Quiero animarte, con toda la energía que Dios me dé, a amar la paz y a pedírsela al Señor. Que la paz sea nuestra mejor amiga. Que en nuestro corazón encuentre un lugar seguro, sin dolores ni rencores. Que abrazarla sea algo dulce y su amistad, inseparable.
Es curioso, pero hablar bonito de la paz es más difícil que simplemente vivirla. Cuando intentamos describirla, buscamos palabras y nos esforzamos para expresarlo; pero si solo la vivimos, fluye sin esfuerzo.
A quienes no valoran la paz, más que reprocharles, hay que enseñarles con paciencia y con el ejemplo. Quien realmente ama la paz también ama a quienes no la entienden todavía. Es como con la luz: si la amas, no te enojas con los ciegos, sino que los comprendes y te gustaría ayudarlos. Si tienes paz, en lugar de enojarte con quienes no, siembra en ellos el deseo de conocerla.
Cuando compartes paz no pierdes nada. Es más, crece cuando más personas la tienen. No tiene límites. Cuanto más la expandimos, más fuerte se hace. Así que ámala, vívela y ayúdale a otros a encontrarla. No se llena ni se gasta: crece con cada persona que la hace suya.
Piensa en todas esas cosas que las personas desean con pasión: tierras, dinero, oro, lujo, honor, poder… No se poseen solo por amarlas, es posible amarlas y estar completamente vacío de ellas. Y cuando se obtienen, atormenta el miedo a perderlas.
Pero ama la paz, y solo con eso la tendrás. Es una cuestión del corazón. Y si quieres que otros se unan a ella, sé el primero en hacerla parte de tu vida y no la sueltes. Si brilla en ti, su luz enciende a los demás. Quienes aman la paz no se quedan con ella solo para ellos, buscan que más personas la tengan, pues cuantas más la posean, más grande es.
Si alguien no la acepta, insiste con paciencia. Al principio puede que la rechace, pero cuando finalmente la vea, le encantará. La paz es el don más preciado. Igual que la luz, la paz no se agota por tenerla mucha gente.
Hay quienes temen la paz porque no están acostumbrados a ella. Pero la paz no es como una fiera o un incendio que destruye, sino como la luz que guía. Si alguien tiene miedo de la paz, no lo juzgues, ayúdale a sanar con lo que esté en tus manos, con la fuerza que Dios te dé.
Al cegado por la ira o el orgullo, en lugar de discutir con él, muéstrale paciencia y calma para sanar heridas. No se trata de pelear con broncas que solo provocan más líos. Si te insulta, haz como si nada, no te enfrentes: esa persona está herida y necesita ayuda, no más peleas. Responde con tranquilidad en lugar de devolver golpe por golpe.
Al quedarte al margen, ayudas más de lo que crees. Evita discusiones y enfócate en la oración. Pide a Dios por quien te insulta. No gastes palabras en discusiones inútiles, mejor háblale a Dios en el silencio de tu corazón.
Si alguien quiere pelear contigo, respóndele con calma: “Di lo que quieras, aunque me odies, sigues siendo mi hermano”. Puede que él no lo entienda y te diga: “¿Cómo voy a ser tu hermano si somos enemigos?”. Pero la verdad es que lo es, aunque no lo vea. Tú no te guíes por sus palabras llenas de odio, sino por la luz de la verdad.
“Digan a los que los odian y los desprecian: somos hermanos” (Is 66,5). Aunque suene raro, así es. ¿Qué mérito tiene decírselo a quienes te aman? Así honras el nombre de Dios. Tal vez al final, al ver tu paciencia y amor, hasta se avergüence de su actitud. Decir “eres mi hermano” le ayuda a ver que, a pesar de todo, somos hijos del mismo Dios.
Todo esto debes decirlo con pasión, pero con calma. Habla con amor, no con ganas de pelear. Y a la vez, supliquemos todos a Dios. Nuestros hermanos necesitan sanación, y no somos nosotros los médicos, sino Dios. Lo mejor que podemos hacer es presentárselos a Él con humildad, orando y ayudándolos con amor.
Mostremos caridad con generosidad: ayudemos a los necesitados, practiquemos la hospitalidad. Ahora es el momento perfecto para compartir. No te aferres a lo que tienes, porque lo único seguro es lo que depositas en el cielo. Ahí nadie lo puede robar. No tengas miedo de dar, porque Dios no solo te lo devolverá, sino que lo multiplicará. Confía en Él.



