La Orden de Agustinos Recoletos celebró con gozo la ordenación sacerdotal de Fray Carlos Jesús Riera Figueroa, realizada el 6 de diciembre en la ciudad de Barquisimeto (estado Lara, Venezuela), en el marco de la conmemoración de los 437 años de la Recolección Agustiniana.
La Eucaristía estuvo presidida por Mons. Carlos Curiel, obispo de Carora —tierra natal del nuevo sacerdote—, quien confirió la ordenación mediante la imposición de manos y la oración consecratoria, gesto central que introduce al orden presbiteral y que expresa la continuidad apostólica de la Iglesia.
Un sí que nace de la gracia y la fidelidad
Para Fray Carlos, llegar a este momento significa “reafirmar mi vocación y mi compromiso con la Iglesia, con Dios y con el pueblo que el Señor me confía”. Lo vive como un don inmerecido y, al mismo tiempo, como una misión recibida: “Es la gracia de Dios la que actúa en nuestra vida para poder llevar a cabo esta linda misión”.
El nuevo sacerdote describe su camino como una travesía marcada por la perseverancia y la oración. En sus palabras, ha sido un proceso sostenido por la fidelidad cotidiana: “La oración es la que nos sostiene para seguir caminando hacia donde Dios nos llama cada día”.
Entre las experiencias más significativas de su formación, recuerda especialmente su noviciado en Monteagudo (España), donde la diversidad cultural y comunitaria le enseñó el corazón universal de la vida religiosa: “Ser agustino recoleto va más allá de una cultura o de una vicaría. Es vivir la vida comunitaria donde Dios nos pone y donde nos necesita”.
El sacerdocio desde el carisma agustino recoleto
Fray Carlos entiende su ministerio como una prolongación del sí que dio al abrazar la vida consagrada: “El sacerdocio es ese plus que te configura más a Cristo para pastorear el rebaño que se te confía”. Desde esta clave, asume la misión de ser puente para la gracia: “Que esa gracia sacramental pueda ser compartida y derramada en el pueblo que Él nos confía”.
En este paso reconoce especialmente dos rasgos de san Agustín: la humildad y la confianza radical en Dios. “Dame lo que mandas y manda lo que quieras”, cita. “Nada podría vivirlo sin la gracia de Dios. Me ordeno no por ser digno, sino porque Él me llamó; en ese llamado descubro mi descanso y mi fuerza”.

Un sacerdote para abrir puertas y sembrar esperanza
El nuevo presbítero expresa con claridad su deseo pastoral: “Transmitir que Dios no es una idea abstracta, sino una presencia viva que sana, acompaña y transforma”. Sueña con ser un sacerdote que abra puertas, cure heridas y recuerde a cada persona el valor infinito de su vida.
Su petición al iniciar este ministerio es sencilla y profunda: “Fidelidad, no una fidelidad rígida, sino enamorada. Que nunca me deje acostumbrar a la gracia”.
A los jóvenes con inquietud vocacional les dirige una invitación valiente y luminosa: “No tengan miedo. Dios nunca llama para quitar, sino para plenificar. La vocación no es una renuncia, es una revelación”. Los anima a no apagar la inquietud, a dejarse acompañar y a dejarse mirar por Cristo: “Cuando uno se atreve a decir sí, incluso temblando, comienza la verdadera aventura”.




