En su comentario al Evangelio de este domingo, fray Luciano Audisio, OAR, nos invita a entrar en la mirada de Jesús sobre las multitudes. A través de una profunda reflexión bíblica y espiritual, muestra cómo la compasión de Cristo nace de una mirada que ama, reconoce las heridas humanas y descubre la acción silenciosa de Dios en cada persona. Una invitación a evangelizar no desde la estrategia, sino desde la gratuidad, la misericordia y la capacidad de ver como Jesús ve.
La mirada que nace del amor
El evangelio de este domingo nos permite entrar en el corazón mismo de Jesús. Todo comienza con una palabra sencilla pero decisiva: «viendo» (Ἰδών). Jesús mira a las multitudes. Pero no se trata de una mirada superficial ni distraída. Es la mirada de quien ama. Solo el amor es capaz de ver verdaderamente. Solo el amor puede atravesar las apariencias y alcanzar aquello que sucede en lo más profundo del corazón humano.
El evangelista nos dice que Jesús ve a las multitudes y se conmueve profundamente. Utiliza un verbo muy fuerte: «conmoverse en las entrañas» (σπλαγχνίζομαι). Jesús no observa el sufrimiento desde lejos. No permanece indiferente. Se deja afectar por él. El dolor de las personas entra en su propio corazón.
¿Y qué es lo que ve Jesús? Ve hombres y mujeres cansados y abatidos. Sin embargo, las palabras originales son todavía más intensas. Ve personas «desgarradas» (ἐσκυλμένοι), heridas por la vida, y «arrojadas» o «dispersas» (ἐρριμμένοι), como quien ha perdido un punto de referencia y ya no sabe hacia dónde dirigirse.
Quizás aquí encontramos una de las experiencias más características de nuestro tiempo. Se habla mucho del cansancio físico, del estrés o de la ansiedad. Pero existe también un cansancio más profundo: el cansancio del corazón. Es el agotamiento que aparece cuando uno vive sin un lugar donde descansar interiormente, cuando falta una relación de confianza capaz de sostener la vida.
El corazón humano fue creado para el amor. Fue creado para descansar en una relación donde pueda ser plenamente él mismo, sin máscaras ni defensas. Cuando esa experiencia falta, la vida se convierte en una lucha permanente por conquistar un lugar, por demostrar nuestro valor o por proteger nuestras seguridades. Y esa lucha termina agotándonos.
Jesús reconoce esta realidad y la describe con una imagen tomada de las Escrituras: «como ovejas que no tienen pastor» (ὡσεὶ πρόβατα μὴ ἔχοντα ποιμένα). Esta expresión aparece en momentos decisivos de la historia de Israel. Moisés la utiliza al final de su vida cuando pide a Dios un sucesor para que el pueblo no quede abandonado. Ese sucesor será Josué, «el Señor salva» (יְהוֹשֻׁעַ). También aparece en los profetas para describir el drama del exilio, cuando el pueblo se encuentra disperso, sin guía y sin esperanza.
El evangelista quiere que comprendamos algo muy importante: Jesús es el nuevo Josué. Él viene a reunir a los dispersos, a conducir nuevamente al pueblo y a inaugurar el gran regreso del exilio espiritual. Allí donde el ser humano experimenta desorientación, soledad o pérdida de sentido, Jesús se presenta como el pastor que reúne, guía y devuelve la esperanza.
La misión comienza cuando aprendemos a ver
Pero el evangelio da un paso más. Después de contemplar a la multitud, Jesús llama a los discípulos. Antes de enviarlos, los hace participar de su propia mirada. Esto es muy importante. La misión no nace de una estrategia ni de un proyecto humano. Nace de aprender a mirar como mira Cristo.
Por eso Jesús afirma: «La mies es mucha y los obreros pocos» (ὁ μὲν θερισμὸς πολύς, οἱ δὲ ἐργάται ὀλίγοι). A veces interpretamos estas palabras como una invitación a trabajar más. Sin embargo, el texto contiene una enseñanza mucho más profunda. Jesús no dice que haya que producir la cosecha. La cosecha ya existe. El Padre ya ha estado trabajando. La semilla ya ha crecido.
El evangelizador no está llamado a salvar el mundo. El Salvador es Dios. Tampoco está llamado a fabricar la fe en los demás. Está llamado a descubrir la acción de Dios que ya está presente en cada corazón.
Evangelizar significa reconocer que el Señor siempre nos precede. Significa descubrir que, incluso allí donde parece que no ocurre nada, Dios continúa trabajando silenciosamente. La misión comienza cuando aprendemos a contemplar esa obra escondida.
Por eso Jesús llama a los Doce y los envía. Y resulta significativo que les conceda autoridad para expulsar a los espíritus impuros. Muchas veces pensamos inmediatamente en los demonios. Sin embargo, una de las formas más sutiles de la acción del mal consiste en deformar el rostro de Dios en nuestro corazón.
Cada vez que imaginamos un Dios lejano, indiferente, castigador o incapaz de amarnos, aparece una imagen falsa que nos aleja de Él. La misión de los discípulos consiste precisamente en ayudar a las personas a descubrir el verdadero rostro del Padre revelado por Jesús: un Dios cercano, misericordioso y lleno de compasión.
Gratis lo recibieron, gratis den
Finalmente, el evangelio concluye con una frase que resume toda la lógica cristiana: «Gratis lo recibieron, gratis den» (δωρεὰν ἐλάβετε, δωρεὰν δότε). Todo en nuestra vida es don. La fe es un don. La misericordia es un don. El amor de Dios es un don. Nadie puede comprarlo ni merecerlo. Y precisamente porque todo lo hemos recibido gratuitamente, estamos llamados a dar gratuitamente. El cristiano no vive acumulando dones para sí mismo, sino convirtiéndose él mismo en don para los demás.
Quizás esta sea la invitación que hoy nos dirige el Señor: aprender a mirar con sus ojos, dejarnos conmover por lo que conmueve su corazón, descubrir la obra silenciosa de Dios en las personas y convertirnos, con sencillez y gratuidad, en instrumentos de su amor.
Porque el mundo no necesita solamente más palabras sobre Dios. Necesita hombres y mujeres que, habiendo experimentado la gratuidad de su amor, sean capaces de transparentarla con su propia vida.



