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Las Bienaventuranzas: El camino de Jesús hacia la verdadera felicidad

Una reflexión profunda en el Domingo IV del tiempo Ordinario sobre las Bienaventuranzas. Descubre el contraste entre la felicidad del mundo y la promesa de salvación de Jesús según el mensaje de Mons. Mario Alberto Molina, O.A.R.
Bienaventuranzas

Jesús enseñó el camino hacia Dios a través de sus milagros, de sus prédicas, de su muerte y de su resurrección; todo lo que Jesús hizo y dijo tenía el propósito de que conociéramos a Dios y conociéndolo alcanzáramos nuestra salvación. El evangelista san Mateo dice que Jesús transmitió sus enseñanzas de manera especial a través de cinco discursos que pronunció ante las multitudes que venían a escucharlo. El primero de esos discursos se llama “el sermón del monte”, porque Jesús lo pronunció desde la cima de un monte, quizá una colina Así como Dios había hablado desde el monte Sinaí en medio de truenos y relámpagos; así ahora Jesús sentado en otro monte explicaría con palabras humanas a quienes lo escuchaban cómo llegamos a ser ciudadanos del reino de los cielos.

Hoy hemos escuchado el inicio de ese sermón. Son las bienaventuranzas. Con esas bienaventuranzas Jesús quiere abrirnos los ojos para que aprendamos dónde está la verdadera felicidad. Estamos habituados a ver la vida con la mirada del mundo y a buscar la felicidad según el mundo. El mundo nos dice que lo que vale es el poder, la riqueza y la fama; la felicidad es el placer; lo que cuenta es hacer la propia voluntad e imponer el propio dominio sobre todos. Con distintas variantes y con distintos matices eso es lo que nos enseña el mundo y muchas veces esas son las metas que incluso padres católicos proponen a sus hijos. Tienes que llegar a ser alguien en la vida, y para eso es necesario que tengas dinero y que tengas poder. Y con frecuencia toda la vida se organiza para alcanzar dinero y poder más que con propósitos de servir. Ese no es el camino de la felicidad, dice Jesús.

Ese planteamiento está equivocado, porque Dios que nos creó, nos ha hecho de tal forma que alcanzamos la felicidad de otra manera. Lo importante es que tengamos a Dios como referencia suprema de nuestra vida; esa es nuestra felicidad. Eso implica entonces cumplir su voluntad y vivir de acuerdo con su verdad para ser parte de su reino. A diferencia y en contraste con el mundo que considera que el poder, la riqueza y el placer son las metas y el camino hacia la felicidad; Jesús dice que no, que según Dios y el evangelio, la verdadera felicidad es llegar a ser parte del reino de Dios y que, para lograrlo, hay actuar de un modo que contrasta con las recomendaciones del mundo. Jesús presentó esa enseñanza en una especie de poema muy bien estructurado.

Son nueve bienaventuranzas. La novena es la más dramática de todas. Jesús habla directamente a sus oyentes. Les dice que alcanzarán la felicidad y la dicha cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por mi causa. ¡Atención! No cualquier persecución o calumnia conduce a la felicidad según Dios, sino la persecución o calumnia por ser discípulos de Jesús, por creer en Dios, por buscar su reino: por causa mía. Y entonces explica: alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos. ¿Creemos eso? El premio y la felicidad están con Dios, en el cielo. ¿Estamos dispuestos a que se burlen de nosotros, a que nos aparten y desprecien por ser cristianos? ¿Llega hasta ese punto nuestro seguimiento a Jesús? Esa es la propuesta de vida que nos hace Jesús. Él no prometió a sus discípulos éxitos en este mundo, buen nombre, reputación, fama y prestigio. Dijo que el camino de la felicidad según Dios podía implicar la persecución de los hombres, porque somos creyentes en Jesucristo. Es como para pensarlo.

A la luz de esa sentencia final debemos entender las primeras ocho. En estas sentencias ya Jesús no se dirige directamente a los que tiene delante, sino que pronuncia principios o máximas en tercera persona; son declaraciones de la felicidad según Dios. Llama dichosas a las personas con ciertas cualidades o cierta manera de comportarse: Dichosos los pobres de espíritu; dichosos los misericordiosos; dichosos los que lloran; dichosos los sufridos. Algunas de estas afirmaciones desconciertan. ¿Cómo es posible que sean dichosos los que lloran o los sufridos? ¿Qué clase de llanto y qué clase de sufrimiento es ese que hace dichoso y feliz? Luego explica por qué son dichosas esas personas. En la primera y la octava sentencia repite: porque de ellos es el reino de los cielos. Esa es la clave para entender todo. ser consolado por Dios, heredar la tierra de Dios, quedar saciados por Dios, obtener la misericordia de Dios, ver a Dios, llamarse hijo de Dios, todo eso es ser parte del reino de los cielos. El reino de los cielos o reino de Dios es la vida a la luz de la verdad de Dios; es compartir la plenitud y la alegría de Dios. Eso comienza en esta vida, cuando nos convertimos a Dios y a Jesucristo, pero esa vida en Dios alcanza su plenitud después de la muerte. Es eso lo que debemos buscar primero y ante todo. Las metas de este mundo: tener una profesión y estudiar para alcanzarla es útil y bueno; tener un buen trabajo o una buena empresa para tener los ingresos que nos permitan sostener a la familia es una meta noble; gozar de buen nombre entre los vecinos y amigos es algo deseable. Pero ninguna de estas cosas puede ser la razón de nuestra vida. Nuestra meta solo puede ser Dios. Debemos poner las metas en este mundo en la perspectiva de alcanzar en el reino de Dios.

La cuarta y la octava bienaventuranza se parecen: dichosos los que tienen hambre y sed de justicia; dichosos los perseguidos por causa de la justicia. Nos dan otra clave para entender la enseñanza de Jesús. Ambas repiten la palabra justicia. ¿Qué justicia es esa? En la Biblia, la justicia es primero y ante todo la que Dios crea y la que Dios hace y con la que gobierna este mundo. Es la justicia que lleva a la salvación. Tener sed de justicia significa por lo tanto querer vivir para alcanzar la salvación de Dios; ser perseguido por causa de la justicia significa sufrir persecución por vivir según la voluntad de Dios. Esa es la enseñanza clave de las bienaventuranzas: será dichoso y feliz y alcanzará el reino de Dios quien vive según su voluntad para alcanzar la salvación. Alcanzan esa meta los pobres de espíritu, es decir, los que no confían en su de su poder o riqueza, sino que confían solo en Dios; son dichosos los que lloran, porque todavía están lejos de Dios; son felices los sufridos, que se esfuerzan y se convierten para ajustar su vida a la voluntad de Dios; son felices los que imitan a Dios y son misericordiosos con su prójimo; los limpios de corazón porque son honestos y transparentes en su conducta; también los que trabajan por la paz porque se esfuerzan en que la salvación y la paz de Dios lleguen a todas las personas.

 

Mons. Mario Alberto Molina, O.A.R.

Arzobispo emérito de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

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