La esperanza es cuando aún no ha llegado lo que se espera, pero ya existe. Nos ayuda a no quedarnos atrapados en el ahora. Nos anima a mirar hacia adelante, pues lo peor que podemos hacer es mirar hacia atrás, como si lo que ya pasó fuera más importante.
No te distraigas con el antes ni con el ahora. El mundo grita mucho para que mires atrás, para que confíes en lo que parece bonito, pero no dura. Pero tú mantén la mirada en lo que Dios prometió, aunque aún no lo veas. Él lo cumplirá, ¡siempre cumple!
Dios permite que las cosas buenas de esta vida tengan momentos amargos para que no nos conformemos con una felicidad que no es verdadera, y busquemos la que solo Él puede dar, la que no engaña ni se acaba.
El mundo usa esas dificultades para desanimarte, para que dejes de mirar hacia adelante y te rindas. A veces te quejas y dices: “¡Mira qué mal están las cosas!”. Pero, ¿quién te prometió que todo aquí iba a ser perfecto? Dios no prometió que este mundo no se caería a pedazos. Lo que Él prometió es eterno. Si confías en Él, pasarás de ser mortal a eterno.
Entonces, ¿para qué tanto escándalo? ¿Por qué dejar que el ruido del mundo te distraiga? El mundo quiere atraparte con cosas que no duran. Y si ya logra engañarte siendo amargo, ¡imagina si fuera dulce!
Pero tú mantén viva la esperanza: pase lo que pase, alaba a Dios siempre. Si todo va bien o si todo se derrumba, alaba a Dios. No seas de los que solo lo bendicen cuando todo va bien y se quejan cuando algo sale mal. Eso es mirar atrás, ¡no caigas en eso! Como dijo Job: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea su nombre”. Esa es la actitud de quien confía de verdad.
Incluso si tu ciudad desaparece, hay otra que nunca caerá: la ciudad que Dios está construyendo. ¿Crees que Dios va a perder lo que Él mismo construyó? ¡Claro que no! Dios no duerme, cuida a su pueblo siempre. Y si tú perteneces a Cristo, entonces también eres parte de esa promesa. En Él, todos los pueblos serán bendecidos.
La ciudad santa, la comunidad de creyentes, aunque vive en la tierra, tiene su base en el cielo. Así que, ¡ánimo! No pierdas la esperanza ni el amor. Mantente firme, con tu luz encendida, esperando al Señor como quien espera a alguien que vuelve de una fiesta.
¿Te asusta que los reinos de este mundo se derrumben? Justamente por eso Dios te prometió un reino eterno, para que no te hundas con lo que se acaba. Jesús ya lo dijo: “Habrá guerras, nación contra nación, reino contra reino”. Todo eso pasará. Pero un reino no tendrá fin: el de Dios.
Quienes prometieron que sus imperios durarían para siempre, no decían la verdad. Pero no nos desanimemos: pongamos nuestra esperanza en Dios, deseemos lo eterno, esperemos lo que no se acaba. ¡Somos cristianos!
Cristo no vino al mundo para su comodidad o placer y nosotros tampoco deberíamos vivir solo para eso. Las cosas buenas pueden ser engañosas, y las malas nos hacen tropezar. Incluso cuando todo parece estar en calma, no te confíes: puede llegar una tormenta.
Cuando en misa escuches “Levantemos el corazón”, no lo tomes a la ligera. ¿Por qué seguir poniendo el corazón en la tierra, si vemos que todo aquí se desmorona? Es una razón clara para defender tu fe: que nadie te haga dudar con burlas o críticas. Los que se ríen de Cristo por lo que pasa en el mundo quieren romper tu esperanza. Pongamos nuestra esperanza bajo Jesús, donde estaremos seguros.
Los que solo buscan cosas materiales y ponen su esperanza en ellas, cuando las pierden… se quedan con las manos vacías y con el corazón aún más vacío. ¿Dónde encontrarán paz? ¿Y esperanza? Por eso, te invito: deja de maldecir, aprende a adorar. Que Cristo nos transforme, nos haga parte de su cuerpo. Nos entrenamos aquí en la tierra y recibiremos la corona en el cielo.



