Los 26 capitulares, reunidos en el Desierto de la Candelaria, comienzan una nueva página en la historia de su provincia. En la Eucaristía de apertura, el prior general los invitó a escuchar al Espíritu Santo, cuidar a los hermanos y preparar el futuro de las nuevas vocaciones.
El prior general presidió este 12 de octubre la Eucaristía de apertura del 82.º Capítulo Provincial de la Provincia Nuestra Señora de la Candelaria. La celebración comenzó a las 18:00 horas de Colombia en el Desierto de la Candelaria, donde están reunidos los 26 capitulares que participarán en el discernimiento sobre el futuro de la provincia.
En la misa del Espíritu Santo, el prior general situó la oración en el centro de los trabajos capitulares:
«Antes de hablar, invocamos. Antes de votar, rezamos. Antes de discutir lo que vamos a hacer, pedimos al Espíritu Santo que nos recuerde quiénes somos».
La invocación al Espíritu, explicó, expresa la necesidad de recibir de Dios la vida que sostiene a la comunidad. Por eso, recordó que «una Provincia no se salva a base de organigramas y que la vida no se fabrica en una sala capitular: se recibe».
Escuchar al Espíritu y preparar el futuro de las vocaciones
A partir de la asamblea de Jerusalén narrada en los Hechos de los Apóstoles, el prior general invitó a los capitulares a preguntarse qué desean entregar a quienes se incorporan a la vida religiosa. Reconoció como una bendición la presencia de jóvenes y vocaciones en la provincia, y planteó una pregunta sobre la responsabilidad de acompañarlos: «¿Qué yugo les vamos a poner? ¿Uno que les ayude a ser felices en esta vida, o uno que ni nosotros mismos hemos podido soportar?».
Su reflexión vinculó el futuro de esas vocaciones con la capacidad de distinguir lo indispensable y revisar las cargas que soportan los hermanos. «Pidamos al Espíritu la gracia de Jerusalén: la de saber qué es indispensable y no le tengamos miedo a la discusión, tengamos miedo a la falta de discernimiento», exhortó.
Para hacerlo, pidió una escucha que permita reconocer tanto las dificultades como la acción de Dios en la provincia. La asamblea capitular, señaló, necesita mirar los conflictos de frente sin perder de vista los signos de vida que ya existen: «Os pido eso para estos días: silencio para escucharnos, y ojos para ver a Dios trabajando también en nuestra fragilidad».
El prior general subrayó también la responsabilidad personal de quienes participan en las decisiones. «El Espíritu no reemplaza nuestra responsabilidad; la ilumina. Y nosotros no reemplazamos al Espíritu; le damos cuerpo».
Desde esa perspectiva, animó a preparar la vida comunitaria para los jóvenes que llaman a sus puertas: «Pero la tierra que el Espíritu repuebla hay que prepararla, como se prepara una casa para los que van a llegar: con espacio, con luz y con alegría. Ese es también el trabajo de este Capítulo».
Cuidar a los hermanos y volver a lo esencial
La fraternidad ocupó otro lugar central en la homilía. Al comentar el Evangelio de los discípulos reunidos con las puertas cerradas, el prior general advirtió que compartir un mismo techo no garantiza la comunión: «El miedo tiene esa capacidad: nos reúne, pero no nos une. Nos protege, pero no nos hace vivir».
Frente a los temores que pueden condicionar las decisiones, recordó el deseo de san Agustín de formar comunidades con Dios en el centro. Esa orientación se concreta también en el cuidado de los hermanos mayores, enfermos, cansados o heridos.
Al contemplar las llagas de Cristo resucitado, formuló una llamada directa a poner a las personas en el centro de la vida provincial:
«Un hermano herido no puede ser un número para completar una comunidad; es Cristo que se nos muestra y que pide ser cuidado».
El capítulo, añadió, ofrece una oportunidad para sanar las heridas de la convivencia y renovar los vínculos fraternos. «Un Capítulo es también un tiempo de misericordia. No se puede reestructurar una Provincia sin reconciliar a los hermanos».
En la parte final de su homilía, el prior general dirigió la mirada a Nuestra Señora de la Candelaria y a los orígenes de la provincia en el desierto de Ráquira. Evocando a Simeón y Ana, destacó la misión de los mayores de «reconocer lo que Dios está haciendo nacer y dejarlo crecer».
El lugar que acoge a los 26 capitulares se convirtió así en una invitación a recuperar las raíces de su vocación:
«Esta Provincia no nació en una gran obra, sino en un lugar de silencio, de pobreza y de oración». Y añadió: «A veces hay que volver al desierto para que vuelva a brotar el agua».
Con esta llamada a la oración, al discernimiento y al cuidado mutuo, comienza una nueva página en la historia de la Provincia Nuestra Señora de la Candelaria. El prior general concluyó confiando este camino a María y a san Agustín:
«Que Nuestra Señora de la Candelaria, que llevó en brazos la Luz, nos enseñe a llevarla en manos frágiles. Que nuestro Padre San Agustín nos devuelva el gozo de vivir juntos».






