Las confesiones de San Agustín
Por primera vez en audiolibro

"Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".
San Agustín
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Libro I — Infancia y niñez
Libro I de las Confesiones: Agustín recuerda sus primeros quince años en Tagaste y Madaura. Desde la célebre invocación «nos hiciste para ti, Señor…», recorre su infancia, el aprendizaje del habla, los años de escuela y sus primeras faltas, descubriendo que Dios lo sostenía ya en cada instante. Oración, autobiografía y teología en las páginas iniciales de una de las obras más luminosas de la tradición cristiana.
Libro II — Adolescencia en Tagaste
Libro II de las Confesiones: a los dieciséis años, en Tagaste, Agustín vive un año ocioso marcado por el despertar de la pasión, las malas compañías y el célebre hurto de las peras. Desde ese pequeño delito cometido «por el solo gusto de pecar», despliega una honda reflexión sobre el misterio del mal y sobre cómo todos los vicios no son sino imitaciones torcidas de las virtudes de Dios.
Libro III — Estudiante en Cartago
Libro III de las Confesiones: Agustín llega a Cartago (370–373), se enamora del amor, triunfa en la retórica y se deja seducir por el teatro y las malas compañías. La lectura del Hortensio de Cicerón enciende en él una sed nueva de Sabiduría, pero su soberbia lo hace caer en el maniqueísmo. Entre tanto, su madre Mónica llora, sueña y oye la célebre promesa: «no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas».
Libro IV — Profesor de retórica y amante de la sabiduría
Libro IV de las Confesiones: nueve años (373–382) en los que Agustín enseña retórica, vive con una concubina, consulta astrólogos y sigue atrapado en el maniqueísmo. La muerte de un amigo íntimo —«la mitad de mi alma»— le arranca páginas memorables sobre el duelo, la amistad y la inestabilidad de todo lo creado. Escribe su primer libro, De lo bello y lo conveniente, y lee solo a Aristóteles, pero su soberbia aún no le deja ver que la Vida misma ha descendido a buscarle.
Libro V — De Cartago a Roma y Milán
Libro V de las Confesiones (382–384): decepcionado por el célebre Fausto maniqueo, Agustín engaña a su madre y embarca hacia Roma, donde enferma, se desilusiona de los estudiantes y entra en una crisis de escepticismo. La providencia lo conduce a Milán y al encuentro con san Ambrosio, cuya predicación lo va acercando poco a poco a la fe. Al final del libro abandona el maniqueísmo y se hace catecúmeno.
Libro VI — Catedrático imperial y catecúmeno en Milán
Libro VI de las Confesiones (384–386): Mónica llega a Milán y encuentra a Agustín catecúmeno, catedrático imperial y desorientado. Los sermones de Ambrosio van abriendo camino, mientras Agustín descubre la verdad en un mendigo borracho, acompaña la conversión de Alipio tras los juegos de gladiadores, sueña una comunidad filosófica fracasada y se separa dolorosamente de su concubina. Ambición, amistad, matrimonio y miedo a la muerte: un año que preludia el gran salto.
Libro VII — Del neoplatonismo a la verdad cristiana
Libro VII de las Confesiones (385–386): Agustín, todavía prisionero de una imaginación corpórea de Dios y atormentado por el problema del mal, descubre a los filósofos neoplatónicos y realiza una intensa ascensión interior hasta la contemplación del «Yo soy el que soy». Comprende que el mal no es sustancia, sino privación del bien. Pero sólo al abrir las cartas de san Pablo encuentra lo que los filósofos no le daban: la humildad del Verbo encarnado, el Mediador Cristo Jesús, camino hacia la patria entrevista desde lejos.
Libro VIII — La conversión de mente y corazón
Milán, verano del 386. A los 32 años, Agustín libra su última batalla interior entre las «dos voluntades». Tras escuchar la conversión de Mario Victorino y la historia de san Antonio Abad, llora bajo una higuera en un jardín de Milán. Una voz de niño canta: «Tolle, lege». Abre a san Pablo (Rom 13,13-14) y se rinde a Cristo. Alipio se convierte con él; Mónica estalla de alegría.
Libro IX — Casiciaco, bautismo y muerte de Mónica
Otoño-invierno del 386: Agustín renuncia a la cátedra de retórica y se retira a Casiciaco con Mónica, Alipio, Adeodato y sus amigos. Allí lee los Salmos entre lágrimas y descubre la voz que tanto tiempo ignoró. En la Vigilia Pascual del 387, san Ambrosio lo bautiza en Milán junto con Alipio y con Adeodato. Camino de África, en una ventana de Ostia, madre e hijo tocan juntos la Sabiduría eterna. Pocos días después Mónica muere, a los 56 años, pidiendo solo ser recordada ante el altar.
Libro X — La memoria, la vida feliz y el Mediador
Año 400, Hipona. Agustín, ya obispo a los 46 años, gira hacia adentro. Sube por los sentidos, entra en los «anchos palacios de la memoria», descubre que ni los cuerpos ni el alma son Dios, y llega al grito más célebre de la literatura espiritual: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva.» Luego examina su vida presente a la luz de las tres concupiscencias y pide mil veces: «Da lo que mandas y manda lo que quieras.» Acaba confesando al único Mediador: Cristo Jesús.
Libro XI — El tiempo, la eternidad y el «Principio» de la creación
Agustín comenta el «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» y emprende la meditación más célebre de toda la filosofía cristiana sobre el tiempo. Dios crea de la nada, por su Verbo coeterno; el tiempo mismo es criatura, y no tiene sentido preguntar «¿qué hacía Dios antes?». Luego, su frase inmortal: «Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; pero si quiero explicarlo, no lo sé.» Define al fin el tiempo como distensión del alma: memoria, visión y expectación.
Libro XII — La materia informe, el «cielo del cielo» y las muchas lecturas verdaderas del Génesis
Agustín sigue comentando el principio del Génesis. Distingue dos criaturas ajenas al tiempo: el cielo del cielo —mente angélica adherida a Dios— y la materia informe, casi—nada de la que Dios sacará el mundo. Todo ha sido hecho de la nada por el Verbo. La segunda mitad del libro es una lección de hermenéutica bíblica: una misma frase admite muchas lecturas verdaderas, todas compatibles con la fe; amar el propio sentido más que la verdad común es soberbia. La Escritura es una fuente que alimenta a muchos arroyos.
Libro XIII — Interpretación alegórica de la creación
Libro XIII — Interpretación alegórica de la creación. San Agustín corona las Confesiones leyendo el Génesis como un ícono del misterio trinitario, de la Iglesia y del alma. Aquí resuena la célebre sentencia «pondus meum, amor meus» —»mi peso es mi amor»— y culmina todo en el descanso del séptimo día, el sábado eterno sin tarde.