Un mediodía en Sicar: la petición que abre a la vida eterna
Este episodio del Evangelio nos sitúa en las coordenadas de Sicar, un pueblo de Samaría; específicamente, nos sitúa en el pozo de Jacob, pozo donde bebieron en su época Jacob, sus hijos y hasta sus animales; Jesús llega allí alrededor del mediodía cansado del camino. A este lugar llega a sacar agua del pozo una mujer samaritana y sin esperarlo se consigue con Jesús, Éste le dice: “dame de beber” y así comienza este encuentro, con una simple petición, pero cargado de un significado que termina convirtiéndose en un salto hasta la vida eterna. Escudriñemos en esa petición de Jesús y reconozcamos que en lugar de quitarnos algo, en realidad, Jesús viene a darnos; profundicemos en este episodio y adentrémonos en el agua viva que Jesús nos ofrece y que, como la samaritana, sepamos al final decir con fe: ¡Señor, danos siempre de esa agua!
Dos maneras de acercarse al pozo: sacar agua o dejarse encontrar
Una mujer que busca sacar agua y un hombre que pide de beber, tal vez parezca que ambos tienen las mismas intenciones hallándose en un pozo; pero, si atendemos al relato con perspicacia, podemos descubrir ligeros matices que permiten tener otra lectura de la situación. Jesús pide de beber, sin embargo, a penas si se refiere al pozo; la samaritana, por el contrario, ¡va a lo que va!, tiene el objetivo de sacar agua del pozo y no será sino hasta después de un tiempo que dará un siguiente paso más allá de sus propios intereses. ¡Cuánto nos puede referir esto a nuestras vidas! Quizás no vayamos con una necesidad de agua real, pero en nuestras vidas se experimenta sed; y es allí donde queremos sacar agua, entonces, como la samaritana, podemos ir al pozo de Jacob, haber tenido 5 o 6 maridos, buscar adorar a Dios en el monte de Samaría o en Jerusalén, o podemos hacer cualquier otra cosa que vaya más con nosotros; y en definitiva, podemos ir sacando agua, pero en realidad nunca saciamos realmente nuestra sed. Sin embargo, Jesús pide de beber a la mujer y en su petición le invita a un profundo conocimiento, le invita a un encuentro con el agua viva; esta petición se propone como una salida de esa búsqueda de agua viciada, es la oportunidad de conectar con un manantial que alivia en espíritu y en verdad; Jesús, al igual que la samaritana, nos pide de beber y en ese gesto sorprendentemente nos ofrece transformar nuestras vidas para realmente beber de una fuente viva.
Dejar el cántaro: descubrir el don de Dios y dar testimonio
Y es entonces que dejando de sacar agua, como acostumbradamente lo hemos hecho, conocemos el don de Dios y descubrimos en Jesús alguien que es más que cualquier fuente de satisfacción para nosotros. ¡Nuestra vida se ve transformada en Él!; porque ya cualquier pozo de agua por muy profundo que sea está en un segundo plano, pues, nos damos cuenta que no nos brinda plenitud; porque ahora hemos descubierto un agua que no es un mero elemento del exterior, sino que es un agua que se convierte en nuestro interior en una fuente de vida eterna; es un agua que sentimos impregna todo lo que hemos hecho en nuestra vida, es un agua que nos conoce y que nos encauza en corrientes de vida plena, es un agua que nos salva de esa desesperada sed que a veces nos parece intolerable. Que a partir de ahora, como la samaritana, dejemos ya cualquier cántaro para sacar aguas viciadas y vayamos a dar testimonio de la experiencia con el agua viva; que a partir de ahora podamos señalarles a los demás dónde pueden aliviar realmente su sed y que, como señala Jesús, seamos parte de ese almacén de frutos para la vida eterna, sabiendo a quien decir: “¡Dame de beber!”


