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Fray Mariano Gazpio: “orar y predicar”, una vida misionera en China

Biografía del agustino recoleto Mariano Gazpio, misionero en China, marcada por la oración, la predicación y la fidelidad en lo pequeño.
Mariano Gazpio

La vida del agustino recoleto Mariano Gazpio es un testimonio de fidelidad silenciosa, vivida entre la misión en China, la oración perseverante y el servicio humilde. En este artículo, Aurora Campos recorre su itinerario vital marcado por el lema “orar y predicar”, una espiritualidad encarnada en lo pequeño, sostenida en la prueba y fecunda incluso en tiempos de persecución y despojo.

La pequeñez del comienzo

Cuando el padre Mariano llegó en 1928 a Yucheng, su segundo destino misional en China, lo primero que se le reveló fue la desnudez de la misión. Diez mil habitantes y un solo cristiano. Un anciano de ochenta años, casi completamente sordo. Aquella cifra, tan escueta, tenía el peso de una llamada: comenzar desde la nada, o mejor, desde lo pequeño. El aire del pueblo, denso y cargado de humo de leña, parecía subrayar esa pobreza inicial; las calles de tierra apisonada, recorridas por animales y carros, hablaban de una vida sencilla y dura.

No se desanimó. Llevaba ya cuatro años en China, desde aquel 4 de abril de 1924 en que había puesto por primera vez el pie en tierra asiática. Había aprendido a escuchar antes de hablar, a observar antes de juzgar, a dejarse enseñar por una cultura milenaria. El olor de los campos húmedos tras la lluvia, el murmullo de los mercados, el ritmo lento de las jornadas habían ido modelando su paciencia. Las primeras experiencias en Chengliku, cuando apenas dominaba la lengua y anunciaba el Evangelio con torpeza y perseverancia, habían sido una verdadera escuela de humildad. Ahora, en Yucheng, comprendía con mayor claridad que la misión no se apoya en los números, sino en la fidelidad silenciosa.

«Orar y predicar»: una regla de vida

En Yucheng, el padre Mariano adoptó un lema que no fue un simple programa pastoral, sino una actitud interior constante: «orar y predicar». En él se condensaba toda una espiritualidad. Sabía que la misión no se sostiene por la eficacia humana, sino por la docilidad a Dios. Antes que la palabra, la oración; antes que la acción, la escucha prolongada ante el Señor, muchas veces en capillas pobres, con olor a cera y madera envejecida.

Los frutos comenzaron a aparecer lentamente, como suele hacerlo la obra de Dios. Primero de forma casi imperceptible, después con mayor claridad. Un mes después de su llegada, los jefes del pueblo de Wen Tsuan Lou se presentaron ante él con una noticia que desbordaba toda previsión: todo el pueblo había decidido recibir el bautismo. Le ofrecieron, además, una pagoda de ladrillo, con techo de tejas, sólida, firme, para el culto cristiano. En un contexto donde las iglesias solían ser frágiles construcciones de barro y paja, aquel edificio, con su olor a arcilla cocida y su frescor interior, fue recibido como un signo discreto de la providencia: Dios estaba edificando sobre terreno firme.

El paso silencioso de la gracia

En Yucheng se produjeron también varias curaciones que marcaron profundamente a la comunidad: la de Magdalena, la de la señora Li y otras más. No fueron vividas como espectáculo, sino como signos silenciosos de una presencia que sanaba y atraía. A raíz de ellas, muchos pidieron el bautismo, movidos más por la paz percibida que por la emoción del momento.

Pero el padre Mariano sabía que la gracia no dispensa del camino. Había que seguir saliendo, caminando, visitando pueblos cercanos. Su vida se volvió itinerante, marcada por el polvo de los caminos, el olor de la tierra caliente, el cansancio del cuerpo al final de jornadas largas y desiguales. Predicaba con palabras sencillas y con una presencia que transmitía paz. En ese ir y venir constante, en la repetición humilde de los gestos cotidianos, se iba modelando su interior, cada vez más centrado, más unificado, más libre.

Una vocación nacida en el silencio

Aquella vida misionera era la culminación de un deseo antiguo. Mariano había nacido en Puente la Reina, Navarra, el 18 de diciembre de 1899. En su infancia fue monaguillo y alumno de los agustinos recoletos. En la capilla de Nuestra Señora de la Soledad —con su olor a incienso, piedra fría y bancos gastados— escuchó, siendo niño, los relatos de las misiones de Filipinas narrados por frailes que habían entregado allí su vida. Aquellas palabras, dichas sin solemnidad, se quedaron grabadas como una semilla.

La vocación no nació de un momento espectacular, sino de una lenta maduración interior. A los diez años ingresó en la preceptoría de San Millán de la Cogolla; después pasó por el noviciado de Monteagudo, los estudios en Marcilla y la formación en Filipinas. Cada lugar dejó su huella: claustros silenciosos, celdas austeras, capillas donde el tiempo parecía detenerse. Su ordenación sacerdotal, el 23 de diciembre de 1922, no fue un punto de llegada, sino un umbral desde el que continuaría su misión.

Cambiar de misión sin perder el centro

Tras los años intensos de Yucheng, en 1934 fue destinado a Chutsi. La misión cambió de rostro. Ya no se trataba tanto de recorrer pueblos como de formar catequistas y cuidar el culto. Su vida se volvió más recogida, más interior. En una carta lo expresaba con sencillez: antes había atendido numerosas comunidades; ahora su vida se reducía a la capilla, la clase y la celda. Tres espacios marcados por el silencio, el estudio y la oración.

No lo vivió como una pérdida, sino como otra forma de fecundidad. La misión se interiorizaba. El silencio, la enseñanza paciente y la oración perseverante sostenían una obra menos visible, pero profundamente estructurante. De este tiempo brotaron vocaciones nativas, signo de una Iglesia que comenzaba a echar raíces propias.

Luz y cruz en la historia

En 1936 acompañó a Roma a dos jóvenes profesos chinos. En la Ciudad Eterna, el padre Mariano caminó por basílicas antiguas, impregnadas del olor a incienso y piedra secular, rezó ante tumbas de mártires y celebró la fe en espacios donde la Iglesia mostraba su universalidad. Después visitó a su familia en España, en plena guerra civil. Allí el paisaje cambió bruscamente: ciudades heridas, silencios rotos por el miedo, olor a humo, ruinas y ausencia. Allí lo aguardaba el dolor más íntimo: la muerte de su padre y de una hermana. Aquella herida fue asumida sin estridencias, como una ofrenda silenciosa, sostenida por una fe probada.

De regreso a China, se encontró con la ordenación episcopal de monseñor Javier Ochoa y con la guerra entre China y Japón. Vivió la destrucción de las misiones, el estruendo de los bombardeos, el polvo de los edificios derruidos. Participó en la reconstrucción con un optimismo sereno, nacido no de la ingenuidad, sino de una confianza profunda en Dios. Años después, en plena Guerra Mundial, fue testigo de diez profesiones solemnes de religiosos chinos. La semilla había dado fruto, incluso en tierra sacudida por la violencia.

La noche del despojo

Con la llegada del régimen comunista, la misión entró en una etapa de oscuridad. El 6 de diciembre de 1950, la casa central fue ocupada por el ejército. La iglesia, el seminario y la escuela quedaron bajo control militar. El ambiente se volvió denso, vigilado, cargado de temor. Varios misioneros fueron encarcelados. El cerco se cerraba lentamente.

Finalmente, el 8 de enero de 1952, el padre Mariano tuvo que abandonar China. Partió con poco equipaje, muchos recuerdos, un amor intacto a Cristo y a la misión, y una larga barba que se convirtió casi en símbolo de aquella generación de misioneros expulsados. Era el tiempo del despojo, vivido con entereza interior, sin amargura ni reproche.

La fidelidad de lo pequeño

De vuelta en España, su misión continuó en las casas de formación: Monteagudo y luego Marcilla. Allí fue maestro de novicios y prior. Nada espectacular. Puntualidad fiel, silencio orante, vida comunitaria cuidada. Los pasillos, las capillas, la huerta formaban el nuevo escenario de su entrega. Su lema seguía intacto: «orar y predicar». Ahora predicaba sobre todo con la vida.

Sus últimos años transcurrieron en una sencillez luminosa: regando las higueras de la huerta, con olor a tierra mojada; confesando a quien se lo pedía; regalando siempre una sonrisa discreta; permaneciendo largas horas ante el sagrario, en silencio. El 22 de septiembre de 1989 fue llamado a la casa del Padre.

Tenía diez años más que aquel único cristiano, casi sordo, que había encontrado al llegar a Yucheng. La historia se cerraba en la misma clave con la que había comenzado: la pequeñez habitada por Dios y sostenida por una fidelidad inquebrantable.

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