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Ver con la luz de Jesús: el signo que sana la ceguera del corazón

Fr. Luis Rosales nos comparte su reflexión sobre el signo de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-41). Un relato que nos conduce a una pregunta decisiva: ¿basta tener los ojos abiertos para ver… o necesitamos la luz de Jesús para comprender la obra de Dios?
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Un signo que revela: no basta el milagro, hace falta la luz

Nos encontramos con la narración de uno de los 7 signos del Evangelio de san Juan, la curación de un ciego de nacimiento; y si bien podríamos llamarlo “milagro,” como tantas otras narraciones de ciegos que son curados en los demás Evangelios, la particularidad de éste nos invita a profundizar en él al estilo de un signo; porque descubrimos en esta acción un mayor significado, porque este hecho parece albergar un mensaje que tiene que ver con nuestras vidas. Atendamos a este evento que nos narra el Evangelio de san Juan y dejemos que la luz de Jesús ofrecida en él sane nuestra ceguera; pues, debemos saber que aún siendo testigos oculares de algún signo, sin la luz de Jesús, se nos dificulta ver la realidad más genuina de éste; y es que nuestra visión, aunque llevemos abiertos los ojos desde que nacemos, no logra ver en lo profundo de algunas realidades si no entramos en el dinamismo de la manifestación de la obra de Dios. Que aprendamos a saber que Dios se nos puede manifestar en signos, pero ¡Tenemos que tener su luz para verlo! Que mediante este episodio del Evangelio podamos conocer más de Jesús, luz del mundo, que ha venido a dar visión a los que no ven.

De “hablar de pecado” a reconocer la obra de Dios

Al comienzo de este episodio Jesús pasa y en su recorrido ve a un ciego de nacimiento, Él no es el único que ve al ciego, los discípulos lo ven también; pero donde ellos ven la oportunidad de hablar de pecado, Jesús ve la oportunidad de hablar de manifestación de la obra de Dios. ¡Cuánta diferencia de enfoque en una misma realidad! Seguido esto, Jesús hace barro con saliva, se la unta en los ojos al ciego y le dice que se lave; el ciego de nacimiento hace justo lo que le dice Jesús y al volver, aunque vuelve con vista, no ve a Jesús por ningún lado, no se encuentra con Él. Y aquí comienza una serie de comparecencias para el hombre que recién estrena sus ojos; al hombre se le pone a prueba su conocimiento, le preguntan: quién es él, qué le ha ocurrido, quién es y dónde está el que le ha abierto los ojos, y el hombre va respondiendo parcialmente; sin embargo, a medida que avanza el proceso el hombre va reconociendo la manifestación de la obra de Dios en él. Más aún, este hombre a quien le habían puesto barro, se lava y ahora ve; deja de mencionarles a los que le interrogan los hechos tal cual pasaron, ¡hechos que se pueden ver pero que carecen de significado para ellos!; este hombre a quien catalogaban a partir del pecado desde su nacimiento, ahora se enfrenta a los que le piden explicaciones y es capaz de darles lecciones acerca del poder de Dios; este hombre es, prácticamente, un hombre nuevo, pero los fariseos y judíos que están allí no lo ven así y por eso lo expulsan y rechazan. ¡No ven más allá de lo que su visión siempre les ha presentado!

Padres con temor, hijo con valentía: la fe que aprende a ver

En esta sección del Evangelio, también, llama la atención la actitud que toman los padres del antiguo ciego en contraste a la actitud que toma su propio hijo al ser interrogado por los judíos; y es que ya entonces, como ahora, el estar en relación con Jesús puede representar nadar contracorriente, pero he allí que debemos dejar que la luz de Jesús nos dé la visión y enfrentarnos ante cualquier tiniebla; sólo entonces conseguimos dar el paso y ver verdaderamente a Jesús, como ocurre en lo sucesivo del episodio; pues, Jesús se vuelve a encontrar con este hombre y esta vez entabla un diálogo con él. Y si bien en su momento, Jesús contactó con él principalmente mediante una serie de gestos, ya aquí lo hace más directamente, en este punto ambos se ven y la relación entre este hombre y Jesús se transforma. Ahora ésta es una relacion de confianza y mutua recepción; a partir de ahora este hombre, antes ciego de nacimiento, no sólo será capaz de ver a Jesús, sino que también mediante esta visión cree en Él. Ahora, ¡Más allá de tener los ojos abiertos¡, es la fe lo que le permite a este hombre ver una nueva luz que le ha transformado todo su mundo, luz renovadora, luz que triunfa ante las aclaraciones.

 

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