Las Bienaventuranzas constituyen el corazón del Evangelio y el retrato más fiel de Jesús. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos invita a contemplarlas no como un ideal inalcanzable, sino como la revelación del modo de vivir de Cristo y como una promesa dirigida a quienes experimentan la pobreza, el llanto y la fragilidad. Allí donde el mundo ve límite, Dios hace comenzar su Reino.
La mirada de Jesús que recrea la dignidad
Hoy la Palabra nos coloca frente a uno de los textos más conocidos y, al mismo tiempo, más exigentes del Evangelio: las Bienaventuranzas. Muchas veces las escuchamos como si fueran un hermoso poema espiritual o un ideal elevado, pero Jesús no las proclama como un sueño irreal, sino como una descripción concreta de su propia vida y como una invitación a entrar en su modo de existir.
El Evangelio nos dice que Jesús ve a la multitud. No la mira desde lejos ni con indiferencia. La mira con una mirada que recrea, que descubre en cada persona una dignidad más grande que sus heridas. Jesús no ve solo lo que somos hoy, sino lo que podemos llegar a ser en el amor de Dios. Y desde esa mirada, sube a la montaña, se sienta como Maestro y comienza a enseñarnos no solo con palabras, sino con su propia vida.
Bienaventurados los pobres: cuando Dios se hace nuestra fuerza
Cuando Jesús dice: «Bienaventurados los pobres en el espíritu», no está elogiando la miseria ni el sufrimiento por sí mismos. Nos está mostrando su propio camino. Él es el verdaderamente pobre, el que se vacía hasta el extremo, el que llega incluso a entregar su último aliento en la cruz.
Por eso esta bienaventuranza es una palabra especialmente dirigida a todos los que sienten que ya no pueden más, a los que viven cansados, agotados, sin fuerzas, como si les faltara el aire para seguir. A ellos Jesús les dice: no están solos, el Reino de los cielos es de ustedes. Cuando ya no queda fuerza, Dios mismo se convierte en nuestra fuerza.
Jesús también se llama bienaventurado en el llanto. Él lloró por Jerusalén, lloró por su pueblo, lloró por el rechazo al amor de Dios. Hay lágrimas que no son signo de debilidad, sino de un corazón que ama de verdad. Y a los que lloran, Jesús no les promete un consuelo superficial, sino el don más grande: la presencia del Espíritu Santo, el Consolador, que no quita mágicamente el dolor, pero lo habita y lo transforma desde dentro.
Jesús se presenta también como manso. No como alguien débil, sino como quien renuncia a defenderse con violencia, como quien acepta ser despojado sin responder con odio. En su pasión, Jesús es el manso que no devuelve mal por mal. Y a estos mansos se les promete algo sorprendente: heredarán la tierra. Es decir, lo que parece perdido, Dios lo devuelve como don. Lo que se entrega por amor, Dios lo transforma en herencia.
El Reino que actúa en la debilidad y la fidelidad
Y así podríamos recorrer cada una de las Bienaventuranzas: en todas aparece el rostro de Jesús. Él tiene hambre y sed de la voluntad del Padre. Él es misericordioso. Él es limpio de corazón. Él es el que construye la paz dando su propia vida. Las Bienaventuranzas no son primero una lista de lo que tenemos que hacer, sino una revelación de quién es Él y de quiénes podemos llegar a ser unidos a Él.
Las últimas palabras son especialmente fuertes: «Bienaventurados los perseguidos». Jesús sabe que seguirlo no nos libra del conflicto, del rechazo, de la incomprensión. Él mismo fue perseguido, rechazado, condenado. Pero nos dice que incluso allí, cuando somos heridos por ser fieles al Evangelio, el Reino ya está actuando. Allí donde el mundo ve fracaso, Dios ve fidelidad. Allí donde el mundo ve pérdida, Dios ve semilla de vida nueva.
Las Bienaventuranzas no nos prometen una vida sin cruz, pero sí nos prometen una vida con sentido, una vida habitada por Dios. Nos dicen que el Reino comienza no cuando somos fuertes, sino cuando dejamos que Dios nos sostenga en nuestra debilidad. No cuando lo tenemos todo claro, sino cuando confiamos incluso en medio de la oscuridad.
Pidámosle hoy al Señor que nos regale mirar nuestra propia vida a la luz de las Bienaventuranzas. Que podamos reconocer en nuestras pobrezas, en nuestras lágrimas, en nuestras luchas, no solo límites, sino lugares donde Él quiere hacerse presente. Y que, caminando con Jesús, aprendamos que la verdadera felicidad no está en tener más, sino en dejarnos amar más. Porque, en definitiva, bienaventurado es aquel que deja que Cristo viva en él.



