Durante este Octavario por la Unidad de los Cristianos, Fray Enrique Eguiarte nos recuerda que la unidad no se “fabrica”: se recibe como don del Espíritu, espejo de la comunión trinitaria.
El Espíritu Santo y la unidad: de Babel a Pentecostés, con san Agustín
Es preciso orar por la unidad, pidiendo a Dios por medio del Espíritu que conceda a su Iglesia la unidad. San Agustín destaca el hecho de que la soberbia del ser humano en el momento de edificar la torre de Babel llevó a la división de los pueblos y de las lenguas (Gn 11, 1-9). Este momento es contrapuesto y sanado por Pentecostés (Hch 2, 1-13), donde la efusión del Espíritu Santo, amor personificado de Dios, une las lenguas y los pueblos, para que por encima de las diferencias nacionales o culturales pueda reinar la unidad como fruto de la caridad.
La Santísima Trinidad vive en unidad perfecta y se vuelve el modelo para todas las comunidades humanas, que deben superar sus propias limitaciones y esforzarse todos los días por edificar la unidad en la comunidad y en la Iglesia, superando las propias diferencias contemplando el ejemplo de la Trinidad. Por otro lado, para san Agustín la unidad dentro de la Iglesia, además de ser un don es una realidad dinámica en un doble sentido. En primer lugar, porque es algo que se debe edificar todos los días, y por otra parte es una realidad que orienta a la comunidad de creyentes hacia el mundo y hacia Dios. La Iglesia debe vivir la unidad como un reto interno y a la vez externo. Vivir en unidad y ser factor de unidad en el mundo y entre los hombres. En un mundo dividido por las guerras y las enemistades, la Iglesia vive el reto de edificar la unidad, hacia dentro de sí misma y en el mundo en el que se encuentra.



