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Confiar en el Espíritu: el camino vocacional de Fr. Marcelo Bragatto

A pocos días de su ordenación diaconal, Fr. Marcelo Bragatto comparte con sencillez y profundidad cómo ha vivido este paso en su camino vocacional. Desde la experiencia comunitaria, el discernimiento y la docilidad al Espíritu, el religioso brasileño abre su corazón para contar qué ha significado este tiempo y hacia dónde siente que Dios lo conduce.
Diácono-Fraile

Un paso que madura en el silencio de la vida cotidiana

El pasado 6 de diciembre, Fr. Marcelo Bragatto fue ordenado diácono en la Parroquia Nuestra Señora de la Consolación, en Buenos Aires. Sin embargo, para él, este ministerio no se comprende solo desde un día concreto, sino como fruto de un proceso largo y paciente.

Tras finalizar sus estudios de Teología, vivió un año de inserción comunitaria en la comunidad de Nuestra Señora de Fátima, en Mar del Plata. Allí, lejos de los ritmos académicos, comenzó a experimentar con mayor hondura lo que significa encarnar la vocación en la vida real del pueblo de Dios. “Es un tiempo para escuchar, observar, servir y discernir”, explica, un tiempo donde la misión se aprende caminando junto a las personas y compartiendo la vida cotidiana de la comunidad.

Encuentros que afianzan la vocación

Al mirar hacia atrás, Fr. Marcelo reconoce que la vocación se fortalece, sobre todo, en los encuentros personales con Cristo. “Cada encuentro verdadero con Él es un momento de afianzar la vocación”, afirma. Son experiencias que no solo confirman una decisión, sino que configuran la relación más profunda entre Dios y la persona llamada.

Entre todas las etapas formativas, guarda un cariño especial por el noviciado, que describe como un tiempo intenso de experiencia del carisma agustino recoleto. Allí aprendió a construir identidad desde la vida comunitaria, a compartir la fe con los hermanos y a descubrir el valor de la fraternidad como lugar teológico donde Dios se revela.

Discernir entre deseos y voluntad

Fr. Marcelo no idealiza el proceso vocacional. Lo entiende como un camino real, donde la voluntad personal se encuentra —no sin tensiones— con el proyecto de amor que Dios tiene preparado. “Discernir es aprender a configurar esas dos voluntades”, explica, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, cuya vida fue una búsqueda constante de la voluntad del Padre.

En este recorrido reconoce la influencia decisiva de muchas personas. En primer lugar, sus padres, que sembraron en él la fe desde la infancia. Y, de manera muy significativa, el testimonio de frailes ancianos conocidos durante su formación. Religiosos cuya fidelidad silenciosa y entrega constante dejaron una huella profunda, hasta el punto de despertar en él el deseo de llegar a vivir la vejez con la misma coherencia y generosidad.

El diaconado como actitud del corazón

Para Fr. Marcelo, el diaconado no se reduce a una función ni a un cargo concreto. Es, ante todo, una actitud espiritual. “Los primeros diáconos fueron suscitados por el Espíritu para servir donde la Iglesia lo necesitaba”, recuerda. Por eso afirma con convicción: “El que quiera servir en la Iglesia debe confiar en el Espíritu”.

Esa confianza lo lleva a entender el servicio más allá de los lugares o tareas concretas. Ya sea en la parroquia, en la formación, en la educación o en el gobierno, lo importante es dejarse conducir por el Espíritu y ser instrumento de la voluntad del Padre.

Al mirar hacia adelante, su deseo es claro y humilde: ser testigo, no de sí mismo, sino de la caridad de Dios. “No para que los demás se acuerden de mí, sino para la obra de su Iglesia, Madre y Maestra”, afirma. Un servicio orientado a promover la comunión, vivido con sencillez, fidelidad y docilidad interior.

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