En el segundo libro de los Macabeos (1,18-22) hay una escena cargada de simbolismo: el fuego del altar, signo de la presencia de Dios y del culto verdadero, no desaparece durante la destrucción de Jerusalén, sino que es cuidadosamente ocultado. Años después, Nehemías quiere recuperarlo y lo que aparece no es fuego, sino una sustancia espesa, aparentemente sin vida. Cuando es expuesta al sol, se enciende con fuerza.
La interpretación de los exegetas dice que lo sagrado puede ocultarse, pero no extinguirse; puede transformarse, pero no perder su esencia. Dios, en el momento oportuno, devuelve su fuerza y su luz.
Durante el cambio del siglo XIX al XX, los Agustinos Recoletos vivieron uno de sus momentos más complejos. Solo 60 años antes casi habían desaparecido con las revoluciones liberales en Colombia y en España. Las misiones filipinas salvaron a la Recolección, pero esta tabla de salvación de 1835 también se hundió en 1898.
La Revolución filipina supuso el abandono forzado y violento de muchos proyectos de evangelización y desarrollo: el primer colegio para externos de la Orden, parroquias y misiones por todo el archipiélago, proyectos sociales y productivos, los bienes comunes con que se sufragaba la vida cotidiana… Todo desapareció abruptamente.
Hubo encarcelamientos y asesinatos de frailes, caravanas de misioneros buscando refugio, amontonamientos en los pocos conventos seguros. Pero, como en el texto bíblico, lo que se intuía como una extinción fue, en realidad, una etapa de ocultamiento y purificación. El fuego carismático —la vida interior, la comunidad, la misión— no desapareció, con creatividad se emprendieron nuevos caminos para resistir.
Se expandieron por España y América y desarrollaron una intensa labor pastoral, educativa y misionera. Más que una apertura geográfica, fue un reinicio espiritual y carismático. La tragedia desembocó en un Capítulo general (San Millán de la Cogolla, 1908) como momento de salvaguardar y afianzar la nueva Recolección.
El 129º Capítulo de la Provincia de San Nicolás de Tolentino celebrado en mayo puede situarse en esta misma lógica. Un Capítulo tiene un evidente componente administrativo y organizativo, pero lo fundamental es que se trata de un discernimiento comunitario sobre la fidelidad al Evangelio y al carisma propio.
Al igual que hizo Nehemías, el Capítulo propone volver a las fuentes, aunque parezcan ocultas o lejanas; invita a reconocer la acción de Dios, incluso ante pérdidas y duelos, desánimos o reconfiguraciones; y plantea cómo reacender la llama, quizá de formas nuevas o inesperadas.
Nuestro contexto eclesial y social es muy complejo. Conviven la secularización y un renacimiento de lo religioso lleno de dudas sobre su alcance y liderado por quienes quieren sacar partido de la fe para otros intereses; la vida consagrada no llama la atención de la mayoría de los jóvenes; y surgen nuevos desafíos pastorales y eclesiales.
En este contexto, el Capítulo ha sido un tiempo de renovación confiada, no basada tanto en estrategias humanas, cuanto en la certeza de que el fuego pertenece a Dios. Al igual que en esas épocas históricas descritas, nuestra transición podría ser una experiencia pascual de pérdida y despojamiento hacia una nueva fecundidad.
Contamos con otra ventaja, pues sabemos dónde está nuestro “fuego escondido”: en una vida comunitaria fiel y testimonial, en la misión compartida con los laicos, en la recuperación del espíritu de san Agustín para ser testigos, promotores y animadores de la búsqueda de Dios.
Aquella oración del segundo libro de los Macabeos puede ser hoy readaptada:
Señor, Dios de todos, creador y guía de tu pueblo:
Tú que permaneces fiel a través de la Historia
y no dejas que se apague el fuego de tu amor,
mira a esta Familia Agustino-Recoleta reunida en tu nombre.
Tú que acompañaste a nuestros hermanos en el desarraigo
e hiciste brotar nueva vida cuando todo parecía perdido,
vuelve a encender en nosotros tu fuego.
Reúnenos en la unidad, fortalece nuestra fraternidad,
haznos testigos fieles de tu presencia en medio del mundo.
Que sepamos custodiar el don recibido
y ofrecerlo con generosidad,
para que, allí donde nos envíes,
tu luz vuelva a brillar con fuerza.
Porque tú eres quien salva,
quien guía y quien renueva todas las cosas,
a ti la gloria por los siglos.
Amén.









