciclismo

Hay una imagen que llama la atención: un papa en esquís, deslizándose por las laderas nevadas de los Apeninos mientras su guardia de seguridad intenta seguirle el ritmo. No es una anécdota menor. Es una ventana al alma de Karol Wojtyla y, por extensión, a algo más amplio: la convicción, sostenida y desarrollada por cuatro pontífices, de que el deporte es un asunto serio para la fe. Desde Juan Pablo II hasta León XIV, la Iglesia ha ido tejiendo una reflexión coherente sobre el deporte como escuela de virtudes, espacio de encuentro y camino hacia Dios. No desde la distancia de quien observa, sino desde la cercanía de quien conoce el campo por dentro.

Juan Pablo II: el papa que fue portero y esquiador

Karol Wojtyla llegó al pontificado con las rodillas bien curtidas. De joven fue portero de fútbol en Polonia, practicó kayak en los ríos de los Cárpatos, hizo senderismo en las montañas y nunca dejó el esquí. Ya como papa, sus colaboradores confirmaron que realizó hasta 115 escapadas para esquiar en los Apeninos italianos, a menudo los martes, saliendo de incógnito durante horas.

Pero su vinculación con el deporte no era solo personal: era teológica. San Juan Pablo II vio en el ejercicio físico un reflejo de la condición humana íntegra. En su homilía del Jubileo de los Deportistas (12 de abril de 1984) afirmó que «el deporte es alegría de vivir, juego, fiesta, y como tal debe valorarse […] mediante la recuperación de su gratuidad, de su capacidad para estrechar lazos de amistad, para favorecer el diálogo y la apertura de unos hacia otros, […] por encima de las duras leyes de la producción y el consumo».

Y en el Jubileo del Año Santo 2000, ante miles de deportistas reunidos en Roma, pronunció quizás su imagen más audaz: Jesús es «el verdadero atleta de Dios», porque venció al mundo no con la fuerza, sino con la fidelidad del amor (Homilía en la Misa por el Jubileo de los Deportistas, 29 de octubre de 2000).

Para Juan Pablo II, el deporte era también una responsabilidad pedagógica. A un grupo de profesores de esquí les dijo: «Sois maestros de esquí, pero también maestros de vida. Os estarán especialmente agradecidas las generaciones jóvenes que, en la actual crisis de valores, tienen necesidad más que nunca de aprender no solamente habilidades técnicas, sino testimonios convincentes de una existencia rica de sentido e iluminada por la verdad y el amor».

Fue él quien, en 2004, institucionalizó el compromiso de la Santa Sede creando la sección Iglesia y Deporte dentro del Pontificio Consejo para los Laicos.

Benedicto XVI: el intelectual que entendió el cuerpo

Joseph Ratzinger no era un hombre de estadios. Su figura está asociada a la música, la teología y los libros. Y sin embargo, su pontificado dejó páginas valiosas sobre el deporte. En agosto de 2009, recibió en Castelgandolfo a una delegación de los Campeonatos Mundiales de Natación que se celebraban en Roma. Su discurso fue un acto de reconocimiento genuino:

«El deporte, practicado con pasión y atento sentido ético, especialmente por la juventud, se convierte en gimnasio de sana competición y perfeccionamiento físico, escuela de formación en los valores humanos y espirituales, medio privilegiado de crecimiento personal y de contacto con la sociedad».

Benedicto XVI apeló al asombro del salmista ante la grandeza del cuerpo humano –«apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor» (Sal 8)– para subrayar que admirar las hazañas deportivas es, en cierto modo, dar gracias a Dios por haberle dado al cuerpo tanta perfección. También recordó a san Pablo, quien utilizaba el deporte como metáfora de los grandes ideales éticos: la carrera, el combate, el premio que no se corrompe. Su mensaje a los deportistas fue sencillo y directo: «¡Sed campeones en el deporte y en la vida!».

Francisco: el hincha que sigue a San Lorenzo

Jorge Mario Bergoglio heredó de su padre la pasión por el San Lorenzo de Almagro, el club porteño fundado por un salesiano en 1908. Fue socio con el número 88.235. En los primeros días tras su elección en marzo de 2013, cuando un periodista argentino le pidió una bendición para el país, respondió espontáneamente: «Que gane San Lorenzo».

Pero Francisco también supo llevar esa pasión popular a un plano más hondo. El 13 de agosto de 2013, en un encuentro con las delegaciones de fútbol de Italia y Argentina, dijo a los jugadores: «Sois una referencia para tantos jóvenes y un modelo de valores encarnados en la vida». Y añadió, con una imagen que le salía de dentro:

«Os pido que recéis por mí, para que yo también, en el «campo» en que Dios me ha puesto, pueda jugar un partido honesto y valiente para el bien de todos nosotros».

El papa argentino entendía el fútbol como un idioma universal capaz de llegar donde a veces no llegan las palabras. Y alertó siempre contra sus perversiones: la violencia en los estadios, el dopaje, la mercantilización que destruye el espíritu del juego.

Durante el pontificado de Francisco, la Santa Sede dio un paso decisivo en su presencia institucional en el mundo del deporte con la creación de Athletica Vaticana, la asociación polisportiva oficial vaticana, inscrita en 2018 y activa desde el 1 de enero de 2019. Confiada al Dicasterio para la Cultura y la Educación, coordina distintas disciplinas —como atletismo, ciclismo, tenis, pádel, taekwondo, remo, baloncesto o natación— y promueve el deporte como espacio de fraternidad, inclusión, solidaridad y paz. Su equipo paralímpico, sus proyectos con personas vulnerables y sus iniciativas como “We Run Together” o el “Padel Autistic Tour” reflejan una visión muy cercana a Francisco: el deporte no solo como competición, sino como lenguaje de encuentro, testimonio cristiano y cuidado de los más frágiles.

León XIV: el deporte como escuela de la Trinidad

Robert Prevost, elegido papa el 8 de mayo de 2025 con el nombre de León XIV, aterrizó en el pontificado con el Mundial de fútbol 2026 ya en el horizonte. El 10 de junio de 2026, víspera del torneo, lanzó una frase que dio la vuelta al mundo: «Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, aún no ha entendido el juego».

Pero el acto más significativo fue el Jubileo del Deporte, celebrado en Roma los días 14 y 15 de junio de 2025, en el marco del Año Jubilar de la Esperanza. Miles de atletas peregrinos llegaron a la Basílica de San Pedro. En su homilía del 15 de junio, León XIV conectó deporte y teología con una audacia que recuerda a Juan Pablo II: «El deporte puede ayudarnos a encontrar a Dios Trinidad: porque requiere un movimiento del yo hacia el otro». Apoyándose en los Proverbios y en los Padres de la Iglesia, recordó que algunos teólogos antiguos hablaban de un Deus ludens, un Dios que juega, que se complace en la creación como en una danza (pericoresis) de amor recíproco. Y diagnosticó los males de nuestra época que el deporte puede contrarrestar: la soledad del individualismo, la desconexión del mundo digital, y la ilusión de invulnerabilidad que no soporta la derrota.

«El atleta que nunca se equivoca, que no pierde jamás, no existe. Los campeones no son máquinas infalibles, sino hombres y mujeres que, incluso cuando caen, encuentran el valor para levantarse».

León XIV también señaló a Pier Giorgio Frassati –beato, alpinista, futbolista y patrono de los deportistas– como modelo de integración entre fe y deporte, anunciando su canonización para el 7 de septiembre de 2025.

Una tradición viva

Lo que une a estos cuatro papas no es solo una afición compartida. Es una visión común: el cuerpo humano no es un obstáculo para lo espiritual, sino su morada. El deporte, cuando se practica con gratuidad, lealtad y respeto, no aleja de Dios; puede acercar a Él.

La Iglesia no ha mirado el deporte con distancia condescendiente. Lo ha tomado en serio como espacio educativo, como lenguaje de fraternidad y como reflejo –torpe pero real– de esa danza de amor que, según la fe cristiana, está en el origen de todo.

Como dijo León XIV en la Basílica de San Pedro: la victoria más grande es «la de la eternidad, el campo infinito donde el juego no tendrá fin y la alegría será plena».

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