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La Transfiguración: cuando la luz se vuelve voz

Fr. Luis Rosales nos comparte su reflexión sobre el Evangelio de la Transfiguración del Señor (Mt 17, 1-9). Un texto que invita a ir más allá del simple deslumbramiento y a descubrir, en la voz del Padre y el gesto de Jesús, una experiencia que revela, consuela y levanta. En la Transfiguración no basta el brillo: Dios habla y Jesús toca. Un comentario para pasar del deslumbramiento a la escucha que salva.
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Cuando el “deslumbramiento” se queda corto

Resulta interesante el proceso de cómo se ha ido asimilando este episodio del Evangelio de la “Transfiguración” en nuestro imaginario colectivo; y es que, una escena como ésta cargada de tanto sentido revelador, muchas veces se nos representa y la entendemos al modo de un deslumbramiento que, aunque, sea espectacular, termina siendo algo pasajero; esto, de algún modo, termina convirtiendo el episodio en algo no tan revelador. Pero, he aquí, que resulta interesante plantearse en serio si el hecho de que Jesús nos deslumbre ¿verdaderamente nos comunica algo de su persona, de su misterio? Después de todo, al ver la luz y el brillo casi instintivamente reaccionamos y nos sentimos atraídos ¡qué bien se está allí! pero, tal vez, en el caso de este episodio, nos sea mejor profundizar más en la experiencia que nos narra el texto.

La prisa de Pedro y la tentación de “poner nuestra voz”

Jesús, en el primer momento del episodio, aparece con gestos que manifiestan su gloria divina: con rostro resplandeciente, vestidos blancos como la luz y conversando con Moisés y Elías; por otra parte, a Pedro, a Santiago y a Juan, con quienes ha subido al monte a ese punto, no les dirige palabra alguna por el momento, de ellos sólo se deja ver; entre tanto, es Pedro quien toma la palabra ante tal situación y se dirige a Jesús para expresarle lo bien que está. Pero, aquí, conviene profundizar en la actitud de Pedro que, aunque, receptiva y acogedora, no deja de ser precipitada y quizás fuera de lugar. Y no se trata de que al pobre de Pedro siempre se le tilde de impulsivo, el hecho aquí es de otra naturaleza; esta acción de Pedro nos permite descubrir una actitud muy humana que solemos llevar a cabo cuando percibimos manifestaciones divinas; y es que, ante un episodio de esta índole, queremos anteponer nuestro pronunciamiento ¡mi voz debe manifestarse también!; nos deleitamos y maravillamos de gestos tan sublimes que nos hablan de gloria, pero en verdad no hemos entrado a tal realidad; como los tres discípulos, no hemos oido nada divino todavía y, aunque vemos algo que sobrepasa nuestra humana condición, nos pronunciamos y queremos tener la última palabra, o, a veces, la única; consiguiendo así quedarnos en nosotros mismos. Tal vez, sin advertirlo mucho, toda esta experiencia de la “Transfiguración” queda reducida al renglón de nuestros esquemas, dejando perder lo que Dios nos quiere revelar realmente.

La voz que descoloca y el Jesús que toca

Sin embargo, la voz de Dios, aunque todavía estemos hablando nosotros, se deja escuchar más allá de nuestros pronunciamientos; una voz potente, que nos descoloca; una voz al más puro estilo del salmo 29: ¡derriba los cedros del Líbano! ¡lanza llamas de fuego! ¡sacude los montes!; una voz que aún espantando, nos hace entrar en una experiencia reveladora. Y, así, como que comienza una nueva experiencia; más que un deslumbramiento, ahora hay una presencia que nos hace escuchar y nos invita a escuchar: «Éste es mi hijo, el amado, en quien me complazco, escuchadlo.» Y descubrimos a Jesús, el misterio de su persona que es acreditada por el Padre, aquel que participa de la fuente del amor y nos transmite desde allí un mensaje de consuelo y salvación; mensaje que no es al modo de nuestras simples palabras, pues, como lo narra el mismo episodio del Evangelio, Jesús se acerca, toca a sus discípulos y les dice: «levantaos, no temáis;» descubrimos a Jesús, un misterio más allá de un deslumbramiento, un misterio más allá del pronunciamiento de nuestras palabras; ¡es Jesús!, quien está con nosotros en los momentos más desconcertantes, ¡es Jesús!, el que nos toca y siente nuestra realidad más profunda, ¡es Jesús!, quien nos salva y nos ayuda a levantarnos de nuestras más hondas penas. Que desde esta pequeña profundización de este episodio del Evangelio podamos hacer relectura de las manifestaciones divinas en nuestras vidas y que podamos verdaderamente adentrarnos en el misterio de Jesús, de su persona que se nos transfigura.

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