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La Luz que nos vio nacer: Nuestra Señora de la Candelaria y el corazón de la Recolección

La profunda devoción a la Virgen de la Candelaria y el origen de los "Padres Candelarios". Un recorrido desde el Desierto de Ráquira hasta La Popa en Cartagena.
Dos imágenes, una misma advocación (1)

El brillo de una identidad

Para la Provincia de Nuestra Señora de la Candelaria, el mes de febrero no es una fecha más en el calendario. Es el reencuentro con nuestra raíz. Desde las montañas de Boyacá hasta las brisas de la Popa en Cartagena, la Virgen de la Candelaria ha sido la luz que ha guiado el caminar de los Agustinos Recoletos en Colombia por más de cuatro siglos. No es coincidencia que históricamente se nos conociera como los «Padres Candelarios»: nuestra misión nació bajo su manto.

El Desierto de la Candelaria: Donde todo comenzó

La historia nos traslada a 1604, a orillas del río Gachaneca en Ráquira. Allí, el carisma agustino recoleto encontró su primer hogar en el «Desierto de la Candelaria». Lo que comenzó como un eremitorio de oración y silencio, se convirtió en el faro de espiritualidad que hoy sigue formando a nuestros novicios. Fue bajo esta advocación que los primeros recoletos, liderados por figuras como el Padre Mateo Delgado, sembraron la semilla de una vida de interioridad y comunidad.

Una geografía de fe: De la montaña al mar

Nuestra Provincia es un mapa trazado por la devoción mariana. En Cartagena, la Virgen de la Candelaria es la guardiana desde el Convento de la Popa, una imagen con un honor único: ser la única coronada personalmente por San Juan Pablo II en su visita de 1986. Pero su luz no se detiene allí:

  • En el corazón de Bogotá, el histórico Templo de la Candelaria da nombre a todo un sector de la capital.
  • En los Llanos Orientales, las parroquias de Yopal y Orocué mantienen vivo el espíritu misionero.
  • Su amor se extiende a Magangué, Arjona y Medellín, demostrando que ella es, verdaderamente, la Patrona de la Costa Caribe y de nuestra Provincia.

Nuestro Carisma: Ser luz en comunidad

Como hijos de San Agustín, vemos en la Candelaria el misterio de la Presentación del Señor. Ella lleva en sus brazos a la «Luz de las Naciones». Nuestro carisma nos invita a eso: a ser, como ella, portadores de Cristo. La devoción de la Candelaria nos recuerda que nuestra vida debe ser una «lámpara encendida» de caridad, unidad y oración.

Celebrar a la Candelaria es celebrar nuestra propia historia. Es renovar el compromiso de ser «un solo corazón y una sola alma» orientados hacia Dios, bajo la guía de aquella que nos enseñó que la verdadera luz siempre nos conduce al encuentro con Jesús.

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