El comentario al Evangelio de este domingo, escrito por fray Luciano Audisio, OAR, nos sitúa en uno de los momentos más íntimos del Evangelio de san Juan (Jn 14). En medio de la incertidumbre, Jesús pronuncia una palabra que atraviesa el tiempo: “No se turbe vuestro corazón”. Esta reflexión nos invita a redescubrir la fe como confianza, a reconocer a Cristo como camino vivo y a aprender a caminar con Él incluso cuando no vemos con claridad el horizonte.
“No se turbe vuestro corazón”: la fe como confianza en medio de la incertidumbre
Cristo, camino en la incertidumbre
En este domingo, la Palabra de Dios nos introduce en uno de los momentos más íntimos y conmovedores del Evangelio según Juan. Jesús habla a sus discípulos en la noche de la despedida. No les habla desde la tranquilidad de quien ignora el sufrimiento, sino desde la lucidez de quien sabe que la cruz está cerca. La traición ya ha comenzado, la confusión se respira en el ambiente, el miedo empieza a ocupar el corazón de los suyos. Y justamente en ese contexto Jesús pronuncia una palabra que atraviesa los siglos y llega también hasta nosotros: “No se turbe vuestro corazón”.
Qué actual suena esta frase. También nosotros vivimos con frecuencia con el corazón turbado. Se turba por las noticias inciertas, por los problemas familiares, por la salud, por la economía, por heridas antiguas que no terminan de cerrar, por decisiones que no sabemos cómo tomar. Se turba cuando el futuro parece oscuro y cuando sentimos que perdemos el control de aquello que habíamos planeado. Jesús no niega esa experiencia. No nos dice que no habrá motivos de angustia. Lo que nos dice es otra cosa: no dejen que la turbación gobierne el corazón. El miedo puede llamar a la puerta, pero no debe convertirse en dueño de la casa interior.
Por eso añade: “Creed en Dios y creed también en mí”. La fe aparece aquí no como una teoría religiosa ni como una idea abstracta, sino como una confianza concreta. Creer es apoyarse en Alguien cuando el suelo parece moverse. Creer es descubrir que, aunque no entendamos todo, no estamos solos. Muchas veces quisiéramos que Dios nos explicara cada paso del camino, que nos mostrara de antemano cómo terminarán las cosas, que nos asegurara que nada dolerá. Sin embargo, Jesús no ofrece un mapa detallado del futuro. Ofrece algo más grande: se ofrece a sí mismo.
“Yo soy el camino”: seguir a Cristo cuando no todo está claro
Cuando Tomás pregunta cómo conocer el camino, Jesús responde con una de las frases más densas del Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No dice: yo conozco el camino, ni yo enseño un camino, ni yo muestro un camino. Dice: “Yo soy”. El cristianismo no comienza con un conjunto de normas, sino con una persona. La fe no consiste primero en dominar ideas, sino en seguir a Cristo. El camino no es una ruta perfectamente iluminada, sino una presencia que acompaña.
Esto cambia profundamente nuestra vida espiritual. Muchas veces esperamos tener todo claro para empezar a caminar: cuando resuelva esto, cuando entienda aquello, cuando desaparezcan mis dudas, cuando tenga más fuerzas, entonces seguiré al Señor con decisión. Pero Jesús invierte esa lógica. Primero se camina con Él, y caminando con Él se va aclarando el horizonte. Primero se confía, y luego muchas cosas encuentran sentido. Primero se permanece, y después el corazón comprende.
Jesús habla también de la casa del Padre y de las muchas moradas. Es una imagen llena de consuelo. Nuestro destino no es el vacío, ni la nada, ni el absurdo. Nuestro destino es una casa. Y una casa no es solo un lugar: es pertenencia, descanso, comunión, acogida. Todos llevamos dentro la nostalgia de una casa definitiva, de un lugar donde ya no haya miedo ni desarraigo, donde no tengamos que defendernos, donde podamos ser plenamente nosotros mismos. Jesús nos dice que esa casa existe y que Él mismo la prepara para nosotros por medio de su Pascua, de su muerte y resurrección.
Ver al Padre en Cristo: la fe que se convierte en vida
Felipe, sin embargo, pide: “Muéstranos al Padre y nos basta”. Es también nuestra tentación. Queremos evidencias inmediatas, signos contundentes, certezas sin esfuerzo interior. Pero Jesús responde: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Es decir: si quieres saber cómo es Dios, mira a Cristo. Mira su misericordia con los pecadores, su cercanía a los pobres, su paciencia con los lentos para entender, su compasión ante el dolor, su firmeza ante la hipocresía, su entrega hasta el extremo. Allí está el rostro del Padre. Dios no es una idea fría ni una fuerza impersonal. Dios tiene el rostro de Jesús.
Y finalmente escuchamos una promesa sorprendente: “El que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores”. Esto significa que la obra de Cristo continúa en la historia a través de sus discípulos. Cada vez que alguien perdona, Cristo sigue actuando. Cada vez que alguien consuela a quien llora, Cristo sigue actuando. Cada vez que alguien sirve en silencio, cuida a un enfermo, levanta al caído, defiende al pequeño, trabaja por la justicia, Cristo sigue actuando. Nosotros somos llamados a ser las manos visibles de un Señor invisible.
Por eso, hermanos, este Evangelio nos invita hoy a tres decisiones concretas. Primero, entregar al Señor aquello que turba nuestro corazón. Segundo, dejar de exigir certezas totales para empezar a caminar en confianza. Tercero, comprender que la fe verdadera se vuelve obra, gesto, servicio, amor concreto.
Quizás seguimos teniendo preguntas. Quizás no vemos claro el camino completo. Quizás hay noches en las que todo parece incierto. Pero el consuelo del Evangelio es éste: no caminamos solos. El camino tiene rostro. El camino nos ama. El camino ya salió a nuestro encuentro. No tengamos miedo.

