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“Atender a todos donde y cuando sea necesario fue y sigue siendo la esencia de la misión”

El agustino recoleto Andrés Álava (Hueto de Arriba, Álava, España, 1937) fue uno de los misioneros recoletos en Guam (1769-1899 y 1974-1989), donde trabajó durante veinte años. Una misión cercana al pueblo y de entrega exigente, que recordamos en este Año Misionero Agustino Recoleto.
Misión de los Agustinos Recoletos en Guam (1769-1899 and 1974-1989).

¿Cómo fue tu llegada a Guam?

Al acabar la formación inicial, fui destinado a Filipinas. Hice algunos cursos en la Universidad de Santo Tomás de Manila y luego trabajé seis años en Cebú. Tras completar estudios en la Villanova University de los Agustinos en Filadelfia (Pensilvania, Estados Unidos), volví a Filipinas, a Cavite, hasta que se abrió Guam.

No era un lugar nuevo para los Agustinos Recoletos. Después de 130 años (1769-1899) habíamos sido expulsados por las nuevas autoridades americanas. Y 75 años después (1974) regresábamos a un lugar ya evangelizado por nuestros hermanos.

Cinco agustinos recoletos reabrimos la misión, y la acogida fue impresionante, con el obispo, clero, religiosas y autoridades en el aeropuerto. Éramos jóvenes y llevábamos muchas ganas. El clero local, como David Kituva, nos ayudó mucho al comienzo.

Desde el primer momento me marcó la inmensa amabilidad de la gente. Los primeros días atendí el único hospital existente, sustituyendo a un capuchino mayor y enfermo que falleció poco después. Era un trabajo duro y exigente al que me dedicaba en exclusiva.

Luego me encargaron la Parroquia de Nuestra Señora de las Aguas durante diez años (1974-84). Estaba cerca de la capital y acudía mucha gente, con muchas actividades y mucha demanda del sacerdote.

Una característica de Guam es la omnipresencia del Ejército de los Estados Unidos. Además de las cinco parroquias, éramos capellanes en las bases de la Fuerza Aérea y de la Armada. Con sus 7.000 efectivos, son la principal fuente de trabajo en las islas y determinan prácticamente en toda la vida social.

Los Agustinos Recoletos trabajamos en parroquias, hospitales, bases y cárceles; incluso dábamos clases en una escuela católica. Llegamos a ser ocho frailes. Al principio vivíamos juntos; después, por razones pastorales, cada uno en su parroquia. La isla se podía recorrer en una hora, estábamos a media hora unos de otros. Nos juntábamos los domingos, cumpleaños, días libres y de asueto, y nos sentíamos una sola comunidad.

¿Cómo recuerdas la vida eclesial en Guam?

El 80% de los habitantes eran católicos y practicantes, y en la población flotante de las bases militares también había un buen porcentaje. Las celebraciones eran muy participadas, algunas emocionantes: un Vía Crucis escenificado partía del Monte Land-Land y llegaba hasta la parroquia recorriendo la isla de punta a punta en dos horas.

Creo que en Guam hicimos un buen trabajo. Nos desplazábamos donde y cuando fuese necesario. El contacto con los fieles era muy enriquecedor, y como religioso y sacerdote me sentía realizado, era muy gratificante. Incluso hoy mantengo relación con gente de allí o que conocí allí.

La mayor dificultad fue el idioma, pues ninguno de nosotros hablábamos el chamorro, la lengua nativa. Aunque celebrábamos parte de la liturgia en esa lengua, la mayor parte de nuestra comunicación y celebraciones eran en inglés.

Era un lugar donde había demasiado crimen y era generalizada la posesión de armas, aunque debo decir que nunca nos sentimos inseguros. Por cierto, había muchos reptiles; alguno de nuestros religiosos tuvo alguna serpiente por su habitación…

¿Qué dejó Guam en los Agustinos Recoletos?

Creo que los Agustinos Recoletos mantenemos el espíritu misionero, por ejemplo ahora en otra isla de características muy especiales, Cuba. Debemos dar la vida por la gente, seguir en las misiones ahora que otros apostolados como el educativo o el parroquial pasan por dificultades.

En Guam la vida no tenía especiales dificultades en lo material, pero estábamos muy lejos de los nuestros, aislados; trabajábamos solos y entre los ministerios que teníamos, varios de ellos eran de frontera, como la dedicación a enfermos y presos. Sentíamos cierta claustrofobia, algunos lo llamaban el “mal de la isla”, con la necesidad de salir de vez en cuando a visitar las comunidades recoletas en otros lugares.

Allá donde estemos los Agustinos Recoletos encontraremos al Señor Jesús; y, puesto que el Señor está en cualquier lugar, hay labor, hemos de atender a todos. Esa fue, y sigue siendo, la esencia de la misión.

La vida cotidiana, fuente de vivencias y curiosidades

El obispo Felixberto Camacho Flores (1921-1985) fue el primer obispo chamorro de Guam. En 1970, en su ordenación episcopal, ofreció a la Orden volver a la isla, y las conversaciones se materializaron cuatro años después.

Los Recoletos en su primera etapa construyeron los templos y la Catedral; en la segunda, salones parroquiales y un templo. Un miércoles de ceniza se quemó por completo la iglesia de Toto. “Hay cenizas para toda la isla”, dijeron los frailes con una nota de humor. Y de ese modo dejaron un nuevo templo en la isla.

Llamó mucho la atención que en una parroquia los sábados se cantaba por tradición la Salve y el Joseph, pura tradición recoleta. Y solo quedaba la placa de una de las localidades rurales con el nombre de Santa Rita, que un terremoto se llevó por delante.

Respecto a la pastoral penitenciaria, llegó a existir un coro de presos llamado “La libertad”. Cantaban por las parroquias, una novedad que tenía nerviosos a sus vigilantes, pero nunca dio problemas.

Respecto a los extranjeros en Guam, había mucho turismo japonés y muchos coreanos dedicados a la pesca y a la construcción. Las parroquias recoletas acogieron celebraciones en lengua coreana hasta que tuvieron su propio templo.

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