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El lugar donde Dios transforma nuestra pobreza

Fray Luciano Audisio reflexiona sobre el Evangelio de la multiplicación de los panes, mostrando cómo Jesús convierte nuestra pobreza en abundancia cuando ponemos nuestra vida en sus manos. Una profunda meditación sobre la compasión, la Eucaristía y la confianza en Dios.
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En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a contemplar el relato de la multiplicación de los panes desde una perspectiva profundamente eucarística. Jesús no comienza el milagro multiplicando el pan, sino dejándose conmover por el sufrimiento de la multitud. En esta reflexión descubrimos que Dios no necesita nuestra abundancia, sino nuestra confianza: cuando ponemos en sus manos nuestra pobreza, Él la transforma en alimento para muchos.

La compasión de Cristo transforma nuestra mirada

Hay momentos en la vida en los que uno siente que ya no tiene nada más para dar. El cansancio se acumula, las preocupaciones pesan, las heridas no terminan de sanar y el corazón busca, aunque sea por un instante, un lugar donde descansar. El Evangelio de este domingo comienza precisamente así.

Jesús acaba de recibir la noticia de la muerte de Juan Bautista. No es una noticia cualquiera. Ha muerto el profeta que preparó su camino, la voz que había anunciado la llegada del Reino. Jesús busca un lugar apartado, un espacio de silencio para permanecer con el Padre.

Pero el descanso no llega. La multitud descubre hacia dónde se dirige y lo sigue. Es una escena profundamente humana. Jesús también conoce el cansancio, también necesita el silencio, también experimenta el dolor. Sin embargo, cuando levanta la mirada y contempla a la gente, no piensa en sí mismo. El evangelista dice simplemente que «se compadeció de ellos». Esa frase contiene el corazón de todo el relato.

La compasión de Jesús no es un sentimiento pasajero. No es lástima. Es la manera en que Dios mira al ser humano. Cristo no ve una multitud anónima; ve personas concretas. Ve el sufrimiento escondido de cada uno. Ve las heridas que nadie conoce, las preguntas que nadie responde, las esperanzas que parecen apagarse. Antes de multiplicar el pan, deja que el dolor de aquella gente entre en su propio corazón.

Quizá esa sea la primera invitación que el Evangelio nos dirige. Vivimos en un mundo saturado de imágenes y noticias. Cada día vemos guerras, pobreza, migraciones, violencia, familias rotas y personas que viven en la soledad. El peligro no es solamente que existan tantos sufrimientos; el verdadero peligro es acostumbrarnos a ellos. Poco a poco podemos dejar de mirar a las personas y comenzar a ver únicamente problemas, estadísticas o situaciones que ya no nos conmueven.

Jesús nunca perdió la capacidad de dejarse afectar por el dolor del otro. Esa es la diferencia entre la mirada de Dios y nuestra mirada. Los discípulos también contemplan la realidad, pero llegan a una conclusión distinta. La tarde cae, el lugar está desierto y la multitud tiene hambre. Su propuesta parece sensata: despedir a la gente para que cada uno busque algo que comer. Humanamente tienen razón. No cuentan con recursos suficientes y el problema parece demasiado grande.

¿Cuántas veces pensamos nosotros de la misma manera? Miramos el mundo y concluimos que poco podemos hacer. La pobreza nos supera. La violencia parece imparable. La indiferencia religiosa crece. Hay familias divididas, jóvenes sin esperanza, ancianos que viven solos. Entonces aparece la tentación de pensar que esos problemas pertenecen a otros o que nuestras fuerzas son demasiado pequeñas para cambiar algo.

Poner nuestra pobreza en las manos de Dios

Pero Jesús responde con una frase que sigue resonando en la Iglesia de todos los tiempos: «No necesitan irse; denles ustedes de comer». Es una respuesta desconcertante. Los discípulos no tienen casi nada. Apenas cinco panes y dos peces. Sin embargo, Jesús no les pide que tengan más. Les pide que le entreguen lo que ya poseen.

Aquí el Evangelio da un giro inesperado. Nosotros solemos pensar que Dios puede actuar cuando tenemos abundancia. Jesús demuestra exactamente lo contrario. El milagro comienza cuando los discípulos dejan de aferrarse a sus cinco panes y los ponen en sus manos. Mientras permanecen bajo su control representan escasez; cuando son entregados a Cristo se convierten en abundancia.

Esta es una de las grandes enseñanzas de la vida cristiana. Muchas veces esperamos tener más tiempo para servir, más capacidades para comprometernos, una fe más fuerte para responder al Señor. Y, mientras esperamos ese momento ideal, dejamos pasar la oportunidad de ofrecer lo poco que hoy somos.

Dios nunca ha necesitado personas perfectas. Nunca ha esperado que sus discípulos fueran autosuficientes. Lo único que les pide es confianza. La historia de la salvación está llena de hombres y mujeres que parecían insuficientes para la misión que recibieron. Y, sin embargo, en las manos de Dios, su pobreza se convirtió en fecundidad.

Después, Jesús realiza unos gestos que los primeros cristianos jamás olvidaron. Toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que volverá a realizar en la Última Cena. Mateo quiere que comprendamos que aquella comida en el desierto ya anticipa la Eucaristía.

Porque el verdadero milagro no consiste únicamente en que una multitud haya comido hasta saciarse. El verdadero milagro es que Dios ha querido quedarse para siempre como alimento de su pueblo. Cada vez que celebramos la Eucaristía volvemos a contemplar aquellos mismos gestos. Cristo sigue tomando el pan, bendiciéndolo, partiéndolo y entregándolo para alimentar la vida del mundo.

Hay un detalle que suele pasar desapercibido. Jesús no reparte el pan directamente a la multitud. Lo pone en manos de los discípulos, y son ellos quienes lo distribuyen. Así quiere actuar también hoy. La Iglesia no es la dueña del pan; es la servidora del Pan. Todo lo que recibe de Cristo está llamado a compartirlo. No puede guardarlo para sí.

La Eucaristía convierte el desierto en una mesa

Al final del relato todos quedan saciados y todavía sobran doce canastos. En Dios nunca existe la lógica de la escasez. Su amor siempre desborda. Cuando el ser humano calcula, Dios regala. Cuando nosotros vemos límites, Él abre caminos. Cuando pensamos que ya no queda nada por ofrecer, Él convierte nuestra pobreza en bendición para muchos.

Dentro de unos momentos nos acercaremos nuevamente al altar. No llegaremos con las manos llenas. Traeremos nuestras alegrías y también nuestros cansancios; nuestras fidelidades y nuestras incoherencias; nuestras ilusiones y nuestras heridas. Tal vez, como los discípulos, pensemos que es demasiado poco.

Pero el Evangelio nos recuerda que el Señor nunca nos ha pedido mucho. Solo nos pide que pongamos en sus manos lo que somos. Porque cuando la pobreza del hombre se encuentra con la misericordia de Dios, el desierto deja de ser un lugar de escasez y se convierte en una mesa donde todos pueden encontrar el Pan que da la vida.

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