Natalia Cuesta, miembro de la Oficina de Comunicación de la Orden de los Agustinos Recoletos y estudiante de Publicidad en la Universidad Villanueva (Madrid), reflexiona a la luz del mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de la Paz. En este texto, María, Madre de Dios, aparece como el gran icono de una paz desarmada, realista y profundamente cristiana.
La paz como palabra que acontece
El Papa León comienza su mensaje con unas palabras que nos resultan familiares: «La paz esté con ustedes». Fueron también sus primeras palabras tras ser elegido pontífice, las mismas que Jesús resucitado dirigió a sus discípulos. En un mundo lleno de violencia y miedo, este saludo parece haber perdido significado. Sin embargo, el Papa León lo proclama con una certeza firme: la paz que Cristo pronuncia acontece, transforma y enciende la realidad de quien deja entrar estas palabras en su vida.
En su mensaje para la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, que hoy celebramos, Su Santidad nos anima a no olvidar los nombres y los rostros de quienes nos han dado testimonio de la paz con su forma de vivir: miles de hombres y mujeres humildes, de corazón dócil, que han permitido que estas palabras de Jesús habiten en su vida y la transformen de manera definitiva y radical.
Hoy, en la solemnidad de María, Madre de Dios, me gustaría detenerme en el primer gran ejemplo de esa paz hecha vida. En la mujer en la que la paz se hizo carne antes de convertirse en saludo.
¿Qué es realmente la paz?
Cuando hablamos de paz, a veces puede parecer que nos referimos a un concepto idílico, vacío o irreal; algo que debemos alcanzar como quien llega a la meta tras una larga carrera. Sin embargo, la paz se nos presenta como una presencia transformadora, que atraviesa puertas cerradas y enciende una luz silenciosa allí donde parece reinar la tiniebla.
La paz de Cristo resucitado entra en el miedo de los apóstoles, convive con su herida y la transforma. No elimina la fragilidad, pero la habita. El cariño, la presencia y el compromiso son capaces de transformar la realidad desde dentro.
María, custodio silencioso de la paz
María conocía bien las puertas cerradas, el sufrimiento, la desesperanza y la violencia. Y allí donde parece vencer la oscuridad, la Madre de Dios custodia la paz en la noche: en el anuncio del ángel, en Belén, en la huida a Egipto, cuando encuentra a Jesús en el templo, en el Calvario y ante el sepulcro.
María no evade la realidad; nos enseña que la paz también puede ser profundamente realista cuando nos dejamos habitar por Dios. Nos muestra que la realidad no se reduce solo a lo visible y que, incluso en la tiniebla más oscura, ha brillado la luz de Aquel que es la Luz.
La paz que propone el Papa no niega la impotencia, pero se resiste a llamar realismo a la desesperanza. María sufre la mayor impotencia: ver morir a su Hijo. Y, sin embargo, a los pies de la cruz permanece, confía y custodia.
La paz se pierde cuando se convierte en un ideal lejano y se separa de la realidad que habitamos. Nuestra Madre nos enseña a acoger con corazón abierto y confianza. Su dolor da fruto cuando llega la Pascua y la esperanza no la defrauda. María atraviesa la historia como quien no huye del dolor, pero tampoco se deja definir por él.
Una paz desarmada y desarmante
A lo largo de su pontificado, el Papa León XIV ha insistido en una idea: la paz debe ser desarmada y desarmante.
Desarmada como la de quien no se prepara para luchar vistiendo una coraza en el corazón, sino que acoge la realidad sin defensas. La paz de Jesús es desarmada porque renuncia a la violencia como lenguaje. Podría confundirse con pasividad, pero en realidad es una forma radical de resistencia que no entra en la lógica del miedo, la disuasión o el armamentismo como medios de seguridad.
María es un gran ejemplo de esto. Su fortaleza resiste, pero nunca ataca. No huye ni responde con violencia: permanece. Frente a la agresión, responde con un amor perseverante que no pretende imponerse, sino acompañar desde el silencio y la presencia fiel.
La fragilidad que desarma
La paz de Cristo también es desarmante. Al igual que la bondad, desarma al otro. El ejemplo más tangible es la Encarnación: Dios que se hace niño, pequeño e indefenso.
León XIV recuerda palabras de su predecesor:
«La fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece y a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte».
La fragilidad nos llama al desarme. María es el medio por el cual Dios se hace niño. Ella acoge su propia debilidad, sabiéndose sostenida por Dios, y acoge al mismo Dios en su vientre. El niño en brazos de su madre revela la imagen de paz que Cristo quiere traernos, y desmonta la lógica del dominio.
Custodios la paz, un trabajo para el 2026
Celebrar hoy a María, Madre de Dios, en la Jornada Mundial de la Paz no es un gesto vacío, sino una clave imprescindible para comprender el mensaje del Papa.
En ella descubrimos que la paz cristiana no nace del equilibrio de fuerzas ni de la ausencia de conflictos, sino de un corazón desarmado que confía en Dios incluso cuando no entiende el camino.
María no cambió la historia empuñando armas ni levantando la voz, sino acogiendo la vida, permaneciendo fiel y custodiando la esperanza cuando todo parecía perdido. Así nos enseña que la paz no se impone: se protege con amor perseverante.
En un mundo tentado por el miedo, el rearme y la desesperanza disfrazada de realismo, la Madre de Dios nos recuerda que la verdadera paz comienza cuando dejamos caer las defensas del corazón y permitimos que Dios habite en nuestra fragilidad. Solo entonces, como ella, podremos ser testigos de una paz desarmada y desarmante, capaz de atravesar las puertas cerradas de nuestra historia y abrir caminos de vida donde parece reinar la oscuridad.



