Acabó el Curso de Preparación para la Profesión Solemne… ¿Y ahora, qué?
Diez religiosos agustinos recoletos profesos simples (tres de la Provincia de San Nicolás de Tolentino, cinco de Santo Tomás de Villanueva, y dos de San Ezequiel Moreno), hemos tenido la enorme gracia de vivir en Colombia nuestro curso de preparación inmediata para la profesión solemne. En una de las últimas vivencias de nuestra formación inicial, nos preparamos para ratificar, para toda la vida, nuestra consagración a Dios y a la Iglesia en la Familia Agustino-Recoleta.
Estas semanas sirvieron para hacer un breve, pero interpelante, repaso por los pilares esenciales de nuestro carisma agustiniano y recoleto, los mismos que hemos ido conociendo, profundizando y amando durante todos estos años de formación inicial, a saber: las Sabidurías de la interioridad, la eclesialidad y el apostolado.
El carisma, la espiritualidad o la forma de vivir en comunidad son rasgos esenciales que venimos conociendo y practicando desde que iniciamos esta aventura de la vida consagrada. Cada uno de los que fuimos a Colombia llevaba distinto tiempo desde que inició su camino vocacional: algunos ocho años, uno incluso catorce; en mi caso, poco más de nueve.
Esta preparación para la profesión solemne tuvo un especial tinte afectivo. De los ocho que hicimos el noviciado y profesamos juntos, uno ha decidido esperar un año más antes de dar el paso a la profesión solemne; así que de los diez que estuvimos en Colombia, siete éramos connovicios, con una ya larga relación fraterna, realmente entrañable.
Como nuestras casas de formación están en España (cada Provincia de la Orden tiene la suya, el noviciado fue común), hemos tenido la oportunidad de vernos anualmente en las semanas de formación, los Ejercicios Espirituales, o los días sin clases en Navidad.
Pero estos encuentros anuales se acabaron cuando los siete, acabados los estudios teológicos, iniciamos el llamado tiempo de integración comunitaria y pastoral, destinados a una misión en una comunidad específica. A estas alturas estamos ya dispersos por muchas partes del mundo y dedicados a muy diferentes tareas.
En seguida nació en cada uno, desde luego así ocurrió conmigo, la ilusión de encontrarnos de nuevo para de nuevo compartir juntos una formación; ahora con la nostalgia de saber que no será fácil volver a estar todos juntos en mucho tiempo.
Más allá de lo buenos que son para nuestra vida los temas tratados durante la formación, es la convivencia lo que más agradezco de estas semanas: entre los connovicios, pero también con todos otros tres religiosos que hacían el curso sin ser connovicios, con el equipo organizador, con los facilitadores, con quienes nos acogieron en sus comunidades tan fraternalmente, como verdaderos hermanos.
Volvía a mi mente y corazón una y otra vez ese salmo 132 que tanto significó para la experiencia comunitaria del mismo san Agustín: “Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos”; siglos después san Francisco tradujo a su propia experiencia diciendo aquello de “Dios me ha dado hermanos”.
Y así lo he vivido yo a lo largo de todos estos años de discernimiento vocacional y formación inicial. Desde mi primera experiencia en el Aspirantado en Costa Rica, “Dios me ha dado hermanos”; y, con el avanzar de los años, me los sigue regalando.
A través de ellos, Dios me ha dejado experimentar su Amor en mi vida. Y, ¿qué sigue ahora? Pues, continuar con esa escucha cotidiana de la voz del Señor, seguir discerniendo su voluntad en mi vida y estar disponible a seguirle con alegría.
¡El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres! (Sal 125,3).



