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“Se dice que el misionero lleva a Cristo, pero no es verdad: Jesús ya está en la misión y es allí donde lo encuentras”

El agustino recoleto John Docherty (Dumbarton, Escocia, 1949) fue misionero en el Amazonas brasileño durante una década. Relata su experiencia en este Año Misionero y en el Centenario de esta misión amazónica de la Familia Agustino-Recoleta.
Misión de Lábrea, Amazonas, Brasil.

El 3 de diciembre, día del patrón de las Misiones, san Francisco Javier, existía en la casa de formación de los Agustinos Recoletos en Marcilla (Navarra, España) la tradición de que los religiosos que estudiaban el último año de Teología, poco antes de su ordenación sacerdotal, acudiesen al santuario y csatillo de Javier para recibir la Cruz Misionera.

En 1972 fue el agustino recoleto Martín Legarra, obispo de Bocas del Toro (Panamá), quien presidió la celebración; y yo uno de los que recibió la cruz. En una carta a mi madre adjunté una foto con la cruz colgada al cuello, y esta leyenda: al dorso “Recibí la cruz misionera. ¿Seré misionero? Solo el tiempo lo dirá”.

De adolescente me gustaba leer las historias de los hombres y mujeres que llevaron el nombre de Jesús y el evangelio a tierras lejanas, pescadores de hombres según el mandato de Jesús: “Remad mar adentro” (Lc 5,4-10). Y así, partían a nuevos mundos, a encontrarse con gente nueva, usar nuevos idiomas, participar de nuevas culturas.

En 1985 trabajaba en el norte de Londres, en Wembley, en la Parroquia de los Mártires Ingleses. Nos visitó el prior provincial y nos animó a hermanarnos con alguna misión de la Provincia en Brasil. Nos decidimos por Canutama (Amazonas, Brasil).

En 1988 la Provincia buscaba voluntarios para la Misión de Lábrea: “Interesante”, pensé. En diciembre asistí a una formación permanente en España y me encontré de modo fortuito en una escalera con el prior provincial. Espontáneamente le dije: “Estoy dispuesto para la misión, si así lo consideras”.

En noviembre de 1989, 17 años después de recibir la Cruz Misionera, pisé la Amazonia y sentí el calor y la humedad. No podía decir ni una palabra en portugués. El agustino recoleto Francisco Javier Hernández, que dos años después fue nombrado obispo de Tianguá (Ceará), me enseñó Manaos y me tranquilizó con su amabilidad y acogida.

Una experiencia esos días me hizo pensar mucho sobre el sacrificio, la entrega total, el amor al Pueblo, dar la vida por los demás. El 16 de noviembre un comando militar asesinó a seis jesuitas y a dos colaboradoras en El Salvador. En solidaridad, fuimos a celebrar una Eucaristía y mostrar nuestras condolencias a los Jesuitas de Manaos.

Tras las largas gestiones burocráticas para la residencia en Brasil, pude ir ya a la misión de Lábrea el 14 de diciembre de 1989. Como Dios llena la vida de sorpresas, allí me encontré con una enfermera de Liverpool y una podóloga de Edimburgo voluntarias en la atención a los hansenianos. ¡Podía tomar el té con ellas y conversar en nuestra lengua!

En febrero de 1991 fui a un curso junto a otros 45 nuevos misioneros en Brasil organizado por la Conferencia Episcopal Brasileña en el Centro de Formación Intercultural (CENFI) de Brasilia. Los recién llegados aprenden en ese lugar portugués, cultura, geografía, historia y actualidad del país y de la Iglesia en Brasil.

Cuando volví a Lábrea participé de dos “desobrigas”, los viajes pastorales en barco a las comunidades ribereñas. Abrí los ojos a su realidad, completamente nueva para mí. Ellos nos recibían siempre con los brazos abiertos, siempre agradecidos. La semilla que sembraron esas dos primeras “desobrigas” sigue dando frutos. Vi con mis propios ojos esa máxima agustiniana de que es mucho mejor necesitar poco que tener mucho.

Mi siguiente destino fue Tapauá. Me integré y conocí a la gente, compartí con ellos vida y misión. Me chocó la pobreza en todas sus dimensiones: la material y también la de oportunidades, de educación, el abandono a su suerte de la gente por parte de las autoridades. Viví la opción preferencial por los pobres de la Iglesia Latinoamericana.

En el centenario de la Familia Agustino-Recoleta en Lábrea vienen a mi mente los misioneros que hicieron allí a Cristo presente por el amor; y ese pueblo que con su fe sencilla y fuerte, con su acogida y su agradecimiento, lucha por preservar su dignidad.

Cuando llegué, en Tapauá había un solo pozo de agua potable. Envié un proyecto a la Scottish Catholic International Aid Fund (SCIAF) y pudimos hacer dos más.

El barco parroquial no estaba en buenas condiciones. Es donde vive el misionero e instrumento imprescindible para llegar a los más desfavorecidos. Dos parroquianos de Ivybridge (Devon, Inglaterra) que me habían prometido su ayuda cuando supieron que iba a las misiones nos proporcionaron el nuevo “Santa Rita” a través de su Fundación Van Neste Trust.

Acudí a muchas personas, parroquias, colegios e instituciones. Escribí en la revista The Word Among Us y lectores de Inglaterra, Irlanda, Australia y Estados Unidos nos apoyaron. La Providencia de Dios nunca cesa. Repartimos medicinas, materiales deportivos, comida… La Pastoral de la Infancia luchó contra la mortandad infantil…

En la misión todos se mostraban siempre agradecidos por nuestra presencia. Y viví eso que relata san Pablo en sus cartas sobre la generosidad de las Iglesias, la Catolicidad, los fieles abrazándose desde muy lejos… Nuestra riqueza es el amor que compartimos.

La misión me dio una nueva forma de ver la Iglesia y mi lugar en ella. En Brasilia nos dijeron: “Dejad vuestro equipaje en el aeropuerto. Encontraréis a Jesús en la gente a la que vais a servir. Dicen que el misionero lleva a Cristo a la gente, pero no es verdad: Jesús ya está allí. ¡Allí es donde lo encontraréis!”.

En junio del año 2000 regresé a Inglaterra. Me esforcé por seguir acompañando a la Misión de Lábrea y hablar a la gente sobre las misiones. Conseguimos recursos para un Centro Comunitario en Canutama y otros proyectos. Un día, una feligresa me dio un cheque de 10.000 libras “para los leprosos de Lábrea”. Cuando le pregunté por qué lo hacía, respondió: “Bueno, nos has hablado de sus necesidades y pienso que es solo un pequeño detalle para aliviar su dolor y darles algo de alegría”.

San Agustín escribió al abad Eudoxio: “No prefieras tu propio retiro a las necesidades de la Iglesia. El monasterio no es una escapatoria de tus responsabilidades, sino un lugar donde aprender a amar para luego servir a la Iglesia”. Ser agustino recoleto es ser misionero, como dicen las Constituciones en el número 285. Y un misionero recoleto, José Luis Villanueva (1938-2020) ya me dijo una vez: “Una vez que bebes el agua del Purús, siempre vuelves; quizá no en persona, pero sí en la mente y en el querer”.

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