Los misioneros agustinos recoletos no solo acompañan la fe de los pueblos amazónicos a los que sirven, sino que, junto a toda la Iglesia, y en el marco de la Ecología Integral, buscan la protección de la Casa Común y la defensa de los pueblos originarios y ribereños de la Amazonia. Cualquier atentado a este bioma es también un atentado directo a la forma de vida de estos Pueblos.
Convertidos en escudos humanos y espirituales de la protección del pulmón del mundo, los misioneros agustinos recoletos trabajan junto a los agentes laicos especializados. En cuanto a los ribereños, es la CPT la que busca la defensa de sus derechos, mientras que para los pueblos originarios es el CIMI.
En ambos casos se defiende con fuerza un modelo de vida donde la naturaleza y la humanidad conviven sin dañarse. Indígenas y ribereños tienen los mismos objetivos: salvaguardar su forma de vida estrechamente unida a la propia selva; y también tienen los mismos enemigos: quienes, por avaricia, ven en la selva un objeto de enriquecimiento económico con la madera, la minería, la ganadería o la agricultura extensiva.
Francisco de Oliveira es el coordinador de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) de la Prelatura de Lábrea. Describe una realidad en la que el cuidado del entorno es inseparable de la justicia social:
“Los misioneros agustinos recoletos han sido los arquitectos de sindicatos y cooperativas, defendieron que la tierra no es una mercancía sino un hogar que debe ser garantizado legalmente para evitar su destrucción a manos del gran agronegocio y la deforestación indiscriminada.”
Para el ribereño, agricultor que aprovecha los ciclos húmedos y secos del clima amazónico para plantar en las playas, la selva no se tala, se habita con respeto: “Los pueblos tradicionales anhelan un modo de vida que respete la naturaleza, su modo de vida ancestral”. Sin selva, no habría pueblos ribereños.
En zonas donde el Estado y el Gobierno Federal son una sombra ausente, la Iglesia y los misioneros caminan junto a estos pueblos, reforzando la lucha por asegurar el usufructo de las tierras públicas, la defensa legal frente a los que incumplen las normas y la constitución de áreas de conservación y reservas sostenibles.
Por su parte, el CIMI se enfoca a la defensa de los pueblos originarios. Quéops Silva de Melo es el coordinador del CIMI en la Prelatura de Lábrea: “La labor misionera aquí es una batalla por la demarcación de las tierras indígenas: sin territorio, desaparece la cultura, la lengua y, finalmente, el ecosistema que sostiene la vida global”, indica.
A los problemas de explotación y robo de tierras por parte de quienes buscan explotar la selva, se añade la crisis climática, que en esta región se manifiesta en sequías extremas. Siendo el transporte fluvial es esencial, esto deja a comunidades enteras aisladas y desesperadas, sin víveres.
La Iglesia Católica y los misioneros participan en este defensa de la Amazonia y de sus gentes, como recuerda Quéops: “Cuidar de la familia también es cuidar del medio ambiente… Esa es su gran contribución para todo el planeta”.
Con cien años de presencia en la Amazonia, los Agustinos Recoletos y la Iglesia saben que evangelizar también implica el cuidado de la biodiversidad, esa Ecología integral que combate todo lo que rompa el código de convivencia entre plantas, animales y personas.
Misioneros, Prelatura de Lábrea, CIMI y CPT saben que el derecho de los pueblos a ser los soberanos de su entorno es el mejor modo de proteger la selva amazónica. En este día del Medio Ambiente, su defensa es un acto de amor a la Creación de Dios y un ánimo y agradecimiento para quienes mantienen viva esta catedral verde que permite al planeta seguir respirando y a los creyentes alabar a Dios por su grandeza.













