Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

“Este es el Cordero de Dios”: del agua al Espíritu Santo

Comentario al evangelio dominical: “Este es el Cordero de Dios”. Del bautismo en agua a la inmersión en el Espíritu Santo y el perdón como don.
table-light-night-celebration-symbol-offering-1162487-pxhere.com

Después de celebrar el Bautismo del Señor, la liturgia nos conduce a profundizar en el misterio del bautismo como inmersión en el Espíritu Santo. En este comentario al evangelio dominical (Jn 1), fray Luciano Audisio nos invita a escuchar el testimonio de Juan el Bautista —“Este es el Cordero de Dios”— como una clave para comprender el perdón no como conquista, sino como don: ser sumergidos en la comunión misma de Dios.

Al día siguiente: la fe nace de la memoria del encuentro

Después de celebrar el Bautismo del Señor, la liturgia sigue llevándonos por el mismo camino: el del agua, el del bautismo, el de ir descubriendo poco a poco quién es Jesús. No se trata de repetir lo mismo, sino de ir más hondo. Porque el agua siempre ha sido signo de purificación, de vida nueva, de encuentro con Dios. Pero hoy el Evangelio nos invita a descubrir que ese bautismo en el agua nos abre a algo mucho más profundo: una verdadera inmersión en el Espíritu Santo.

El Evangelio según san Juan comienza este pasaje con una expresión que parece sencilla: “al día siguiente” (Τῇ ἐπαύριον). Pero en el cuarto Evangelio nada es casual. Ese “día después” no es solo una fecha en el calendario: es una clave espiritual. En cierto sentido, toda la fe se vive siempre “al día siguiente”, después de una experiencia de Dios. Toda la Escritura fue escrita “al día siguiente”, como memoria de un encuentro que en su momento muchas veces no se comprendió del todo. La experiencia de Dios suele desconcertarnos, incluso resultarnos oscura. Pero al volver sobre ella, al día siguiente, descubrimos que era el Señor quien estaba ahí, pasando por nuestra vida.

En ese “día después”, Juan ve venir a Jesús: «ve a Jesús que viene hacia él» (βλέπει τὸν Ἰησοῦν ἐρχόμενον πρὸς αὐτόν). Juan el Bautista no parece, a primera vista, alguien especialmente tierno. Su estilo es áspero, su palabra exigente, su vida radical. Y sin embargo, bajo esa apariencia dura se esconde una sensibilidad espiritual finísima, una capacidad extraordinaria para percibir el paso de Dios. No es casualidad que su nombre, יוֹחָנָן, signifique “Dios es ternura”. Juan es el hombre capaz de reconocer que Dios viene con una ternura infinita, y de señalarla donde nadie la esperaba.

“Este es el Cordero de Dios”: sacrificio, siervo y perdón

Y entonces pronuncia una frase decisiva: «Este es el Cordero de Dios» (Ἴδε ὁ ἀμνὸς τοῦ Θεοῦ). Es una expresión que repetimos en cada Eucaristía, quizá casi sin pensarla. Pero en ella se condensa toda la historia de la salvación. En arameo, la palabra ṭalyāh (ܛܠܝܐ) significa a la vez “cordero” y “siervo”. Al decir que Jesús es el Cordero de Dios, Juan está uniendo dos grandes corrientes del Antiguo Testamento: la del cordero sacrificado en el templo, ofrecido continuamente, y la del Siervo de YHWH que se entrega totalmente por su pueblo. Jesús es el sacrificio definitivo, el que se da a sí mismo y vuelve innecesarios todos los demás sacrificios.

Sabemos que “sacrificio” significa sanctum facere, “hacer sagrado”. El sacrificio no solo consagra la ofrenda, sino que santifica a quien la presenta. Por eso, en cada Eucaristía, cuando se nos da el Cordero de Dios, no asistimos a un rito exterior: somos santificados, introducidos en una relación viva con Dios. Jesús es el Cordero que nos hace sagrados, que nos devuelve a la comunión.

Pero, como hemos dicho ante, ṭalyāh significa también “siervo”. Y esto toca el corazón más profundo de Israel, porque todo el pueblo ha deseado ser siervo de Dios. En nuestra cultura, la palabra “siervo” suena negativa, como si implicara pérdida de dignidad. Sin embargo, en la Biblia servir es la forma más alta del amor. El amor no es solo sentimiento: es acción, entrega, servicio. Jesús es el Siervo de Dios porque es el Amor hecho vida. Él es lo que Israel quiso ser y no logró plenamente: el siervo que ama hasta el extremo.

Por eso el Evangelio añade: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (ὁ αἴρων τὴν ἁμαρτίαν τοῦ κόσμου). El verbo αἴρω no significa solo “quitar” en el sentido de eliminar, sino también “cargar sobre sí”. Jesús no elimina el pecado desde fuera: lo asume, lo carga, se solidariza con nuestra condición herida. Y aquí es importante comprender qué entiende la Biblia por pecado. El pecado no es simplemente infringir una norma; es, sobre todo, romper la relación con Dios, desviar la vida de su verdadero objetivo. Es poner la energía del corazón en un fin equivocado. El objetivo auténtico es el amor, es Dios mismo. El pecado consiste en sustituirlo por otra cosa, en dejar de amar, en dejar de servir, en ignorar o destruir la vida del otro.

Jesús, como Cordero de Dios, quita el pecado porque nos reorienta, nos devuelve la dirección perdida, nos permite volver a caminar hacia el amor. Él acorta la distancia entre Dios y nosotros, y restablece la relación rota.

Bautizados en el Espíritu: entrar en el abrazo de Dios

Juan dice también: «Yo bautizo con agua» (βαπτίζειν ἐν ὕδατι). El agua, en Israel, era signo de purificación y de camino. Las abluciones rituales ayudaban a tomar conciencia de la necesidad de volver a Dios. Pero Juan anuncia algo nuevo y definitivo: «Él bautizará en el Espíritu Santo» (ἐν πνεύματι ἁγίῳ). Ya no se trata de que nosotros intentemos purificarnos para alcanzar a Dios; es Dios mismo quien viene a nuestro encuentro. El perdón no se conquista: se recibe. Es un don.

Ser bautizados en el Espíritu Santo significa ser sumergidos en el abrazo infinito entre el Padre y el Hijo. El Espíritu es ese amor que los une, y entrar en Él es entrar en la comunión misma de Dios. Eso es el perdón de los pecados: no solo ser absueltos, sino ser abrazados, reintegrados, devueltos a la relación.

Desde entonces, el agua se convierte en signo de esta inmersión en el Espíritu. Cada vez que nos santiguamos con agua bendita recordamos que hemos sido sumergidos en ese amor, que vivimos sostenidos por ese abrazo. Y cada Eucaristía nos vuelve a colocar ante la misma pregunta: ¿puedo decir hoy, con verdad, “Este es el Cordero de Dios”? Solo quien ha experimentado ese encuentro, aunque haya sido pequeño y silencioso, puede reconocerlo. Y quien lo reconoce, vuelve a caminar.

Compartir:

Únete a nuestra newsletter