Fray Alfonso Dávila nos invita a repensar a dos villanos clásicos de la Navidad —el Grinch y Ebenezer Scrooge— para descubrir cómo sus historias revelan una tentación muy actual: alejarnos del verdadero sentido de la fiesta cuando ponemos el foco en nuestro propio dolor o en el dinero, olvidando lo que realmente importa.
Dos villanos y una misma conversión
Hace poco descubrí en LinkedIn a Sandra Cantalejo gracias a un post sobre el llamado efecto Grinch. No hablaba de la Navidad, sino de la mirada: de cómo juzgamos una realidad cuando la observamos desde fuera, sin habitarla, sin comprender sus ritmos ni sus vínculos. Y pensé que quizá a la Navidad le pasa algo parecido. Que muchas veces la miramos desde lejos —con cansancio, ironía o sospecha— y, al hacerlo, perdemos lo esencial.
Porque la Navidad tiene villanos. Estos “malos” no llevan capa ni espada, pero nos resultan inquietantemente cercanos. El Grinch y Ebenezer Scrooge nacieron de la imaginación de Dr. Seuss y Charles Dickens, separados por más de un siglo, pero unidos por una misma misión: desenmascarar el egoísmo que vacía la fiesta de sentido y, sobre todo, ayudarnos a redescubrir el verdadero significado de la Navidad.
El Grinch: mirar la Navidad desde fuera
El Grinch, protagonista de How the Grinch Stole Christmas!, no odia la Navidad por lo que es, sino por cómo la contempla. Vive aislado, en lo alto del monte, observando Whoville desde la distancia. Todo le parece ruido, consumo, exageración. Juzga sin habitar. Cree que la Navidad son cosas y no personas.
Su conversión llega cuando descubre algo desconcertante: aun sin regalos ni adornos, la gente sigue cantando. La fiesta resiste porque no depende de lo que se compra, sino de lo que se comparte. Entonces baja. No para repartir desde arriba, sino para sentarse a la mesa. Su corazón no crece solo en tamaño; crece en comunión. Deja de ser espectador para convertirse en parte del nosotros.
Scrooge: vivir dentro sin amar
Scrooge, el protagonista de A Christmas Carol, no vive fuera, sino demasiado dentro del sistema. Está en la ciudad, en el centro de la actividad económica, pero encerrado en sí mismo. Su problema no es la distancia, sino la dureza del corazón. Ha reducido la vida a contabilidad y beneficio.
La Navidad le molesta porque le recuerda que existen vínculos, fragilidad y responsabilidad. Su camino de conversión es más áspero: necesita mirar su pasado, asumir el daño presente que provoca su avaricia y enfrentarse a un futuro desolador. Y cuando cambia, lo hace con hechos concretos: justicia salarial, cuidado del débil, generosidad con nombres propios. Su redención pasa por hacerse cargo del otro.
Una lección para hoy
Ahí está la clave. Scrooge se convierte ayudando a una comunidad concreta. El Grinch se convierte entrando en comunidad. Uno aprende la justicia; el otro, la pertenencia. Ambos nos recuerdan que la Navidad no se entiende desde fuera ni se vive en solitario.
Quizá por eso siguen siendo actuales. Porque seguimos corriendo el riesgo de reducir la Navidad a consumo, a ruido o a una obligación emocional que no sabemos cómo sostener. Tal vez el problema no sea la fiesta. Tal vez sea la mirada. Y la Navidad, como a ellos, nos sigue esperando: hasta que bajemos del monte, hasta que abramos la puerta, hasta que dejemos de contar y empecemos a compartir.


