Fray Alfonso Dávila, reflexiona sobre algo que sucede cada 22 de mayo, miles de personas acuden a Santa Rita con una rosa en las manos. El gesto parece sencillo, tradicional, pero en el fondo, el autor cree que busca algo más profundo: seguimos necesitando belleza para sobrevivir. En un mundo marcado por las heridas, el cansancio y la incertidumbre, la figura de Santa Rita recuerda que la vida está hecha de rosas y espinas; y que ambas forman parte inseparable de la existencia humana.
Rosas sí, espinas no
Nos gustan las rosas. Nos atrae su belleza, su perfume, la delicadeza de sus pétalos. Pero rechazamos las espinas. Nos incomodan, nos hieren, nos recuerdan que la belleza casi nunca llega sola. Y quizá ahí esté una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: queremos una vida hermosa, pero sin dolor; deseamos profundidad, pero evitamos cualquier herida.
Celebrar a Santa Rita es enfrentarse precisamente a esa paradoja. Porque su vida fue una mezcla inseparable de rosas y espinas. Fue esposa, madre, viuda y religiosa. Vivió todas las etapas de la existencia atravesada por el sufrimiento, pero sin dejar que el sufrimiento destruyera su humanidad.
Una vida marcada por el sufrimiento
Nació en Roccaporena, un pequeño pueblo italiano cercano a Casia, hacia 1380. A los 16 años se casó con Fernando Manzini y tuvo dos hijos. La violencia política de su tiempo terminó arrebatándole a su esposo, asesinado en medio de las luchas entre facciones. Y después llegó otro dolor todavía más profundo: descubrir que sus hijos querían vengar aquella muerte.
La tradición cuenta que Rita prefirió pedir a Dios que se los llevara antes que verlos convertidos en asesinos. Ambos murieron siendo jóvenes. Más tarde ingresó en el Monasterio Agustino de Santa María Magdalena de Casia, donde vivió cuarenta años entregada a la oración, a la vida común y al servicio silencioso.
No fue una mujer ajena al sufrimiento. Tampoco una mujer derrotada por él. Y quizá ahí radique la fuerza inmensa de su figura.
La belleza que puede salvarnos
Cada 22 de mayo, la Familia Agustiniana bendice rosas en la fiesta de Santa Rita. El gesto parece sencillo, mecánico, creo guarda uno de los deseos más profundos de los cristianos: seguimos creyendo que la Belleza puede salvarnos. Bendecimos rosas porque necesitamos recordar que el mundo todavía es capaz de florecer incluso en medio de las heridas.
Llevo semanas dándole vueltas a una idea que no deja de resonarme: quizá la gran tarea de los cristianos hoy sea mostrar la belleza. No únicamente los sacerdotes ni los agentes de pastoral. Todos. En una sociedad cansada, crispada y saturada de ruido, la fe solo será significativa si es capaz de revelar algo hermoso. Y no hablo de una belleza superficial o decorativa, sino de la belleza de la misericordia, de la ternura, del perdón, de la fidelidad, de la esperanza contra toda esperanza.
Victor Hugo escribió en Los miserables: “La belleza está en todas partes, solo necesitamos abrir los ojos y apreciarla”. Tal vez los santos hicieron precisamente eso: aprender a descubrir la belleza incluso donde parecía imposible encontrarla.
Las espinas también forman parte de la rosa
Santa Rita representa esa mirada. Su historia no niega el dolor ni lo convierte en un espectáculo romántico. Las espinas están ahí. Son reales. Hieren. Pero tampoco permite que el sufrimiento tenga la última palabra. Porque existe una forma de belleza que no desaparece con las heridas, sino que muchas veces nace precisamente de ellas.
Y eso nos cuesta entenderlo. Hemos reducido la belleza a lo perfecto, a lo exitoso, a lo agradable. Nos cuesta aceptar que también puede haber belleza en quien ha sufrido sin endurecerse, en quien conserva la capacidad de amar después de haber sido herido, en quien sigue creyendo en la bondad en medio de tanta oscuridad.
Por eso Santa Rita continúa siendo una de las santas más cercanas al pueblo. Porque representa la vida real. Una vida donde las rosas existen, sí, pero donde las espinas forman parte inseparable del tallo. Y quizá la madurez humana y espiritual consista precisamente en comprender que no hay que arrancar las espinas para reconocer la belleza de la rosa.



