La parroquia Nuestra Señora de Buenavista celebró el Domingo Mundial de las Misiones poniendo el corazón en el Lar Santa Mónica, el hogar de los Agustinos Recoletos que acompaña a niñas víctimas de violencia sexual en Brasil. Una celebración marcada por la oración, el testimonio misionero y el compromiso de una comunidad que entiende que evangelizar también significa defender la dignidad humana.
Una iglesia llena de corazones ardientes por la misión. Así celebró la parroquia Nuestra Señora de Buenavista, de la Diócesis de Getafe, el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), en una jornada especialmente significativa por el centenario de esta celebración misionera. La comunidad parroquial volvió a demostrar que la misión no es una realidad lejana, reservada a quienes parten hacia otros países, sino una responsabilidad compartida que comienza en la vida cotidiana y se concreta en el compromiso con quienes más lo necesitan.
Este año, la mirada y el corazón de los feligreses estuvieron puestos en Fortaleza, Brasil, donde los Agustinos Recoletos desarrollan una de sus obras sociales más significativas: el Lar Santa Mónica, un hogar que ofrece protección, acompañamiento y nuevas oportunidades a niñas y adolescentes que han sufrido situaciones de violencia y vulneración de sus derechos.
Evangelizar es devolver la dignidad a las personas
La Eucaristía estuvo presidida por fray Alberto Moreno, agustino recoleto y antiguo director del Lar Santa Mónica, en su homilía habló sobre el sentido de la misión y la responsabilidad de los cristianos ante el sufrimiento humano.
Partiendo de la imagen de la moneda del Evangelio, el religioso recordó que cada persona lleva grabada en su interior la imagen de Dios y que toda la vida cristiana consiste en hacer que esa imagen resplandezca cada vez con mayor claridad.
“Pertenecemos a Dios y a los hermanos”, afirmó, invitando a los presentes a reconocer que la fe no puede quedar reducida a una experiencia individual o exclusivamente espiritual.
Fray Alberto recordó que el trabajo de los misioneros comprende tanto el anuncio de Jesucristo como la promoción integral de la persona humana. Por eso, defender los derechos fundamentales, trabajar por la educación o procurar que una familia tenga lo necesario para vivir no son actividades ajenas a la evangelización.
“Trabaja para mejorar la vida de las personas. La vida integral, no solamente la vida espiritual”, explicó al referirse a la tarea del misionero.
En este sentido, cuestionó la idea de que la Iglesia abandona su misión cuando denuncia situaciones de injusticia o reivindica los derechos de quienes sufren.
“Es devolverle a Dios la dignidad de esa persona humana que él ha creado”, señaló.
Y añadió que la promoción humana debe abarcar todas las dimensiones de la existencia, porque la misión cristiana no puede desentenderse de las condiciones concretas en las que viven las personas.
El Lar Santa Mónica: una misión que devuelve la infancia
Uno de los momentos más conmovedores de la homilía llegó cuando fray Alberto compartió la historia de una adolescente acogida recientemente en el Lar Santa Mónica.
Para proteger su identidad, la llamó Rapunzel. Su infancia estuvo marcada por el abandono, la explotación y distintas formas de violencia ejercidas por quienes deberían haberla protegido. Tras pasar por varios entornos familiares inseguros, los servicios sociales buscaron para ella un lugar donde pudiera vivir protegida y comenzar a reconstruir su historia.
Ese lugar fue el Lar Santa Mónica. A través de este testimonio, fray Alberto quiso mostrar el significado más profundo de la misión: ayudar a una persona a recuperar la confianza, descubrir su dignidad y volver a mirar el futuro con esperanza.
La adolescente, según relató el religioso, ha comenzado a experimentar una realidad que durante mucho tiempo le fue negada: la seguridad de saberse querida, respetada y acompañada.
“Juega en ese marco que le fue robado. Esa niña tiene todo lo que necesita para crecer”, expresó.
El antiguo director del centro recordó que la recuperación de estas niñas no es un proceso sencillo. Las experiencias traumáticas dejan heridas profundas que requieren tiempo, acompañamiento profesional, estabilidad y mucho cariño.
Sin embargo, el amor cotidiano, la atención personal y la experiencia de una comunidad que las acoge permiten abrir caminos de esperanza.
“El cariño, el amor, la fe por la que son tratadas hacen que poco a poco vayan superando esas dificultades”, señaló.
En Fortaleza, la misión adquiere así un rostro concreto: el de unas niñas que necesitan volver a sentirse seguras, recuperar su infancia y descubrir que su historia no está determinada únicamente por el sufrimiento que han vivido.
Una comunidad parroquial unida a la misión
La relación entre Nuestra Señora de Buenavista y el Lar Santa Mónica no se limita a una jornada del calendario misionero. Desde hace años, la comunidad parroquial mantiene un vínculo de cercanía y solidaridad con esta obra de los Agustinos Recoletos en Brasil.
Durante la homilía, fray Alberto agradeció especialmente el compromiso del grupo parroquial de ayuda a Fortaleza, que ha mantenido viva la sensibilidad misionera y ha contribuido a que las necesidades de las niñas acogidas en el hogar encuentren respuesta también desde España.
Una colaboración que demuestra que no es necesario viajar miles de kilómetros para participar activamente en la misión de la Iglesia.
La oración, la ayuda económica, la sensibilización y el testimonio personal son distintas formas de compartir la responsabilidad evangelizadora.
Fray Alberto insistió especialmente en esta última dimensión:
“Pero la mejor propaganda es el testimonio”.
Una afirmación que resonó como una invitación a hacer visible el Evangelio a través de la propia vida, sin separar la fe de las necesidades de quienes nos rodean.
«La esperanza de Santa Mónica», una historia compartida
Tras la celebración eucarística, estaba prevista la proyección del documental «La esperanza de Santa Mónica», del programa Pueblo de Dios, de Televisión Española. Aunque finalmente no fue posible visualizarlo, los asistentes tuvieron la oportunidad de escuchar los testimonios de dos de los profesionales de RTVE que participaron en su realización y que compartieron cómo aquella experiencia en Fortaleza había dejado una profunda huella en sus vidas.
El primero en intervenir fue el cámara que trabajó en el documental, quien describió su paso por el Lar Santa Mónica como una experiencia que le permitió abrir el corazón. Más allá de su trabajo detrás de la cámara, el encuentro con las niñas y con quienes las acompañan diariamente le hizo descubrir una realidad humana que trascendía cualquier reportaje.
Posteriormente, tomó la palabra el realizador de Pueblo de Dios, quien reconoció que, a pesar de su dilatada experiencia documentando situaciones de pobreza, sufrimiento y exclusión, lo vivido en el Lar Santa Mónica le había impresionado de una manera especial.
Los profesionales del programa están acostumbrados a encontrarse con realidades humanas complejas. Saben que detrás de cada historia hay sufrimiento y que su trabajo exige una preparación personal para acercarse a esas situaciones con sensibilidad y respeto. Sin embargo, el realizador explicó que, aunque conocían de antemano la realidad que iban a retratar, nada les había preparado suficientemente para el encuentro con las niñas.
Conocer sus historias, conversar con los trabajadores del hogar y descubrir las heridas que aquellas pequeñas llevaban consigo fue, en un primer momento, una experiencia especialmente dura. Pero, conforme avanzaron los días, aquella impresión inicial se fue transformando en algo completamente diferente.
El realizador lo describió con una expresión especialmente significativa: una “sobredosis de amor”.
Porque, ante tanto sufrimiento, descubrieron que la respuesta de quienes trabajan en el Lar Santa Mónica es precisamente esa: ofrecer una cantidad extraordinaria de amor. Un amor que se manifiesta en los pequeños gestos cotidianos, en la paciencia, en la escucha, en los cuidados y en la decisión de acompañar a cada niña durante el difícil proceso de reconstruir su vida.
Ambos profesionales de la comunicación, acostumbrados a observar la realidad a través del objetivo de una cámara, coincidieron en una misma conclusión: si hubiera que resumir su experiencia en el Lar Santa Mónica con una sola palabra, esa palabra sería amor.
Sus testimonios permitieron a la comunidad parroquial acercarse de una manera diferente a la misión que lleva años acompañando desde España. No pudieron ver las imágenes del documental, pero escucharon algo que ninguna cámara puede transmitir por completo: cómo el encuentro con aquellas niñas había transformado también a quienes acudieron a contar sus historias.
Así concluyó la celebración del centenario del Domingo Mundial de las Misiones en Nuestra Señora de Buenavista, una parroquia que ha hecho de su compromiso con Fortaleza una expresión concreta de su vocación evangelizadora.
Desde España hasta Brasil, la misión sigue tendiendo puentes de solidaridad y esperanza. Y en el Lar Santa Mónica, donde tantas niñas intentan recuperar la infancia que les fue arrebatada, ese amor del que hablaron los profesionales de RTVE se convierte cada día en una forma concreta de anunciar el Evangelio: cuidar, proteger y ayudar a que unas niñas puedan volver a ser niñas.





