El drama de la muerte y la promesa de una vida más fuerte
Pocos episodios del Evangelio podrían estar cargados de tanto drama como éste donde se nos narra la muerte de Lázaro; y es que, al fin de cuentas, la experiencia de la muerte se presenta como un drama en la vida de todos, sucede con Jesús en el mismo episodio, donde se conmueve hasta el llanto, y sucede con nosotros, basta con traer a nuestra mente la pérdida de algún ser querido; ¡la muerte nos genera conflicto!, ¡la muerte nos desespera!, ¡la muerte nos siembra en el corazón que la vida carece de todo sentido! Pero, he aquí, que encontramos lo novedoso y revelador de esta narración del Evangelio si nos sumergimos realmente en él, la muerte no tiene la última palabra; aunque la experiencia de ésta sea inevitable, podemos confiar en un Jesús cercano que irá a la casa de su amigo al que ama y transformará en vida cualquier experiencia de muerte. Que podamos entrar en este drama que nos trae el Evangelio y salir robustecidos en la fe y en la esperanza; que a partir de esta narración que nos trae vida, no nos quedemos en la certeza de una muerte irremediable, sino que se instaure en nuestro corazón la cercanía de un Dios que es capaz de llorarnos en el sepulcro y que es capaz de sacarnos de él para vivir en su presencia.
Judea, peligro y decisión: Jesús mira más allá del poder de la muerte
A estas alturas del Evangelio, parece que el territorio de Judea resultaba peligroso para Jesús, y es que después de varios conflictos previos, los judíos ya habían intentado apedrear a Jesús; esto lo sabían los discípulos y por eso, al comienzo de este episodio, se sorprenden que éste quiera volver allí. Al mismo tiempo, Lázaro está con una enfermedad de peligro de muerte, por eso sus hermanas mandan a llamar a Jesús. Con este contexto, la intención del autor del Evangelio se deja ver: la muerte acecha y tarde o temprano da su zarpazo. Ésta es una realidad que Jesús conoce e, incluso, llega a sufrir; sin embargo, Jesús no se queda pasmado ante tal situación; Éste es capaz de ver más allá del aparente poderío de la muerte, ¡es capaz de ir más allá!; y esto lo descubrimos en su actitud agradecida ante el Padre que, antes de cuestionar, demuestra confianza. Allí en Betania Jesús agradece al padre en medio de su pérdida y en esa actitud, tan difícil de entender, plantea para nosotros la resurrección; y ¡todos nuestros paradigmas se transforman!, porque nos plantea algo insospechado, trae ante nosotros una salvación más allá de cualquiera de nuestros límites; Jesús nos transmite que si creemos en Él verdaderamente podemos trascender más allá del fracaso de una vida instalada en la muerte.
Nuestros sepulcros cotidianos: escuchar “¡Sal de ahí!” y mover la losa
Y hay que ver cómo la muerte parece ganarnos la batalla en nuestras vidas en muchas oportunidades; cuando vivimos resignados en la frustración y el desespero de no tener la vida que queremos, cuando no sabemos llevar las circunstancias de sufrimiento y no las aceptamos, cuando sencillamente nos dedicamos a sobrevivir en un mundo que nos quiere ver en el sepulcro. Por eso, dejemos que el ejemplo de la vida de Jesús y su Palabra resuene en los sepulcros donde tantas veces estamos instalados: “¡Sal de ahí!” Hagamos nuestras las palabras de Marta y María y reconozcamos la inmensa falta que nos hace el Señor para vivir en muchas circunstancias de nuestras vidas: “¡Si hubieras estado aquí!” Descubramos que Jesús, en gestos tan humanos como el agradecimiento y el conmoverse, nos eleva más allá de nuestra condición, nos pide remover la losa que nos impide vivir y que salgamos del sepulcro; así, para que aunque hayamos muerto, ¡vivamos!, y si estamos con vida, ¡no muramos para siempre!, pero tenemos que confiar en Jesús. Que la fe nos siga guiando en el encuentro con Jesús, así, continuaremos viendo su obra en nosotros y en los demás; que la experiencia con Jesús nos siga transformando para tener vida en abundancia.


