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Luis Garayoa (1926-2004), el prior general de los Agustinos Recoletos que amó las misiones

Este 18 de octubre es el centenario del nacimiento del agustino recoleto José Luis Garayoa Macua. Lo celebramos recordando su tarea en la renovación posconciliar tras el Vaticano II y su profunda preocupación por las misiones, él que siempre quiso y nunca consiguió ser misionero “de vanguardia”, como él decía.
José Luis Garayoa Macua, OAR (1926-2004).

José Luis Garayoa Macua nació en Lodosa (Navarra, España) el 18 de octubre de 1926. Aunque a los diez años ingresó en los Terciarios Capuchinos de Pamplona, quería ser misionero y se cambió al Colegio San José de los Agustinos Recoletos en su villa natal.

En Monteagudo (Navarra) terminó el noviciado y profesó en 1942 y estudió filosofía. En 1945 se trasladó a Marcilla (Navarra) para estudiar teología, y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1949. Después se especializó en la Universidad Pontificia de Comillas en España y en la Universidad Gregoriana y el Angelicum en Roma.

Distinguido de buenas dotes intelectuales y artísticas, su Provincia parecía prepararlo para ser profesor en el Teologado de Marcilla, pero en 1952 su trayectoria sufrió un viraje al ser destinado a trabajar para la Congregación de Religiosos del Vaticano. Su disponibilidad, competencia y profesionalidad lo mantuvieron 16 años en el cargo. La confianza y familiaridad que transmitía “Luigi”, como se le conocía en Roma, no pasó desapercibida a cuantos acudían a la Congregación y resolvían sus cuestiones.

Entre 1959 y 1964 compaginó esta tarea con la formación de los estudiantes recoletos en el Colegio Internacional San Ildefonso de Roma y con responsabilidades dadas por su Orden, como formar parte del equipo redactor de las nuevas Constituciones.

En 1964 fue enviado a la Parroquia de Nuestra Señora de la Consolación en Tre Pini (Municipio IX, Roma), donde ejerció como párroco. Los fieles coinciden en señalar de esta época su cercanía, familiaridad, humildad y sencillez en el trato.

En 1968 los Agustinos Recoletos celebran Capítulo General en Roma. Garayoa ni siquiera participaba en él, pero es elegido prior general para el sexenio 1968-1974. Con sorpresa y esperanza, se esperaba que promoviese un clima más familiar en las relaciones intracomunitarias y diese respuesta equilibrada a tantos retos del momento, tensos y contrapuestos,. Con 42 años, Garayoa estaba en plenitud de fuerzas.

Dispuesto a implantar el espíritu del Vaticano II, buscó estimular la vida común y el apostolado, la unión y solidaridad entre las Provincias y entre todos los frailes. Pidió para ello la colaboración generosa, desinteresada y alegre de todos.

La Iglesia y la Vida consagrada estaban en una etapa “constituyente” llena de problemáticas complejas. Garayoa presidió hasta 194 reuniones del Consejo General, mantuvo relación estable y frecuente con los priores provinciales y visitó los conventos recoletos y los monasterios contemplativos femeninos.

Hablaba con llaneza y se mostraba dialogante; presidió mesas redondas para animar la participación y diseminar el espíritu conciliar; el 19 de marzo de 1969 promulgó las nuevas Constituciones, marco de vida realista y actualizado a los tiempos.

En los primeros años de la década de 1970 fue impulsor de las misiones y de la ayuda mutua de las Provincias. La misión de Lábrea, en el Amazonas brasileño, estaba en situación agónica y el Vaticano pedía explicaciones sobre su situación; también organizó la ayuda de las Provincias a las de Nuestra Señora de la Candelaria y de Santa Rita, en difícil situación de falta de personal cualificado para la formación.

Sus deseos de niño de ser misionero se materializaron en su ser agustino recoleto, y esta fue una idea clave de su personalidad. Siendo joven estudió a insignes misioneros recoletos, como Pedro Ramos (apóstol del Río Negro) o san Ezequiel Moreno, pero sus destinos en Roma diluyeron las expectativas de él mismo ir a una misión.

En sus alocuciones y escritos mostraba su “aplauso, simpatía y agradecimiento” a los misioneros, y animaba a todos a “sentir como propia la actividad misionera”. También manifestó su su sufrimiento al desconocer la suerte de los agustinos recoletos que quedaron en China tras la revolución maoísta y no descansó respecto a la misión brasileña de Lábrea hasta que dio por superada la crisis.

En 1971 escribe “El amor de Cristo nos ha reunido” y propone una evaluación realista a los religiosos y las comunidades sobre el trabajo en equipo, el apoyo mutuo, la promoción del carisma, las condiciones mínimas de la vida comunitaria; y en 1973 pone las bases del “curso de renovación” y la formación permanente. Por último, puso su atención en la formación inicial y en la puesta en marcha de los Secretariados generales y provinciales, creados por las nuevas Constituciones.

En el posconcilio las aguas no estaban sosegadas. Había reacciones de indiferencia, despreocupación, escepticismo o hasta desprecio. Garayoa busca que los Agustinos Recoletos sintiesen “con la Iglesia y con Cristo”. También fue promotor de acciones novedosas, como la puesta en marcha en Madrid de una casa destinada al estudio de la espiritualidad y el carisma de la Orden y los estudios agustinianos (1969).

Garayoa cuidó sobremanera sus relaciones epistolares durante toda su vida. Nunca dejó una sola carta sin respuesta, quería explicar las circunstancias y razones que le inducían a adoptar una u otra decisión.

Terminado su mandato de prior general en 1974, volvió a la parroquia de Tre Pini, donde permaneció hasta 1996. Participó al inicio en la actualización de los documentos identitarios de la Fraternidad Seglar. En su servicio pastoral los fieles describen su “gran bondad natural y profunda agudeza psicológica, su capacidad de comprender, intuir y con frecuencia resolver los problemas de quien se acercaba a él”.

En 1996, dado el deterioro de su salud, es enviado al convento noviciado de Monteagudo (Navarra), donde permaneció hasta su fallecimiento el 5 de marzo de 2004. Al fin de sus días quedó carente de aquello en lo que más había brillado, la inteligencia y la memoria, privado de consciencia, en un mundo interno misterioso sin comunicación. Aun entonces su presencia fue una bendición de Dios, pues de él dimanaba un halo de simplicidad, paz, bondad y calor humano para cuantos lo acompañaban en su camino final.

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