No fue un consistorio más. «Vuestro testimonio es realmente precioso», dijo el Papa León a los cardenales, según recogió Matteo Bruni, subrayando la comunión vivida incluso con quienes no pudieron estar presentes. Días después de ese encuentro, el cardenal José Luis Lacunza Maestrojuán, OAR, cardenal emérito de Panamá, pasó por la Curia general de los Agustinos Recoletos y, en un clima sencillo y fraterno, compartió con nosotros su vivencia personal de una Iglesia que busca escucharse, caminar junta y discernir sus prioridades para los próximos años.
El cardenal José Luis Lacunza y la experiencia de caminar juntos
El cardenal Lacunza habla desde un lugar particular dentro del colegio cardenalicio. Ya como cardenal emérito, en sus palabras: un Cardenal decapitado, participa sin la presión del gobierno cotidiano de una diócesis, pero con una responsabilidad no menor: aportar memoria, experiencia pastoral y una mirada serena que ayude a discernir el rumbo común. Su presencia en el consistorio no fue secundaria. Al contrario, la voz de los cardenales eméritos fue escuchada y valorada como parte viva del discernimiento eclesial, una señal clara de que la Iglesia no prescinde de la experiencia acumulada, sino que la integra en sus procesos de decisión.
«Es la segunda vez que participo en un consistorio extraordinario», recuerda. La primera fue con motivo de su creación como cardenal. Hoy vuelve a sentarse a la mesa desde otra disposición interior, más libre, más contemplativa. Escucha atentamente, observa los gestos, percibe los silencios. Y valora especialmente que, en esta ocasión, también los cardenales eméritos hayan podido aportar sus reflexiones, no para decidir, sino para iluminar el camino del Papa con la sabiduría que da el tiempo y el servicio vivido.
Una Iglesia que aprende a escucharse
El consistorio se desarrolló siguiendo una metodología claramente sinodal. Grupos pequeños, mesas compartidas, diálogo sin confrontación. «La idea no era discutir, sino escuchar», explica Lacunza. No se trataba de convencer ni de imponer puntos de vista, sino de acoger la palabra del otro y dejar que esa diversidad encontrara su lugar en un discernimiento común.
Esta forma de proceder generó un clima sereno y fraterno. La Iglesia, por unos días, se experimentó como comunidad real. No como una estructura abstracta, sino como un cuerpo hecho de relaciones. Para el cardenal, esta experiencia no es casual y conecta directamente con el estilo del Papa León, fraile y hombre de vida comunitaria durante muchos años.
«Creo que el Papa busca esto en el colegio cardenalicio», sugiere Lacunza. No solo reuniones de trabajo, sino espacios donde los cardenales puedan conocerse mejor, escucharse y reconocerse como hermanos. Una sinodalidad vivida, no solo enunciada.
Evangelización y sinodalidad, prioridades para el presente inmediato
Cuando llegó el momento de señalar las prioridades, la respuesta fue clara. Entre los cuatro grandes temas propuestos —Evangelii Gaudium, la sinodalidad, Praedicate Evangelium y la liturgia—, la gran mayoría de los cardenales eligió la evangelización y la sinodalidad como ejes fundamentales.
Esta elección marca también el horizonte de la Iglesia para los próximos dos años. No se habló de planes abstractos ni de reformas técnicas, sino de prioridades concretas. Volver a poner la evangelización en el centro, tomarse en serio Evangelii Gaudium y ayudar a que la sinodalidad no quede archivada, sino que se traduzca en prácticas reales en las Iglesias locales.
«La evangelización no es una tarea más: es la razón de ser de la Iglesia», afirma Lacunza con sencillez. Y añade una clave decisiva: no puede haber anuncio creíble del Evangelio si la Iglesia no vive internamente aquello que proclama. Por eso evangelización y sinodalidad aparecen inseparablemente unidas.
Prioridades que nacen de la vida concreta de las diócesis
Otro aspecto relevante del consistorio fue la insistencia en que las prioridades pastorales tengan en cuenta la realidad concreta de las diócesis. Los cardenales compartieron experiencias diversas. Algunas Iglesias locales han asumido con entusiasmo el camino sinodal. Otras lo mantienen todavía al margen. Esta recepción desigual fue reconocida con realismo, sin juicios, como un desafío que debe afrontarse en los próximos años.
Las aportaciones de los cardenales —incluidos los eméritos— fueron recogidas como insumos directos para el discernimiento del Papa. «Nosotros ayudamos al Papa, pero es él quien discierne y decide», recuerda Lacunza. No hubo documento final ni conclusiones cerradas. Hubo caminos abiertos.
Un Papa fraile, un colegio llamado a vivir como comunidad
En las palabras del cardenal aparece con claridad el perfil del Papa León. No es un Papa improvisador. Es reflexivo, metódico, con un estilo marcado por su formación y por su experiencia comunitaria. «No va a ser un segundo Francisco», dice Lacunza con naturalidad. Y no hace falta que lo sea.
Su modo de convocar, de escuchar y de proponer procesos a medio plazo revela una intuición profunda: el colegio cardenalicio no puede limitarse a ser un órgano funcional. Está llamado a ser una verdadera comunidad al servicio del discernimiento eclesial. El anuncio de un nuevo consistorio en junio, y la posibilidad de encuentros anuales, confirma que este camino quiere consolidarse.
La Iglesia que se construye cada día
Al final del diálogo, el cardenal vuelve a su vida cotidiana en Panamá. A la comunidad del Colegio San Agustín. A la misa diaria, al rosario, a las confesiones, a la catequesis. Ahí, en lo sencillo, se juega todo lo que se ha hablado en el consistorio.
La experiencia vivida en Roma ha sido intensa, pero la Iglesia se construye cada día, caminando juntos, escuchándose y viviendo como comunidad. Esa es, para el cardenal José Luis Lacunza, la clave del presente y del futuro inmediato de la Iglesia.



