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Del monólogo al abrazo: el arte de escuchar en la vida consagrada y la vocación sacerdotal

Una reflexión desde san Agustín sobre la vida consagrada y la vocación sacerdotal: pasar del monólogo al diálogo como camino de comunión, afectividad madura y escucha en la Iglesia.
OAR

Fray Hugo Badilla, nos recuerda algo que decía san Agustín: «nos convertimos en lo que amamos»; y, al mirar nuestra vida, nuestro día a día, podemos llegar a la conclusión de que lo que amamos es tener la razón. Más aún, reconocer que, en nuestras comunidades y ministerios, solemos caer en una trampa invisible: creer que hablamos con el otro, cuando en realidad lo que hacemos es esperar nuestro momento para seguir con nuestro discurso.

En el ambiente de la Iglesia existe un mandato espiritual que hoy resuena con gran fuerza y vitalidad: “Nuestras peleas se acabarán cuando nuestros monólogos se conviertan en diálogos”.

El encierro del monólogo: el “yo” como celda en la vida consagrada

Dentro de Las Confesiones, san Agustín nos enseña que el pecado es un repliegue sobre uno mismo (incurvatus in se), y el monólogo, podríamos afirmar, es la expresión verbal de ese repliegue.

Vivir desde el monólogo hace que el otro no sea un hermano, sino un espectador o, en el peor de los casos, un obstáculo. En la vida consagrada y en el laicado comprometido en nuestros ministerios, el monólogo se disfraza muchas veces de fidelidad a la norma o de celo apostólico: “Es que siempre se ha hecho así”, “es que yo sé lo que la comunidad necesita”. Un discurso que no permite la interpelación no es verdad, es ideología. Las peleas nacen ahí, donde dos muros intentan convencerse mutuamente de que son ventanas.

El diálogo como camino vocacional y experiencia de comunión

Pasar de monólogos a diálogos no es simplemente hablar por turnos; debe convertirse en una actividad sagrada, un espacio en el que la verdad aflora y se construyen relaciones desde el otro y con el otro. Agustín, con gran lucidez, decía que «si quieres conocer a alguien, no le preguntes qué piensa, sino qué ama». El diálogo es el puente que nos permite cruzar hacia lo que el otro ama.

Dar el paso al diálogo dentro de una familia consagrada significa reconocer que el carisma no me pertenece solo a mí. El Espíritu Santo no es un solista, es un armonizador. Cuando un consagrado escucha a otro consagrado o a un laico, y viceversa, están reconociendo que el “Cuerpo carismático” del que hablamos necesita de todas sus células para poder subsistir. El diálogo se convierte en el antídoto contra la fragmentación porque nos obliga a salir de nuestra comodidad mental para habitar la realidad del hermano.

Tres claves para crecer en afectividad y escucha en la vocación

Para que florezca el “nosotros” en nuestras relaciones necesitamos ejercitar tres actitudes que san Agustín vivió en su propia comunidad:

La primera clave es dar espacio a la hospitalidad interior: antes de recibir al otro en la comunidad se le debe recibir en el pensamiento. El diálogo inicia cuando le abro espacio a la verdad del otro dentro de mi corazón.

La segunda clave nace de la pregunta generativa: pasar de la dinámica del monólogo que afirma lo propio al diálogo que propone: “ayúdame a entender cómo ves tú esto”.

Y, finalmente, la tercera clave es el silencio activo: no es el silencio que calla porque no le importa, sino el silencio del que escucha para que el otro pueda “ser”. Agustín insistía en que el Maestro Interior habla en el silencio. Si mi alma está llena de mi propio ruido, nunca seré capaz de oír lo que Dios me dice a través de quien tengo enfrente.

La profecía de la escucha en la Iglesia y el mundo actual

En la actualidad, presentar comunidades que dialogan es el acto más revolucionario que podemos ofrecer al mundo. En una sociedad interconectada por las redes sociales, que son espacios de resonancia de monólogos enfrentados, una comunidad que sabe “perder la razón” para ganar al hermano es un signo del Reino.

Como nos recuerda el reciente proceso sinodal, el diálogo es el “olfato” del pueblo de Dios en acción. Cuando dejamos de dar conferencias y pasamos a escucharnos, las contiendas no solo se acaban, sino que se convierten en peldaños de una escalera ascendente hacia una unidad más profunda.

Conversación o conversión: el corazón de la vocación

Al final, dar el paso del monólogo al diálogo no es simplemente una técnica de comunicación, sino un proceso de conversión del corazón.

San Agustín nos recuerda que: «En la medida en que crezca en ti el amor, crecerá tu belleza». Y no hay nada más bello que una comunidad donde las voces no compiten, sino que se entrelazan en una armonía fraterna. Hoy es un buen día para silenciar nuestros monólogos y abrir espacio a los hermanos.

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