Fray Luciano Audisio nos comenta el Evangelio del Domingo de la Sagrada Familia nos invita a mirar a Jesús, María y José lejos de toda idealización. Mateo los presenta como una familia amenazada, obligada a huir, que vive la fe en medio del miedo, el exilio y la incertidumbre. Allí, precisamente allí, Dios sigue escribiendo su historia de salvación.
Una familia bajo amenaza
Las lecturas de hoy nos invitan a contemplar a la Sagrada Familia desde un ángulo poco habitual. No desde la serenidad del pesebre ni desde la armonía idealizada de los belenes, sino desde la noche, el miedo y el exilio. El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús, María y José como una familia amenazada, obligada a huir para salvar la vida del niño. Es una escena dura, incómoda, profundamente real.
Mateo no pretende ofrecernos una crónica sentimental de la infancia de Jesús. Su intención es teológica. Quiere mostrarnos desde el inicio quién es verdaderamente este niño y qué tipo de salvación trae. Por eso sitúa su nacimiento bajo el signo de la persecución y el desplazamiento. El Mesías entra en la historia no protegido por el poder, sino expuesto a su violencia.
Dios salva desde dentro de la historia
La huida a Egipto no es un episodio anecdótico. Está cuidadosamente construido a la luz de las Escrituras. Cuando Mateo cita a Oseas —«De Egipto llamé a mi hijo»— no arranca el texto de su contexto, sino que lo lee de forma tipológica. En Oseas, el “hijo” es Israel; en Mateo, esa historia se recorre de nuevo en Jesús.
Esto tiene una consecuencia decisiva para nuestra fe: Dios no salva desde fuera de la historia, sino desde dentro. No evita el camino del sufrimiento, sino que lo atraviesa. El Hijo de Dios conoce desde niño lo que significa huir, depender de otros, vivir en tierra extraña. La encarnación no es una idea abstracta, sino una vida concreta, vulnerable y amenazada.
José y María: custodiar la vida en la precariedad
En el centro del relato está José. Mateo lo presenta como un hombre silencioso, pero profundamente activo. No habla, no pregunta, no negocia. Escucha, se levanta de noche y actúa. No recibe explicaciones completas, solo una palabra suficiente para dar el siguiente paso. José encarna una fe que no controla, una obediencia que se fía incluso cuando el camino no está claro.
María aparece en segundo plano, pero no como figura pasiva. Ella comparte el desarraigo, el miedo y la incertidumbre. Su maternidad se vive lejos de toda idealización: en el camino, en el exilio, en la precariedad. En ella reconocemos a tantas madres que han tenido que huir para salvar la vida de sus hijos.
La Sagrada Familia como espejo de nuestro tiempo
Celebrar hoy a la Sagrada Familia significa dejarnos interpelar por esta imagen realista. No una familia perfecta, sin conflictos ni amenazas, sino una familia fiel en medio de la adversidad. La santidad familiar no consiste en la ausencia de problemas, sino en la capacidad de permanecer unidos y confiar en Dios incluso cuando la vida obliga a cambiar de planes.
Este evangelio resuena con fuerza en nuestro presente. Vivimos en un mundo marcado por desplazamientos forzados, por familias que huyen de la violencia, del hambre, de la guerra. La Sagrada Familia deja de ser una imagen lejana para convertirse en espejo. En cada familia refugiada se refleja el rostro del mismo Cristo.
Pero existen también exilios más silenciosos: hogares atravesados por la enfermedad, la precariedad, la soledad o el conflicto. A todos ellos, este evangelio les dice algo esencial: Dios no abandona en el exilio. Está presente también en la provisionalidad, en la espera, en la noche.
La Sagrada Familia permanece en Egipto hasta que llega el momento de volver. Y cuando vuelve, no regresa a Belén, sino a Nazaret. Dios conduce por caminos inesperados. Su proyecto no siempre coincide con nuestros planes. Pero ahí, precisamente ahí, se juega la fe.
Pidamos hoy la gracia de aprender de esta familia: la fe obediente de José, la fortaleza silenciosa de María y la presencia de Cristo que santifica incluso los caminos del exilio.
Que nuestras familias —con sus luces y sombras— descubran que Dios camina con ellas, también de noche, también cuando el futuro no está claro. Porque allí donde una familia permanece unida y confía, incluso en tierra extraña, Dios sigue escribiendo su historia de salvación.



