Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Diez años de sacerdocio: la misión que transformó a fray Julián Vallejos

Ordenado sacerdote por el actual papa León XIV, fray Julián Vallejos recuerda diez años de ministerio y las lecciones aprendidas durante su misión en Cuba.
Fr-Julian-Página-Web-4

Hay experiencias que transforman la manera de comprender la vocación. Para fray Julián Vallejos Vásquez, agustino recoleto natural de Tacabamba, Chota (Perú), sus diez años de sacerdocio han estado marcados por encuentros, despedidas y una convicción que se ha fortalecido con el tiempo: la misión comienza por estar cerca de las personas.

Ordenado sacerdote el 8 de octubre de 2016, su camino lo ha llevado de Perú a Cuba y, más recientemente, a una nueva comunidad en Mar del Plata, Argentina. Al mirar hacia atrás, reconoce que las experiencias vividas han cambiado su manera de entender el ministerio sacerdotal.

Su vocación nació del deseo de vivir el ideal de las primeras comunidades cristianas, descrito en los Hechos de los Apóstoles (2,42-47). La vida fraterna, los bienes compartidos y la búsqueda de ser “una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios” fueron determinantes para ingresar en la Orden de Agustinos Recoletos.

Una ordenación marcada por la cercanía del futuro León XIV

Uno de los recuerdos más significativos de fray Julián se remonta al día de su ordenación sacerdotal, celebrada en 2016. Recibió el sacramento de manos de monseñor Robert Francis Prevost, entonces obispo de Chiclayo y hoy papa León XIV.

Al finalizar la celebración, ocurrió algo que todavía recuerda con emoción. Monseñor Prevost se arrodilló ante el nuevo sacerdote para pedirle su primera bendición.

Fray Julián reconoce que los nervios lo dejaron sin saber cómo reaccionar. Entonces, el obispo le dijo con sencillez: “Padre, deme su bendición”.

Aquel gesto quedó grabado en su memoria como una expresión de humildad y cercanía. No sería el único.

El 20 de septiembre de 2019, cuando falleció su madre, recibió un mensaje de monseñor Prevost. Aunque no habían compartido mucho tiempo, el entonces obispo quiso manifestarle su cercanía y ofrecerle palabras de ánimo en medio del dolor.

Años después, la elección de Robert Prevost como papa León XIV volvió a conectar ambos momentos.

Fray Julián se encontraba viajando hacia Chota, en Perú, cuando recibió la noticia. Durante parte del trayecto no había tenido cobertura telefónica. Al recuperar la señal, encontró numerosas llamadas de familiares y amigos que querían comunicarle la elección del nuevo pontífice.

Para el religioso, aquel acontecimiento fue también una ocasión para recordar la presencia de Dios a lo largo de su camino sacerdotal.

Siete años en Cuba: aprender a acompañar antes que contar

El deseo de ser misionero acompañaba a fray Julián desde su juventud. Aunque no había conocido personalmente a los primeros agustinos recoletos que trabajaron en su tierra natal, escuchaba hablar de ellos a través de sus padres y tíos, que eran catequistas.

En octubre de 2017 manifestó voluntariamente su disponibilidad para incorporarse a la misión de Cuba. La respuesta inicial fue que continuara trabajando donde se encontraba.

Dos años después, en mayo de 2019, recibió una nueva comunicación del Prior General. La posibilidad de viajar a Cuba se había abierto y fray Julián aceptó.

Su llegada supuso encontrarse con una realidad social y eclesial muy diferente de la que conocía en Perú.

La Iglesia católica era minoritaria y las condiciones de vida exigían aprender nuevas formas de desarrollar la pastoral. Poco después, la pandemia agravó las dificultades económicas y sociales que ya experimentaba la población.

La escasez de alimentos y medicamentos, las dificultades de transporte y la emigración de numerosas familias marcaron profundamente aquellos años.

Fray Julián recuerda una frase que escuchó durante su estancia y que terminó adquiriendo un significado especial:

“Gracias por venir a un país del cual todos se quieren ir”.

Detrás de esas palabras descubrió el valor que tenía para muchas personas la presencia de los religiosos. En medio de las dificultades, saber que alguien permanecía a su lado constituía una forma concreta de acompañamiento.

Esa experiencia modificó también su manera de evaluar los resultados pastorales.

En una ocasión recorrió 53 kilómetros para celebrar la Eucaristía y encontró solamente a dos personas. Al preguntar por los demás fieles, le explicaron que estaban haciendo fila para comprar pollo, un alimento que, en aquellas circunstancias, podía conseguirse únicamente en determinadas ocasiones.

Su primera reacción fue de incomprensión. Sin embargo, al conocer mejor la situación de las familias, entendió que aquella decisión respondía a una necesidad básica.

La experiencia le enseñó a mirar la realidad antes de juzgarla y a comprender que la misión no puede medirse únicamente por la cantidad de personas que participan en una actividad.

Con el tiempo, el acompañamiento espiritual se unió a iniciativas concretas de solidaridad. Junto con los fieles, las comunidades comenzaron a organizar almuerzos para personas en situación de vulnerabilidad.

En una de las parroquias se preparaban dos veces por semana y en otra, una vez por semana. Eran acciones sencillas que no resolvían todos los problemas, pero ofrecían ayuda y cercanía a quienes más lo necesitaban.

Una misión que continúa más allá de Cuba

Los siete años de misión dejaron en fray Julián recuerdos que van mucho más allá de las actividades pastorales.

Uno de ellos es el de Roberto, un fiel que había colaborado con los primeros agustinos recoletos llegados a Antilla. A pesar de padecer un cáncer terminal, mantuvo una actitud de fe y serenidad que impresionó al religioso.

Fray Julián recuerda haberle administrado la unción de los enfermos en el hospital. Rezaron juntos y compartieron incluso algunas bromas. Roberto falleció poco después.

Aquella experiencia le mostró una fe vivida con profundidad, de esas que, según reconoce, no se aprenden únicamente en los libros.

También recuerda la generosidad de un desconocido que, una noche, encontró averiado el vehículo de los religiosos y los remolcó hasta su comunidad en Banes. Sin pedir nada a cambio, aquel hombre les ofreció una lección de caridad expresada en hechos.

Junto a estos encuentros hubo momentos especialmente dolorosos, como la muerte de su madre, ocurrida poco después de su llegada a Cuba, y el fallecimiento de fray Joel Naranjo.

Las pérdidas, las despedidas y el sufrimiento de tantas familias fueron moldeando su manera de comprender la vida religiosa.

Al concluir su etapa en Cuba, fray Julián recibió un nuevo destino: Mar del Plata, Argentina. La noticia despertó sentimientos encontrados. Por una parte, la alegría de haber compartido siete años con las comunidades cubanas; por otra, la tristeza de despedirse de personas con las que había construido vínculos de fraternidad.

Sin embargo, asumió el cambio como una nueva oportunidad para vivir su disponibilidad misionera.

En Argentina comienza otra etapa, con el deseo de conocer la cultura y la historia de las personas a las que ahora acompañará.

Diez años después de su ordenación, reconoce que la misión le ha enseñado a escuchar con mayor paciencia, a ser más sensible ante el sufrimiento y a valorar la importancia de los pequeños gestos.

Si tuviera que dirigirse al joven que recibió la ordenación sacerdotal en 2016, le confirmaría que no se arrepiente de haber respondido a la llamada de Dios.

Y a quienes hoy se plantean la vocación religiosa les transmitiría una invitación nacida de su propia experiencia: no tener miedo de decir que sí.

Su camino sacerdotal continúa con la misma disposición que expresa al recordar estos diez años: seguir anunciando a Cristo allí donde sea enviado.

Compartir:

Entradas Relacionadas