Con motivo del Año Misionero de los Agustinos Recoletos, Fray Willmer Moyetones dirige esta carta a toda la Familia Agustino Recoleta para recordar que la misión de anunciar a Cristo sigue siendo el corazón de la vocación cristiana y agustiniana. Inspirado en el Evangelio, san Agustín y el magisterio del papa Francisco, el texto invita a salir al encuentro de los demás con esperanza, cercanía y espíritu misionero.
Mayo de 2026, Año misionero Agustino Recoleto.
Querida Familia Agustino-Recoleta:
Este año, los Agustinos Recoletos celebramos un Año Misionero que nos invita a revivir el espíritu de la Orden: ir donde la Iglesia nos necesite. Nos acompaña el lema “Anuncien a Cristo donde puedan”, un llamado que nace del Evangelio y del corazón de san Agustín. La Orden no puede guardarse para sí el tesoro del Evangelio; nuestra vocación es anunciarlo a cada persona y en cada realidad humana, especialmente allí donde falta esperanza.
En el camino de la fe, cada generación recibe un encargo que no pierde vigencia: anunciar a Jesucristo. Para nuestra familia, esta invitación resuena hoy con especial intensidad. Pero este lema no surge simplemente de una inspiración pastoral; hunde sus raíces en la misma Palabra de Dios. En el Evangelio según san Marcos, Jesús envía a sus discípulos con una misión clara: “Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). Del mismo modo, el mandato de Mateo reafirma esta urgencia: “Vayan y hagan discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19).
No se trata de una tarea opcional, sino de la esencia misma de la vida cristiana. Este mandato no es un peso ni una imposición, sino un acto de confianza, porque Cristo cree en nosotros y nos capacita con la fuerza del Espíritu Santo. Anunciar a Cristo “donde puedan” implica reconocer que no hay lugar excluido de la acción evangelizadora: comunidades lejanas, periferias existenciales, espacios cotidianos, redes sociales, familias o lugares de trabajo. Allí donde el ser humano busca sentido, debe resonar el mensaje de esperanza.
Este impulso encuentra un eco profundo en san Agustín. Él mismo, tras su conversión, comprendió que el encuentro con el Señor no es para uno mismo. En sus escritos insiste en que el amor verdadero tiende a comunicarse: “No podemos amar lo que no conocemos, ni podemos callar lo que hemos descubierto”. Para él, la verdad encontrada debía compartirse con alegría, humildad y un profundo sentido eclesial. Entendía la misión como una extensión del amor: quien ha experimentado a Dios siente el deseo natural de llevar a otros hacia ese mismo encuentro.
En este Año Misionero renovamos nuestro compromiso de salir al encuentro, de no quedarnos encerrados en nuestras seguridades, sino de abrir caminos para que Cristo sea conocido y amado. Este lema es una forma de vida que nos invita a ser discípulos misioneros en todo momento.
Que este tiempo sea una oportunidad para reavivar nuestra fe, fortalecer nuestra identidad y responder con generosidad. Anunciar a Cristo no es solo tarea de algunos, sino vocación de todos. Como dice el papa Francisco: “Ser discípulos misioneros es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús; y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino” (EG 127).
En definitiva, la Orden es misionera porque Dios mismo lo es: Él salió primero a nuestro encuentro y ahora nos toca a nosotros responder llevando a Cristo allí donde podamos.
Con afecto fraterno,



