La Fundación San Ezequiel Moreno ha celebrado en Bogotá sus bodas de oro con una Eucaristía de acción de gracias en el templo de La Candelaria, lugar donde nació esta obra en 1976. Medio siglo después, la institución sigue siendo signo vivo del Evangelio en el cuidado de los enfermos de cáncer y sus familias, encarnando el carisma de la Familia Agustino Recoleta.
50 años de una obra que nació de la compasión
Hace cincuenta años, en el silencio orante de un Jueves Santo, Fray Sebastián López de Murga sintió una inspiración concreta: llevar consuelo a los enfermos de cáncer más pobres. Aquella intuición, sencilla y profundamente evangélica, se convirtió en una obra que hoy alcanza a miles de personas en Colombia.
La celebración del aniversario tuvo lugar en el mismo escenario donde comenzó todo: la iglesia de La Candelaria, en Bogotá. Allí, religiosos, religiosas, voluntarios, bienhechores y beneficiarios se reunieron para dar gracias por una historia tejida con gestos concretos de caridad.
“La primera palabra es gracias”
Durante la Eucaristía, presidida por monseñor Edwin Raúl Vanegas Cuervo, Obispo Auxiliar de Bogotá y Vicario de la Vida Consagrada, resonó con fuerza una palabra: gratitud.
“El primer sentimiento que brota del corazón es gracias. Gracias al Señor por tanto bien realizado en estos 50 años”, expresó el obispo, recordando que esta obra ha sido una respuesta fiel a la llamada de Cristo a cuidar “a los que no cuentan: los enfermos, los abandonados”.
En su homilía, subrayó que la Fundación hunde sus raíces en la vida de las primeras comunidades cristianas, reconocidas por su amor concreto a los más vulnerables. “Lo que quedaba de la mesa —decía— pertenecía al pobre”. Una lógica evangélica que hoy sigue viva en esta institución.
Ver a Cristo en el rostro del enfermo
Uno de los acentos más profundos de la celebración fue la mirada creyente sobre el sufrimiento.
Monseñor Vanegas recordó que quienes han pasado por la Fundación no solo han recibido ayuda, sino que han sido también maestros: “En muchos de nuestros hermanos enfermos hemos podido ver el rostro de Cristo”.
Esta experiencia —añadió— es la que ha permitido a la obra mantenerse firme a lo largo del tiempo, incluso en medio de dificultades: la certeza de que servir al enfermo es servir al mismo Jesús.
Una historia construida por muchos
El presidente de la Fundación, Ignacio Góngora, puso rostro concreto a estos 50 años: voluntarios, benefactores, trabajadores y familias que han hecho posible la misión.
Recordó los comienzos humildes, cuando el fundador visitó a una enferma acompañado por dos voluntarias, llevando “antes que nada consuelo y apoyo espiritual”.
Hoy, esa semilla ha crecido hasta atender mensualmente a más de 1.100 personas y sus familias en distintas ciudades del país.
“Todo ha sido posible gracias a la ayuda generosa y desinteresada de tantos”, afirmó, destacando que la identidad de la Fundación como obra de la Iglesia ha sido clave para su permanencia y crecimiento.
Una espiritualidad que sostiene la misión
La superiora general de las Hermanas Agustinas Recoletas de los Enfermos, sor Sofía López Acosta, recordó que esta obra nace del corazón espiritual de la Orden y del testimonio de San Ezequiel Moreno, quien vivió el cáncer con fe y entrega.
“La Fundación nació aquí, en este lugar santo, como una obra de amor y pan”, afirmó, subrayando la dimensión profundamente espiritual de esta misión.
También evocó a quienes estuvieron en los inicios y a quienes han mantenido viva la llama durante décadas, muchos de ellos en silencio, sin buscar reconocimiento.
Un jubileo que invita a renovar el compromiso
Como todo jubileo, esta celebración no mira solo al pasado. Es también una llamada a renovar la misión.
El vicario provincial, fray Juan Pablo Martínez, transmitió el mensaje del prior provincial, recordando que “han pasado 50 años, pero lo mejor está por venir”. Una afirmación que resume el espíritu de la jornada: memoria agradecida y esperanza activa.
En esta línea, monseñor Vanegas invitó a la Fundación a seguir saliendo a las “periferias existenciales”, allí donde el sufrimiento aísla y la esperanza se debilita, especialmente en el ámbito de la enfermedad.
Seguir siendo signo de misericordia
La celebración concluyó con una convicción compartida: la Fundación San Ezequiel Moreno no es solo una institución, sino un signo. Un signo creíble de que la caridad es posible, de que Dios sigue actuando a través de quienes se ponen al servicio de los más frágiles.
Cincuenta años después, aquella intuición nacida en la oración sigue dando fruto. Y la Iglesia, en Colombia, da gracias a Dios por una obra que continúa llevando amor y pan a quienes más lo necesitan.




















